De perlas y collar…

El collar de la abuela sin el viejo hilo que lo teje, no es mas que un puñado de canicas perladas destinadas a perderse, incapaces de enhebrar memoria ni herencia…
Ni aún recuperadas y guardadas celosamente en recipiente amoroso, ninguna de esas perlas por si sola, ni arrimadas, evocan imágenes de aquellas noches de fiesta y verano, titilando en el reflejo de minúsculas gotas de sudor y nácar, sobre la piel de su cuello blanco y fino.
Solo en la harmonía de esa línea, que es de seda, que atraviesa y une, se recompone el collar, y el collar recompone la memoria, y la memoria recompone la vida, y la vida es atravesada, como las perlas del collar…

Íntimos ausentes.

Es porque no están, que están aquí. Son nuestros íntimos ausentes.
Deshabitado el propio esqueleto, se realojan como pueden, en la carcasa de la mala memoria que nos queda.
Pobres inquilinos forzosos, obligados a soportar la inclemencia de nuestros desvanes carcomidos por el olvido!
Al cruzarnos con ellos en los intrincados pasillos movedizos del recuerdo, tanto les juramos amor eterno, como les tratamos de usted y con una reverencia les deseamos que tengan un buen día, o que se vayan con viento fresco, que se le parece bastante.
Aunque para estos fantasmas realquilados, lo mas grave no es que nuestra amnesia o desapego los diluya hasta el punto de desaparecer del mismo olvido, no. El peor escarnio, curiosamente, son esos momentos en que despertamos de toda realidad y recordamos! Comienza el espectáculo! Ahí están nuestros íntimos ocupas, obligados a representarse si mismos, pero guionados por nuestra iluminada acuarela. Vestuarios, escenarios y situaciones se trastocan, se intercambian, se transgreden, se inventan. Todo vale si lo recordamos!

Ciertamente que el infierno somos los otros! pero no todos los muertos son iguales, y siempre los hay que antes que sufrir la vergüenza, la humillación, y la impiedad de tal desatino, eligen dejarse llevar por la vanidad escénica, descubren la vocación después de la extrema unción, y con tal de seguir palpitando, improvisan, se adaptan a cualquier cambio, y con la mayor naturalidad, intervienen en escenas que nunca vivieron. Eso sí, no me queda claro si haber ejercido la profesión en vida, ayuda.
Así construimos nuestra foto de familia, con abuelos, padres, tíos, amigos, amores y demás ramas del árbol, del arbusto o del bosque todo, repitiendo lo que nunca dijeron, sonriendo cuando ni pajolera gracia, amando en seco, muriendo en vida, y viviendo este carnaval después de muertos…Pero eso sí, tan vivos en nuestro recuerdo!!

A mis queridos íntimos ausentes, con mas amor por metro de olvido.

El mar de los migrantes.

(Y si en vez de adormecerte, te despiertas caminando por la orilla del mar de la perplejidad?)

No surcan estas aguas las palabras,
solo la impronta las atraviesa.
Lo demás es silencio, bruma.
no hay surco ni estela,
solo planicie de agua y vergüenza.
No tiene este mar,
estrellas que iluminen las noches,
ni la arena de sus playas está rasgada por el tiempo.
Solo vigilia en la espuma de las olas
Y oscuridad en su lecho, donde nada descansa.
Mar incierto, sin eco en sus caracolas,
Mar sin alma,
Solo nácar y muerte,
sus mareas.

Jubilación.

Vida laboral.
Treinta y tres años, la mitad de mi vida. Son los años trabajados en el Institut del Teatre. Profesor de actuación -interpretación- profesor de prácticas de interpretación -talleres- Jefe de Departamento, Director de Centro, Sub-director de la Escuela Superior de Arte Dramático, Responsable de Gestión Académica…
Hoy este viaje llegó a su obligado fin.

