Las rutinas.

 

En mi torpeza cotidiana pierdo mis pasos en el diario deambular por los hábitos y sus encrucijadas. Me siguen el rastro mi mala memoria y algunos versos insospechados.
Hay un mar, hay un cielo y estas ganas inmensas de no se sabe qué.
Hay los años vividos y también los años perdidos, hay el azar y la mala suerte, hay el color de la vida y el blanco y negro de los recuerdos.
Nocturnamente crecen los rincones por todos los rincones, y el día es el laberinto del que no se escapa.
Solo el recurso de la arena bajo los pies me devuelve al planeta, y es con agua salada que riego mis alegrías.
Y es bajo este sol frío de invierno que se calienta este lagarto.

Diario de un jubilado.

Despertarse de martes antes de que amanezca, encender el día como quien enciende el fuego de las hornallas, mientras escuchas un jazz calentito y humeante la cafetera repica a ritmo de George Lewis y las tostadas saltan a toque de clarinete. Tomar el café viendo la salida del sol entre las costuras del mar, a través del cristal invernal de las ventanas. Respirar con la calma de una vida hecha, abrir el periódico, lupas de por medio para una vista cansada, y después de tragar tres titulares untados de mermelada, exclamar:
Esto se va al carajo, amigos!!

El cuento del fullero.

Agitar el alma como se agitan los dados, soplar con vicio de tahúr las letras del teclado y tirar las frases sobre el tapete blanco, con los dedos de perfil acomodarlas cual trilero, y pegarle el cambiazo a una esdrújula por una átona que suavice la mirada del lector, mientras de culata y contrabando se deslizan unas subordinadas, que dan el tiempo de acomode al desenlace. La suerte está echada. Es momento de recoger pérdida y ganancia. O hay cuento o hay embuste.

Mismamente.

No conozco mis virtudes, nunca fuimos presentados. Mi locura es estar cuerdo, pero eso es porque el sentido común me conmueve, ciertamente.
Verdad es que mis errores son los pasos que no di, pero dudo que los pasos dados sean mis aciertos, no es tan mansamente binaria la vida.
Dicho esto, aquí estamos cada mañana y con ella el día, que no es poco. Las noches hay que pintarlas, pero se dejan.
Se van cerrando los capítulos, pero la historia no termina, o termina la historia y los capítulos siguen abiertos, no importa, es la belleza de ciertas viejas ventanas de madera noble que cierran desencuadradas, pero cierran, y el chicote de aire frío que se cuela por sus inciertos en invierno es porque respiran.
Ahora los días son luminosos aún en la penumbra a que obliga la injusticia de este sol de justicia. Los puntos suspensivos de luz que filtran las persianas se estampan en las paredes, inquiriéndome, pero yo, callado. Son horas para el jazz, que se hace cómplice del sudor y del ventilador del techo, que me despeina el malhumor.
Amo esta rutina de vivir aunque me aburra, si aburrir es no poner los pelos de punta, según dicen las lenguas.
Divertirme, interesarme, sí, a veces, por esto o por aquello, o por ella o por él, o por mí, o por nada y sigo igual de vivo, igual de yo.
No, la vida ni es nuestra ni es bella, la vida es estar, luego está lo demás.
Y lo demás, somos nosotros y los otros.
Pero ayuda un ventilador de techo.

De la ferocidad de las hormigas rojas. III

Titanic.
La casa de mis abuelos -la casa de las maravillas y las soledades- donde viví mi infancia debía tener entre 200 o 250 metros cuadrados, aunque en mi memoria, se multiplican sus luces y sus sombras hasta la desmesura.
Era un octavo piso en la Avenida frente al Parque. Un largo balcón con balaustrada de cemento lo cercaba de punta a punta, girando en la esquina y adentrándose en la calle transversal donde estaba mi habitación, frente a las azoteas del Teatro Nacional. Todas las estancias principales, así como los dormitorios, daban al balcón único a través de puertas dobles de madera y cristal. Las persianas, dobles también, eran de hierro con celosías graduables.
En las noches festivas de verano, con todas las luces encendidas, todas las puertas del balcón abiertas de par en par, abocando los secretos de interior a la noche toda, con las cortinas de voile ondeando, la casa era mi íntimo transatlántico, surcando la ciudad por los cielos mas allá del parque, mas allá de toda zozobra.

