Juramento.

29/09

Nos juramos amor eterno.
Yo clavé mis palabras en mi corazón, antes de pronunciarlas, para empaparlas de mi mejor sangre, ella me dio a beber sus lágrimas. Escribimos nuestros nombres en la corteza árida del verano y nos separamos. No volvimos a vernos.
Luego crecimos.

Hoy, cuando desperté, cincuenta años después, sus ojos silenciosos iluminaban mis sueños.
Su nombre lo borraron, no los inviernos ni las lluvias, sino otros tantos veranos. Otros tantos juramentos.

Pero hoy, sus ojos estaban ahí, perplejos. No supieron o no quisieron romper su secreto.
Si recordé el sabor triste y salado de sus lágrimas, un vestido sencillo y unos pies descalzos, casi infantiles.
Me levanté mas viejo de lo que soy, y busqué en el cajón de las fotografías antiguas una miniatura en la que estamos abrazados y sonrientes. El tiempo ha cuarteado y desvanecido la imagen, pero ahí estamos, desafiando la vida. Juraría que en su sonrisa, ella estaba diciendo su nombre.
Pero ya se sabe que las fotografías son mudas.

El Mago Ferlosio.

27/09

Una historia que una vez me contaron.
O simplemente una historia que escuché una vez.

Hubo una vez un mago que no ensayaba los trucos. Por supuesto siempre fallaba.
Él simplemente creía en la magia, y la invocaba, con todas sus ganas, con toda su inocencia, con toda su fe. Pero la magia se le resistía, siempre.
Sin embargo lo seguían contratando, cada vez mas.

Aunque en realidad no lo contrataban como mago, como él creía. En verdad lo contrataban como clown.
Parece ser que resultaba muy divertida su reacción al no aparecer el conejo, al no adivinar la carta, o al no hacer desaparecer a un voluntario del público. Su rostro en esos momentos, era el territorio donde la desolación, la perplejidad y el desamparo, masticaban su alma. Pero al siguiente instante, el mago, se iluminaba nuevamente y volvía a creer ciegamente en la magia, en su magia, y apostaba su vida.
Esto resultaba hilarante a ojos del público, que reía entregado, desfallecía, se quemaba las manos en cerrados aplausos, y se desgañitaba en gritos de: Bravo!!

El mago se puso de moda y no dejaban de llamarle para contratarle en todo tipo de eventos, como cumpleaños, despedidas de soltero, cenas de empresa, inauguraciones variadas, actos oficiales. Incluso, dicen que llegó a actuar en un funeral, aunque esto último no puedo asegurarlo.
Así se convirtió en un producto mediático antes de que existiera este concepto.

Ferlosio, tal era su nombre, no acababa de entender bien lo que sucedía. Si por un lado era propenso a pensar que si tanto le llamaban, era porque la magia estaba cerca, no entendía como la gente podía reírse cuando esta se alejaba dándoles la espalda.

Su temple, hay que reconocerlo, era de una nobleza suprema. Solo por eso, la magia debiera haberle hecho su amante, haberle regalado un ramo de destellos con que iluminar al mundo con sus actos. Pero la magia es una amante ausente y feroz, y siempre, siempre, le dio plantón.
Ni siquiera la ley de probabilidades vino jamás en su ayuda.
Nunca jamás el conejo, nunca jamás la carta, nunca jamás el voluntario desaparecido.

Ferlosio envejeció sin perder nunca la fe, ni jamás traicionó a su amada magia con un vulgar ensayo. Él se plantaba en la escena, sonreía emocionado, y se zambullía en el mar de los fracasos, improvisando.
Cuentan que cuando moría, llegó a decir en un hilo de voz, que iba a hacerse desaparecer. Pero no, solo lo enterraron.

Aún hoy, hay quienes recuerdan al Mago Ferlosio, el mejor clown de la ciudad.

Cumpleaños feliz!

24/09

Desde el patio de atrás de la memoria/

Aniversario.
De haber nacido un día, cosa que yo no recuerdo, en una casa que tampoco recuerdo.
En un siglo que ya pasó, en un mes en el que antes era primavera y ahora es otoño, en un cielo donde eran otras las estrellas y otra era la luz.