A esos años se les suman otros diez, anteriores. En Argentina, en el estudio de Agustín Alezzo, en la Escuela Superior Carlos Pellegrini, y en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Luego en Madrid, y en Barcelona, con Manuel Carlos Lillo…

Algunas direcciones escénicas, menos de las que hubiese querido, y aún quiero. Luego el circo. El trapecio, la pista, y el aire, como escenarios. Tantas compañías, tantas historias, algún que otro crujir de huesos. Veintitrés años.
Aún hoy hago algunos vuelos domésticos, por la costumbre.

Ahora, un alto en el camino, y estas ganas de dejarse tentar por las ganas otra vez.
Y el mar que se asoma por la ventana.

Invierno.

Invierno a secas, aunque las olas te mojen, y el viento te levante las chapas. Invierno porque toca, y si te toca te hiela. Invierno en los huesos y en este cielo, que tanto nos une como nos separa. Invierno en la edad, en el horizonte.
Simplemente invierno, a este lado del mar y a esta orilla del fuego.
Buen abrigo, a todas, a todos.

 

Línea de horizonte.

Mar, cielo, nada mas. Línea nítida, precisa. Irreal.
Perfilada en ningún lugar, no habita geografía alguna, sin embargo es visible en todas. Para avistarla en su mayor extensión, se requiere de grandes planicies. En mares o llanuras, en las grandes mesetas o en los grandes lagos. En los confines helados del ártico y en las arenas de los desiertos.
También puede observarse desde las alturas, en las cimas de las montañas, y eventualmente, desde las azoteas de los rascacielos mas altos, en el corazón de las ciudades.
En algunos enclaves privilegiados, la línea se cierra hasta formar un círculo de horizonte, entonces se puede tocar el cielo con las manos.

Línea que ni une ni separa. Línea que solo constata el punto en que despega la mirada, en su viaje sin retorno, al universo.
Línea que nunca te atraviesa, que te da equilibrio. Línea de la que se sirven capitanes y pilotos para medir la inclinación de las naves del mar y de las naves del aire.
Línea que es como la punta de un iceberg. Cuando la vemos, no vemos el inmenso espacio vacío necesario para verla.
Línea que mantiene las distancias. Son los mismos pasos que doy hacia ella, los que ella se aleja de mi.
Línea donde el sol sale y se pone, indistintamente.
Línea donde la distancia se baila un tango con el tiempo.

Sin memoria me moría / Postalesdesde Ocata

-“Y tú, miserable, como quieres morir?”-
La pregunta se la hace el personaje siniestro de la película, al protagonista maniatado, golpeado, magullado, pero predestinado, por arte de guión, a sobrevivir a todos los imposibles, y por ende a sobrepasar con creces el sentido de la sobriedad y el ridículo, y eso sin despeinarse, claro.
Habitado! Si tengo que morir, que sea habitado! Vociferé yo desde el sofá sin venir a cuento ni cuenta, al mismo tiempo que disparaba un certero disparo del mando a distancia, que apagó de un soplo la vida encendida de la televisión. Y muy vivido! agregué bronco y sobreactuado a una tele apagada, callada, y perpleja. Por pedir que no quede.

Habitado como una casa, como la habitación de una casa, como ese rincón de la habitación de una casa, como el cajón del armario que está en ese rincón de la casa. Que alguien recuerde que alguna vez, allí le pasó algo, que allí descubrió algo, y también que allí, alguien perdió algo, alguna vez.
Habitado por los actos efímeros que nos dieron el temple, por los instantes que fueron, y los futuros que nunca fueron ni serán.
Que la desmemoria no me pinte las paredes del alma.

Ay! memoria, si te perdía! Me moría sin memoria.
Aún, de vez en vez, me siento a la orilla del mar de los olvidos, a ver si sus mezquinas mareas me devuelven tu presencia, el olor de tus manos, el color de tus caricias, el calor de tu mirada. Hoy todo lo que guardo de ti, son tres fotografías en blanco en negro, ajadas por el tiempo y por tus excesos, y una crónica triste escrita con mil palabras, que nunca llegaran a reemplazar tu imagen. Creo que cuando partiste, fui yo quien cerró por siempre los ojos del alma, porque ya nunca volví a verte.