Elipses.

Despaciosamente los pasos que damos nos van llevando -de hora en hora- desde aquel sol a esta luna, y solo la brújula de la memoria nos guía en el último tramo de este viaje a envejecer con las estrellas.
Órbita y elipse son la consecuencia geométrica del trazado de las rutas que planeamos y dibujamos en el mapa maestro pero impulsadas por el azar y sus mareas.
Dura lo que dura el trayecto, ni corto ni largo. No siempre el tiempo es la mejor medida para medir el tiempo. Pero es de esperar que sea noche profunda, cuando nos durmamos trazando el relato y las rutas de los pasos por dar.

Nostalgias de bolsillo.

Hoy ya no damos cuerda al reloj.
Aquel acto tedioso, que ahora se me vuelve íntimo y simple, en el que con los dedos índice y pulgar de la mano contraria a la portante, hacíamos girar en ambas direcciones (aconsejable) la ruedecilla pertinente, atentos a percibir como la resistencia al movimiento iba en aumento, conforme la cinta metálica interna se enroscaba sobre sí al máximo. Siempre con cuidado de no ir mas allá de lo aconsejable, un límite demasiado relativo, para un riesgo demasiado concreto, romper la cuerda del reloj.
Hoy, tanto el gesto, como el momento y sus rituales, e incluso el propio texto “dar cuerda al reloj” han perdido su única razón de ser; hoy los relojes ya no van a cuerda.
Ya no compartimos esos instantes tiernos en que acariciábamos la coronilla de nuestro puntual compañero hasta saciarlo, antes de dejarlo correr durante todo el día. Será por eso que también han dejado de hacer tic-tac.
Hoy querido Julio, somos regalados a maquinitas autosuficientes, sociópatas y silenciosas que no nos necesitan para nada pero que seguirán atormentándonos a cada hora, minuto, segundo… sin tic, ni tac.

Casi carnaval.

Menos dos grados, un sol caribeño y el cielo de un azul frío intenso. El mar peinado y sin arrugas. Así se planta este viernes empapado de carnaval.
Luego vendrán las horas y sus negocios, la meteorología perderá magia en sus mareas.
El frío será frío, y el cielo azul será resuelto en un por lo menos no llueve.
Y mañana añoraremos a Vinicius.

Maresme.

Se llueve el día sobre sí y sobre todo aquel que se ponga bajo su cielo. El agua dulce de la lluvia arrastra lo que arrastra y corre por las rieras, montaña abajo hasta surcar la arena de la playa, soñando ser río mientras se diluye en el mar.

El efecto caracol.

De puertas adentro, largos son los pasillos, pasajes y corredores concéntricos, que no conducen a parte alguna pero permiten, sin embargo, mover el alma sin rasgarla, y a pesar de que las horas de interior son mas largas, escuecen menos que las horas vividas en las convulsas orillas de la piel.
Arrastro, no mis pasos sino mi sombra, por el filo de la oscuridad que me difumina, recogiendo ecos de voces, destellos.
Mientras afuera un sol de invierno me entibia la nariz y el aire del mar me sala la memoria.
Y mis huellas en la arena dan fe de los pasos que voy dando.

Hábitos.

Amanecer en domingo con la vida vivida y la cama por hacer. Atravesar de puntillas los primeros minutos, enmarañados aún con los sueños y sus mareas. Ver crecer la luz como musgo que atrapa y repinta los cuadros de las paredes.
En el claroscuro de interior ver resaltar por contraste el contorno de una soledad avejentada y rencorosa que ya solo acecha con nocturnidad pero sin alevosía.
Con el sol, las hornallas y el agua caliente de la ducha, la casa recupera su latido templado y despierta, y su respirar acompaña al café, al pan recién tostado untado de bosque, de la mora de zarza de la mermelada.
Retirar con minuciosidad arqueológica las cenizas de la chimenea buscando algún rescoldo rezagado, recargar la leñera del fuego que será, y dar el día por comenzado.