Hábitos.

Amanecer en domingo con la vida vivida y la cama por hacer. Atravesar de puntillas los primeros minutos, enmarañados aún con los sueños y sus mareas. Ver crecer la luz como musgo que atrapa y repinta los cuadros de las paredes.
En el claroscuro de interior ver resaltar por contraste el contorno de una soledad avejentada y rencorosa que ya solo acecha con nocturnidad pero sin alevosía.
Con el sol, las hornallas y el agua caliente de la ducha, la casa recupera su latido templado y despierta, y su respirar acompaña al café, al pan recién tostado untado de bosque, de la mora de zarza de la mermelada.
Retirar con minuciosidad arqueológica las cenizas de la chimenea buscando algún rescoldo rezagado, recargar la leñera del fuego que será, y dar el día por comenzado.

Hoja en blanco.

Ojalá se pudiera llamar perdido a lo nunca encontrado y en la magia de los duelos dar contorno al vacío, hacer presente la ausencia hasta desvanecerla.
Pero lo desconocido seguirá escondido, allí. Siempre delante o siempre detrás de nuestra zozobra.
Es el paso no dado, el dado no tirado o el tiro que no acierta ni da el paso.
Inútil es el recuento de intenciones, inútil el plañir, inútiles los mapas arcanos.
No hay trazo preconcebido para acceder al territorio donde ni el sí, ni el no y solo el tal vez.
Donde la piedra copie a la iguana.

Las rutinas.

 

En mi torpeza cotidiana pierdo mis pasos en el diario deambular por los hábitos y sus encrucijadas. Me siguen el rastro mi mala memoria y algunos versos insospechados.
Hay un mar, hay un cielo y estas ganas inmensas de no se sabe qué.
Hay los años vividos y también los años perdidos, hay el azar y la mala suerte, hay el color de la vida y el blanco y negro de los recuerdos.
Nocturnamente crecen los rincones por todos los rincones, y el día es el laberinto del que no se escapa.
Solo el recurso de la arena bajo los pies me devuelve al planeta, y es con agua salada que riego mis alegrías.
Y es bajo este sol frío de invierno que se calienta este lagarto.

Diario de un jubilado.

Despertarse de martes antes de que amanezca, encender el día como quien enciende el fuego de las hornallas, mientras escuchas un jazz calentito y humeante la cafetera repica a ritmo de George Lewis y las tostadas saltan a toque de clarinete. Tomar el café viendo la salida del sol entre las costuras del mar, a través del cristal invernal de las ventanas. Respirar con la calma de una vida hecha, abrir el periódico, lupas de por medio para una vista cansada, y después de tragar tres titulares untados de mermelada, exclamar:
Esto se va al carajo, amigos!!

El cuento del fullero.

Agitar el alma como se agitan los dados, soplar con vicio de tahúr las letras del teclado y tirar las frases sobre el tapete blanco, con los dedos de perfil acomodarlas cual trilero, y pegarle el cambiazo a una esdrújula por una átona que suavice la mirada del lector, mientras de culata y contrabando se deslizan unas subordinadas, que dan el tiempo de acomode al desenlace. La suerte está echada. Es momento de recoger pérdida y ganancia. O hay cuento o hay embuste.

Presente continuo.

Presente que borra toda huella de lo acontecido.
Que enmudece al devenir en que el sucediendo ya no devendrá.
No será sucedido.
Presente desesperanzador como lo eterno.
Presente que corrompe la vida.
Que le clava las agujas de la inmediatez de estar viviendo.
Presente perenne.
Ni el arco, ni la diana. Solo la flecha volando.
Y la flecha no tiene memoria.

Mismamente.

No conozco mis virtudes, nunca fuimos presentados. Mi locura es estar cuerdo, pero eso es porque el sentido común me conmueve, ciertamente.
Verdad es que mis errores son los pasos que no di, pero dudo que los pasos dados sean mis aciertos, no es tan mansamente binaria la vida.
Dicho esto, aquí estamos cada mañana y con ella el día, que no es poco. Las noches hay que pintarlas, pero se dejan.
Se van cerrando los capítulos, pero la historia no termina, o termina la historia y los capítulos siguen abiertos, no importa, es la belleza de ciertas viejas ventanas de madera noble que cierran desencuadradas, pero cierran, y el chicote de aire frío que se cuela por sus inciertos en invierno es porque respiran.
Ahora los días son luminosos aún en la penumbra a que obliga la injusticia de este sol de justicia. Los puntos suspensivos de luz que filtran las persianas se estampan en las paredes, inquiriéndome, pero yo, callado. Son horas para el jazz, que se hace cómplice del sudor y del ventilador del techo, que me despeina el malhumor.
Amo esta rutina de vivir aunque me aburra, si aburrir es no poner los pelos de punta, según dicen las lenguas.
Divertirme, interesarme, sí, a veces, por esto o por aquello, o por ella o por él, o por mí, o por nada y sigo igual de vivo, igual de yo.
No, la vida ni es nuestra ni es bella, la vida es estar, luego está lo demás.
Y lo demás, somos nosotros y los otros.
Pero ayuda un ventilador de techo.