Días de cuarentena. XV

Día veinticuatro.

Del confinamiento al extrañamiento y juro que no te miento.

Lo que nos era cercano y familiar se ha vuelto ajeno y lejano como cuarenta máquinas, me susurra imprudente Juan Gelman al oído en riesgo de contagio.

Desconcertado el sol, pierde fuelle al no saber a quien alumbrar, mientras tanto las palomas abandonan las cornisas para adueñarse de las aceras y las gaviotas hacen lo suyo con la arena de la playa.
Dejará de ser bucólico, cuando las ratas salgan a la superficie y reclamen su territorio. Mas nos vale que cuidemos a los flautistas!
Y por extensión, a todos los músicos, a los artistas todos y a todas las artes, que ellas y ellos son hoy nuestros respiradores de profundidad.

No diré que hasta Dios está lejano, porque cercano nunca estuvo, querido Cátulo, pero si que quisiera cruzar el mar, cualquier mar, este o aquel o el de mas allá, para poder llegar a tierra y dejar que broten los besos boca a boca, los abrazos piel a piel, las risas, los roces y bailar frotándonos las panzas como en los puertos de Amsterdam.

El día es y está brumoso.
Luz que apaga los contrastes y enfría los deseos, que despinta los paisajes. Luz descolorida, desabrida, que ni alumbra ni ilumina, solo empalidece. Luz penitente.

Cierro las cortinas y me invento una tormenta que no existe, una tormenta que nos moje a todos y todas, que nos sacuda y nos empape hasta despojarnos de todo, menos de estas ganas de seguir viviendo, rabiosamente.

Buenas horas, minutos y segundos. A todas, todos.

Citas: Juan Gelman: Otras preguntas. / Cátulo Castillo: Desencuentro. / Jacques Brel: Dans le port d’Amsterdam

Días de cuarentena. XIV

Día veintitrés.

Están ahí, y me miran con ojos de dinosaurio.

Todas esas tareas por hacer, esas que juré realizar cuando tuviese que estar en casa sin poder salir, fueran enfermedad, tifón o invasión extraterrestre la causa, hoy me derrotan solo con la mirada.

No, no es momento de revisar viejos papeles, viejas fotos ni ropa de viejas juventudes. Dejemos que sigan envejeciendo en los cajones me digo imitando el gesto de James Dean en su eterna desidia adolescente, sin pensar que Jaime sería hoy un viejecito de ochenta y nueve años confinado en una residencia.

Son tareas que requieren condiciones especiales, me digo, y como los mineros hay que salir al mundo a respirar aire puro cada tantas horas, si no, corres el riesgo de respirar dióxido de melancolía en niveles tóxicos.
Mejor el bricolaje, me dice mi vecino desde el rellano de la escalera, mientras me pasa la caja de herramientas, hoy el pueblo son los vecinos y las vecinas, pienso.

Están mis pulmones, con cara de perro asustado y con los bronquios entre las patas, como queriendo decir, yo no fui.
Tienen la costumbre de hacerse responsables de todo lo que respira mal a mi alrededor.

Lo que no acabo de entender es porque si los confines de la tierra son la excelencia de la distancia, a nosotros el confinamiento nos pilla tan cerquita y en pijama, será que es verdad que el mundo es un pañuelo, que ahora ademas de sucio está contaminado.
Son los tiempos que corren, aunque corran más lento que los caracoles y las tortugas que también van con la casa a cuestas. Y aunque a nosotros la casa se nos caiga encima y nos coma.

Echo una última mirada a los armarios que no voy a abrir y por primera vez respiro aliviado.
A veces lo mejor que podemos hacer, es no hacerlo.

Y me voy a la cocina.

Buen lunes confinadamente, a todas y todos.

Días de cuarentena. XIII

Día veintidós. Los dos patitos.

Náufragos de interior.
En islas solitarias o compartidas, con palmera y coco o pedrusco calvo, pero todos somos náufragos asomados a las ventanas haciendo señales de manos, esperando a ese barco que no llega ni llegará para algunos.

La megafonía, al estilo supermercado, nos avisa que se suman dos semanas de cuarentena a la oferta del día y los tiburones asoman las aletas, la boca se seca, aumenta la carraspera, y la risa nerviosa se queda en tosecita intrigante.