Si recuerdo de entonces, un fuerte militar de madera, con su inacabable guarnición de soldaditos de plomo, con sus fusiles de quita y pon, y el deseo de una bicicleta que nunca tuve.
Recuerdo también los desayunos en la cama, la voz de mi abuela, las cortinas del salón, la quietud de aquel caserón, que fue perdiendo personas y ganando fantasmas.
Recuerdo un amigo escaleras abajo y calle afuera, recuerdo tardes de siesta y plaza. Recuerdo los jueves y domingos con las reuniones familiares y un sinfín de primos y primas, en especial, uno, que se apagó pidiendo la luna.

Recuerdo crecer hasta olvidarlo todo.
Pero este aniversario empecinado sigue visitándome año tras año.

Con aguja de plata, hilvana Pessoa sus recuerdos
En el tiempo en que festejaban el día de mi cumpleaños / yo era feliz y nadie había muerto. / En la casa antigua, incluso mi cumpleaños era una tradición de siglos, / y la alegría de todos, y la mía, estaba asegurada con una religión cualquiera…/

Recuerdo también la juventud con que leí esos versos.
Recuerdo juramentos que no cumplí.

Recuerdo, madre, que olvidé por siempre tu rostro.
Hoy dibujo tu recuerdo con los gestos inmóviles de las pocas fotografías tuyas que conservo.

Aniversario condenado a visitarme, a celebrarme, solo por mi obcecada voluntad de seguir estando contra todo pronóstico, dice mi médico, cuando revisa mis pulmones.

Aniversario de esta vida, que de tan llena o vacía, parece ajena.
Felicidades a todas y todos los que cumplís años tal día como hoy, y sobre todo, no apaguéis las velas. No apaguemos las velas, nunca. Sigamos hasta que las velas no ardan!

 

Fotografía de Patricia Ackerman

Fotografía de Patricia Ackerman

Invisible.

20/09

La Antigua Viña/

Cada tarde, ella pasa. Con sus años, con su vaguedad en la mirada, con sus migas de tristeza en la comisura de los labios.
De contextura sólida y voluminosa, su caminar, sin embargo, es ligero. Tiene en su andar algo mas sublime que la suavidad.

Es puntual, y tiene la minuciosa pulcritud en sus gestos, en sus mínimos actos, que solo da una vida vivida en soledad.
Mira lo indispensable, pero lo respira todo. Sus ojos dicen de la añoranza de la vida que no vivió, de las risas que no rió. Del amor que no usó, al decir de Juan Gelman.

Su ropa es negra, blanca o gris, sus faldas, rigurosamente vigiladas, como los trenes de Jiří Menzel, siempre diez centímetros debajo de una rodilla que nunca se hincó de placer. Siempre por penitencia, como el vivir.

Nunca supe si va o viene. Nunca lleva un paquete, una bolsa, que delate sus quehaceres, sus puertos. Simplemente, ella atraviesa el Paralelo, en dirección mar, y nunca vuelve.
Nunca habla con nadie, nunca nadie la saluda, solo es una sombra llena de luz, que pasa sin que nadie repare en ella. Tan equidistante de las tertulias, como de los pasos perdidos. A veces me pregunto si mi habilidad de observarla es señal de mi proximidad, quizás estemos hermanados en las sombras, ella con su paso, yo con mis letras, que como las migas ajenas de las terrazas, sacudes indolente con un gesto de la mano, al ocupar tu mesa.

Nunca me miró. A su paso yo intento que por una vez se sienta observada y clavo mis ojos en su transparencia, esperando una señal que nunca llega.
Un día simplemente dejará de navegar solitaria nuestra calle, y nada habrá cambiado, seguirán ladrando los perros, gritando los niños, y vecinos y vecinas seguirán ignorando su ausencia, igual que ignoran su presencia.
Yo la llamo Olvido. Para no olvidarla.

Fotografía de Patricia Ackerman

Fotografía de Patricia Ackerman

Que nunca dejemos de ser visibles, a todos, todas.

Casi domingo.

15/09

Desde dentro y fuera/

El aire se arremolina bajo unos nubarrones negros llenos de presagios que se desperezan indolentes. Las cortinas del salón, aún bailan la fiesta del sábado noche. Las ojeras de los vecinos delatan que han mirado mas de lo que toca y han tocado menos de lo que han deseado.
Amanecen de tormenta el cielo y el barrio.

