Terraza a la orilla del barrio.

Tarde vacacional, soleada, y una imprecisa temperatura capaz de combinar sin recato ni pudor, abrigos con camisetas de tirantes, sandalias con botas. Piel desnuda y bufandas, un buen título para esta postal, pienso, pero no.
Tengo la sensación de que hace una vida que no estoy en mi terraza con mi café, mi teclado…
Y este barrio como torrente, que me recuerda que la vida no cesa.
Y es en el momento de escribir esto, que se cruzan, justo frente a mi mesa, un ciclista -trenzas afro pegadas al cráneo y pertrechado como para cruzar toda Europa y Asia en solitario en este mismo instante- cantando en falsete y a viva voz una música invisible a todos los que estamos mas aquí de sus auriculares, y una troupe de adolescentes latinas que pasan vociferando en sus móviles, en sus risas y hasta en sus silencios. Él hace una ese perfecta y las rodea, bailando en su bici, ellas le siguen el baile al son del tambor de sus caderas. Al instante él sigue su marcha y ellas el suyo, y mientras se alejan, gritan sus risas a fuerza de dientes y voces mas jóvenes que urbanas.
Gracias a la vida, me canta en privado Violeta Parra, en mis propios auriculares.

Tarde de abril, por poniente me ciega el sol en su descenso a línea de horizonte, yo le dejo hacer, y si cierro mis párpados oigo a la luz escarbar mi piel. Es necesario, como los monos se quitan los piojos unos a otros, el sol me quita invierno de los poros. Ahora es Miles Davis quien sostiene a este último rayo de sol con su trompeta.
El calor no cuaja y al irse el sol refresca de inmediato, y sin el calorcito del humo en los pulmones, soy mas sensible al frío, pero igual me espero al espectáculo del encendido de las farolas. Siempre me alegra ese instante, es como el primer acorde de la canción preferida. Luego la canción hace su viaje, pero ese primer acorde te vuela el alma. Ese cambio de luz, esa noche por decreto aunque a veces el sol se ría iluminando las farolas iluminadas. Es la hora en que se encienden las miradas. “Se apagaron las farolas y se encendieron los grillos…” romanceaba Federico de otras horas, pero miradas parecidas. Es la hora en que toman protagonismo las luces de la escaparates y del interior de los bares, iluminando la pasarela de la acera, donde los transeúntes por un instante se sienten iluminados y un protagonismo íntimo les dibuja una sonrisa disimulada. En mi barrio la noche siempre sienta bien, tiene buena luz.
Con la primera oscuridad, apuro el resto frío de mi café, y me hago el servicio de camarero, acomodando mi silla, recogiendo mi taza, y entro a pagar y a hacer tertulia de barra.
Buenas noches y mejores luces, a todas, todos.