En Macondo llovió durante cuarenta años sin parar, ahí es nada.

Serán eternas las mascarillas como los laureles? Los del himno, claro, porque el de la cocina se secó y amarilleó como hojita de otoño. Agrego a la lista de la compra de la próxima semana un manojo de laurel eterno, ahora que la barba aun crece y la puedo poner a remojo, y ojalá viniese alguien a cortarla!

Una gaviota se posa en la barandilla de la ventana, me mira y creo que sonríe, y no sé a santo de qué, pero sin darme tiempo a la cordura, me asaltan unas ganas incontenibles de que todos los testigos de Jehová del universo, que tampoco serán tantos, toquen a mi puerta, y hacerles pasar y dejarles hablar durante años de la salvación de las almas o de lo que sea que hablen, que no lo sé porque nunca escuché mas de quince segundos antes del portazo, y dejarme acariciar por sus palabras como antes, alguna vez, acariciaban las manos.

Buena compañía y buen coco a quien los tenga, y a los demás buen domingo.

Días de cuarentena. XII

Día veintiuno.

Tres semanas.
Cada día me levanto con la urgencia de leer la prensa, como si algo inminente estuviese a punto de suceder y temiese no enterarme a tiempo, luego, con el agua de la ducha me despierto.

La calma, las horas, las rutinas, las mareas, poco más. A veces el desasosiego, otras, el sol que explota.

Día de ir a comprar.
En la calle, perros de boca abierta y contenta ojean desconfiados a los humanos con bozal.
A metro y medio de distancia, por los ojos nos reconocemos o por el andar, o reconocemos a los perros, y entonces sin detenernos, los saludos, clandestinos, censurados, cortos y con filtro.

Escenas del Far West.
Un numero indeterminado de atracadores de bancos con la cara cubierta, deambulamos con las bolsas en la mano, manteniendo las distancias del duelo a la hora señalada y con música de Ennio Morricone.
Claudia, la heroína del kiosco de diarios, me saluda a cara descubierta, parapetada detrás de una montaña de malas noticias apiladas a modo de trinchera.
En la farmacia, Montse, armada con una fregona de repetición espera agazapada a que pises las blancas baldosas para saltar detrás de ti y asesinar bichitos, bacterias y virus que viajasen clandestinamente en tus botas pateras. Aquí no entran, me dice. Me alegro y me entristezco, no por los virus y bacterias, pero sí por los bichitos.
Un galgo desbocado pasa como un exhalación a todo galope y una joven de trenzas comanches lo persigue revoleando la correa como un lazo, mientras le grita arreándolo para el tolderío, o el duplex, vaya usted a saber.

En casa me lavo las manos para borrar las malas huellas y vacío las bolsas para evaluar el contenido, abastezco la despensa y la nevera, vuelvo a lavarme ls manos, y un cansancio infinito y resignado respira por estos pulmones vulnerables.

Buen sábado, buena compra y mejor respiración. A todos, a todas.

Días de cuarentena. XI

Días dieciocho y diecinueve.

De miércoles a jueves y tiro de nuevo porque me toca.
El invierno ha vuelto y muerde fiero por los costados. Frío, viento, lluvia, y caldo caliente que me ha subido mi vecina, para abrigarse por dentro me dice.

El aburrimiento, como las olas, va y viene, ni se queda ni acaba de irse, hay horas fáciles y otras que no, pero en todas está escrita la misma incerteza.
A falta de gato o perro, buena es la chimenea, ella me ocupa, acompaña, y escucha, y no me anda siguiendo las pisadas haciéndome trastabillar por los pasillos. Y me calienta cuando hace falta.

Miro el horizonte y no es tormenta lo que avanza, es presagio.

Varado enfrente del mar que tengo enfrente ni navego ni bajo a puerto, ni evoco a los marinos encerrados en las paredes altas de la tormenta, al sentir de Homero Manzi, yo solo me quedo en casa otro día y este cuenta por dos que espejito vale doble.

Al llegar la noche el caldo abriga el alma más que al cuerpo y deja ese regusto conocido, regusto a todo lo que añoramos.

 Buenas noches y buenos días, a todos a todas.

Días de cuarentena. X

Día diecisiete todo al garete.