15 de septiembre, la cursa de la Mercè atraviesa el Paralelo, y vista desde el balcón, esta gesta es aún mas heroica y humana. Cientos de corredores y corredoras luchan contra el desánimo, hoy todos somos un poco Forrest Gamp, hoy todos queremos salir corriendo y dejar atrás crisis, recortes, ausencias.
Los pasos perdidos del barrio los miran pasar sin ver, sus ojos ya no saben leer, y se quedan tambaleantes, sacudidos por tanto movimiento, por tanta corriente humanidad.

Bajo a La Antigua Viña, la terraza está animada y concurrida, ahora que la cursa ha terminado, algunos corredores se premian con su cognac y su tabaco, mientras su respiración jadeante, jadeadora y jodedora, tras diez kilómetros sin resuello, silba la traviata.

Comienzan a caer las primeras gotas y el barrio es una fiesta.
Buen domingo a todas, todos.

Fotografía de Patricia Ackerman

Fotografía de Patricia Ackerman

Volver…

13/09

La Antigua Viña/

Aquí estamos otra vez, La Antigua Viña y yo.
Hoy han vuelto de Galicia, Tino, Marina y Cesar, y aquí estoy yo, en mi mesa, con mi café fumado, mi agua, mi teclado…
Este es el verdadero cambio de estación. La vuelta al hogar, no tanto la de ellos, como la mía.

Tiempo de encajes.
No me refiero a bellos y sutiles bordados, ni a vaporosas telas de gasa, sino al encaje de las piezas de un engranaje, de una gigante maquinaria: La rutina.
Hoy mas que nunca, con La Antigua Viña encendiendo motores, el barrio vuelve a sus rutinas. Ayer ha comenzado, además, el curso escolar. Los últimos rezagados del período vacacional, han vuelto a sus quehaceres, a sus hábitos, a sus recortes, a su aquí no hay quien viva, pero seguimos viviendo, trenzando sueños o acumulando derrotas, creciendo o decreciendo según cada quien o cada cual.

Temporadas.
En líneas generales, la vida real es de temporada otoño-invierno. La temporada primavera-verano es mas una película, es ficción-documental.
Así, vecinos y vecinas, volvemos a ser el público que sale del cine con la cara pintada y embobada, hemos visto por un rato la vida en colorines, y ahora se vuelve a lo que se vuelve.

Rentrée?  Volver, cantaba Gardel.
Los franceses, que cuando hilan fino, lo hacen muy fino, no vuelven, ellos re-entran.
O sea, que vuelven a entrar en algo que no necesariamente se había detenido. Como bajar y subir al tiovivo -a la calesita-, en movimiento.
Nosotros, por contra, volvemos, comenzamos, empezamos. Como si todo se hubiera parado con nosotros, y por tanto al volver, hubiese de recomenzar todo. Una tarea para titanes, o para Carlitos Gardel, recostado en la barandilla de la cubierta del barco, cantando Volver.
Personalmente, me gusta mas ese saltito francés, esa mínima carrera con su salto en frenada, que se da para incorporar el cambio de velocidad al subir al carrusel.
Y en una de esas, además agarramos la sortija, mirá lo que te digo.

Hermosa luz fresca se mueve por el barrio, entre tanto vecina o vecino, entre tanto perro desconcertado que se ha quedado sin el colega de juegos, ahora que los chavales fichan su horario de entrada y de salida en las escuelas.
Luz que te eriza los pelitos y te pone la piel de durazno, decía mi madre, a quien no le gustaba nada la de gallina.

Día para disfrutar, tan viernes y tan trece de septiembre…
Buen viernes y buen aire, a todos y todas.

Tiempo que soy.

Extenso es el territorio.
Tierra formada por días, meses, años
Y mas.
Es la región que llamamos tiempo.

Desde esa geografía
Te miro fabricar minutos y segundos.
Donde el tránsito quieto
De pensamientos suspendidos
Deslumbra al alba silenciosa de los instantes.

El compás cierra círculos concéntricos,
Las manecillas del reloj
Marcan los compartimentos
Donde encerrada la espera
Cuenta las horas.

Tiempo prisionero de nuestras
Matemáticas.
Solo la distancia es mensurable
Porque el tiempo
Es la distancia mas larga
Entre dos lugares
(Tennessee Williams)

Tiempo que soy
Marca la distancia
Entre mi cabeza Y mis pies.
Entre mi sonrisa
Y mi perplejidad.

Septiembre de 2013

Fotografía de Patricia Ackerman

Fotografía de Patricia Ackerman