Sobre el uso excesivo de los verbos vergonzantes y sus posibles efectos secundarios.

Huir.
De todo o de nada, da igual. Huir por sistema, huir como meta, así, en infinitivo, esa acción que transcurre en las costuras del tiempo, sin principio, conclusión, premio o castigo.
Huir hacia adelante, porque hacia atrás no te dejan. Huir de la escuela, de las siestas, del sueño, huir de la vida que te espera o no te espera y se fue con otro. Huir de las bodas y los funerales, especialmente de los propios, en ambos casos. Huir del dolor.
Huir del amor, perseguido por el deseo, huir del deseo persiguiendo al amor. Irrumpir en el futuro huyendo del pasado sin pasar por el presente en el que estamos huyendo.
Huir del barrio, de la ciudad, del país, del continente, y algún día, huir del planeta.
Hasta envejecer.
Entonces, sí, detenerse y quedarse quieto para dejar que sea el mundo el que huya.

Elogio de la vejez.

Que fue de la venerable y respetada vejez que nos esperaba luego de una dura vida de lucha y esfuerzo?
Descatalogada, fuera de stock. Ahora lo que se lleva es el ser joven para siempre.
Mente joven y espíritu joven, y no importa que estemos decrépitos, siempre nos podremos rejuvenecer, implantar, cortar, estirar, modelar, como en la peluquería. Reciclar la mente, planchar el alma y teñir el espíritu. Lo que haga falta para seguir siendo jóvenes hasta la eternidad que nos parió!
Para ti no pasan los años! Pareces mucho mas joven que cuando eras joven! Tiene noventa, y sigue siendo tan joven!
Por el contrario, la vejez, antaño imbuida de sabiduría, experiencia, nobleza, ha pasado a ser sinónimo de fracaso, abandono, desinterés, desidia. En definitiva, hoy la vejez no es una edad, sino una conducta, una mala conducta a combatir.
Que seas creativo a los veinte o a los ochenta, no tiene nada que ver con la juventud, sino con tu capacidad creativa, digo yo, vaya, y cuesta lo que cuesta.
Por otro lado, los viejos nos quejamos desde siempre, o sea, desde que éramos jóvenes, del desinterés de los mismos, por todo todito todo, pero si a los setenta y ocho comienzas una carrera universitaria, es porque tienes el espíritu joven? Anda ya!
He conocido y conozco, viejos y viejas hermosos, hermosas, no por mantenerse jóvenes, sino por haber vivido intensamente, rabiosamente. Así se han gastado, curtido, encorvado, y desconectado, con toda la fiereza de la vida tatuada en la piel. Si nos gusta gastar los zapatos, porque no nos va a gustar gastar la vida para que sea mas cómoda?
Y si el fragor de la travesía nos come el cerebro, que el viaje lo valga, me grita el alemán!
Hasta aquí, el cabreo, ahora medio pensamiento. Sería demasiado ingenuo no interpretar esta veneración a todo lo joven como un reflejo mas de los nuevos paradigmas de esta era digital, sincrónica, y regida por una economía neoliberal furiosa. Sí hemos prescindido de los atributos adjudicados a la vejez, como el valor de la memoria, de la experiencia, de la sabiduría, también prescindimos de la necesidad de concreción, de definición personal y de definición del propio espacio, es decir, de nuestro lugar en el mundo, propios de la edad adulta.
“Cambia tu vida a los veinte, a los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta, a los ochenta…” Esta retahíla, tanto puede ser una bella definición de libertad y juventud, como el prepararnos para la precariedad como forma de vida. Es lo que viene, cambiar de trabajo, de casa, de ciudad, de vida, hasta que muramos de juventud.
Yo, si me lo permiten, prefiero envejecerme encima, que en diferido, eso de envejecer el cuerpo pero no la mente me rechina los dientes, y si ademas se menta el espíritu, hago cortocircuito!