Fue casi sin darnos cuenta que un día nos quedamos en casa y ya no volvimos a salir.
Nos dijimos que sería momentáneo, que pasaría en unos días y que aunque tal vez fuera una exageración era mejor acatar las normas.

Pasaron los días y las semanas y fuimos pasando de la frivolidad a la incredulidad, de la incredulidad al desconcierto, del desconcierto a la desconfianza, y así hasta llegar al miedo.
Pero el miedo, que no es tonto, tiene espantos y tiene pavores, y el muy taimado toca nuestro timbre por dos puertas diferentes.

En una puerta está el el hombre del saco, el temido miedo que todos conocemos y afrontamos como sabemos o podemos, es un miedo individual que me concierne directamente a mí y a los míos, y que se expande por las capas lineales de la pertenencia social, mi familia, mis amigos, mi barrio, mi ciudad, mi país, o transversales, el género, la profesión, la clase, la ideología.
Es un miedo humano que se puede socializar y compartir, y aunque tiende a separarnos, de nosotros depende que nos pueda unir.

En la otra puerta, desconocido y mudo, está el miedo como especie, atávico, primario, que nos licúa dentro de una red única, donde no hay ni tu ni yo ni él ni nosotros y donde los otros son siempre el antagonista. Donde el que cae, cae y la especie continúa. Donde la ley natural y el algoritmo bailan abrazados el último vals.

Qué puerta abrimos es nuestro propio laberinto y allí nos aguarda, nuestro minotauro.

Mientras tanto jugamos al juego que nunca debería ser un juego.
Contamos los muertos.
Aplicamos variantes y variables, comprobamos curvas y constantes, cotejamos estadísticas, confeccionamos rankings, y hacemos predicciones en base a todo lo anterior.
Pero contamos muertos.

A los muertos su nombre, su identidad y su historia, a nosotros la pena y su recuerdo.

Compartiendo miedos contigo, con él, con ella, con nosotros, con vosotros y ellos.

Días de cuarentena. IX

Día dieciséis.

Lunes, creo.

Cada día, sobre las siete y media u ocho de la mañana, suelo abrir las persianas y los cristales de las ventanas, para que entre el aire, y con él, el mundo. Y cada mañana una multitud de vida sin filtro, respiraba conmigo y humanizaba los rincones solitarios de mi casa.
Ahora cuando abro las ventanas, solo la luz es mas fuerte que el silencio.

El mundo, así, parece en calma, pero luego, de ventanas adentro, abres la prensa, o te asomas a las redes sociales, y todo estalla, todo explota. Gritan las voces y acusan los dedos.
Los diarios gritan los gritos de los políticos cuando se gritan entre sí, gritan éstos y gritan sus contrarios, que son ellos mismos. Gritan mis amigos y grito yo, y gritan los no-amigos contra mis gritos y los gritos de mis amigos. En las ciudades gritan los vecinos para que nadie salga, pero gritan también para que nadie entre.
Es una sinfonía de gritos. Cruzados, solistas o corales. Se grita en canon o de corrido, con acompañamiento o a capela.

Se grita a los que están en la calle, aún a riesgo de que sean los mismos a los que se aplaude al atardecer, se grita y se acusa a los que no llevan mascarillas o guantes, aunque no se consigan ni a precio de oro y ni pienses en vender el alma, que hoy no te la compra ni dios.

Se grita al que no aguantó mas, y salió corriendo enloquecido, para no enloquecer.

Gritamos a los gobiernos, cada quien al suyo, o al del otro, es igual, y los gobiernos nos gritan a todos, como siempre, y nos llaman soldados y hablan de guerra, de combate, de lucha, de héroes.
Por las dudas, cierro todas las pantallas antes de que suene la música marcial.
me asomo nuevamente a la ventana, el mundo vuelve a estar en calma, pero el alma, no.

Si hay que gritar, y seguramente haya que hacerlo, entonces gritemos todos juntos, en vez de gritarnos encima los unos sobre los otros.
Gritemos en las ventanas, en los balcones, en los terrados, en los patios de luz. Gritemos de impotencia, de incredulidad, gritemos como locos, porque estamos cuerdos, gritemos de rabia, de dolor, de memoria o al dictado, gritemos de soledad ante el espejo, si hace falta.
Y que nuestro grito nos proteja a todos y a todas, de miserias y mezquindades.

Buen lunes y buenos gritos.