12/07
Desde el borde del salón/
Horas ajenas.
Tiempo corrupto que nos deshereda y nos deja en una esquina del reloj donde nunca llega ninguna aguja. Horas esquivas que nos niegan el saludo, que se escabullen entre los otros y sus rumbos.
Esas horas en que el tiempo transcurre quieto como la sombras que da la farola en esa estatua.
Tan quieta sombra, tan estatua la farola.
Quedó la aguja cosiendo siempre el mismo punto en la trama del tejido. Envejecer en la misma sonrisa.
Es en estas horas en que solo nos puede salvar sentarnos frente al mar, mirando al horizonte para intentar divisar la costa de África entre la bruma. Aunque estemos en los fiordos noruegos, o en la orilla del lago Chascomús.
(Como me enseñaste, en aquella playa de Zahara de los Atunes, a donde íbamos desde tu casa en aquel pueblo que no lo es, El Armarchal. Un lugar en medio de ninguna parte, me dijiste una vez, antes de irte de todo)
Como los niños cuando se enfadan, si tu me, yo más, yo me defiendo de estas horas inciertas, cambiando segundos por latidos de este viejo metrónomo, que con el sosiego, aún me da las sesenta pulsaciones necesarias para seguir equivocándome, o sea para seguir.
Yo reloj de mi mismo, me doy cuerda, me pongo en tiempo, y le gano al ajedrez a la locura. Y bailo en el trapecio para que gane ella y así hacemos las paces.
Será la calor.
Buenos latidos para tiempos inciertos a todos y todas!
