Cromos: El pasadizo secreto

Mi primer pasadizo secreto lo encontré un verano -hará unos sesenta y dos años- entre los arbustos que cercaban el jardín de la casa donde veraneábamos. A través de un resquicio por donde un perro grande podía pasar a rastras, se podía llegar hasta al terreno trasero, una parcela abandonada donde crecían maleza y malas hierbas en abundancia, y más allá los restos de lo que fuera un chalet, medio derruido. Cada tarde a la hora de la siesta me introducía en el pasadizo, pero no lo traspasaba totalmente, me quedaba quieto junto a la salida observando los posibles e interminables peligros a los que me arriesgaba si daba ese paso. Así se me pasó todo el verano y nunca llegué a juntar el valor para adentrarme en aquel territorio salvaje que prometía mil aventuras. Durante el invierno me juré que el próximo verano… En ese curso en la escuela, tuve mi primer ojo morado y salí vencedor, aunque no ganador.
Sin prisas llegó el verano y supe que el momento había llegado, estaba preparado, ya tenía siete años.
Llegamos de noche y después de una cena improvisada, nos fuimos a dormir, aunque yo no pude conciliar el sueño.
El día despuntó sin una nube en el cielo, sin embargo al salir al porche un rayo me fulminó.
Ya no existía la cerca de arbustos, en su lugar habían levantado un vallado de ladrillos que delimitaba todo el terreno de la casa.

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