Anoche, sentados a la mesa de un café que ya no existe, me dijiste, afilada de furia, nos vemos dentro de una vida y te marchaste sin esperar ni mi rabia ni mi pena.
Llevábamos puesto solo la adolescencia por destino, algunos libros prohibidos, y yo, cuatro pelos valientes por bigote.
La esquiva revolución se nos escapaba por las esquinas y en esa persecución por barrios y barriadas, por cafés y tugurios, tatuados de tinta y engrudo de tanto empapelar las calles de proclamas y alzamientos, de llamadas a la huelga y a la revuelta, la hermana infidelidad me enamoró de la ciudad y sus laberintos, en ellos me perdí, en ellos me contagié la enfermedad de los enigmas, así cambié la revolución por sus poetas, y a ti, por mi anhelo de ti, y tuve mi puerto y mi barco, la niebla del riachuelo, la del río, la del mar y la del océano todo.
Los caminos nos separaron los pasos, erráticos los míos, definitivos los tuyos.
Tu deseabas la vida y yo quería vivir el deseo, eso lo explica todo. Nunca mas nos supimos, ni el azar ni Baltasar.
Hoy, el calendario y los huesos me dicen que desde anoche ha pasado una vida. O dos, la tuya y la mía.
Un hermoso texto poético!
Gracias, hermano!
qué bello escrito!
Gracias, Patricia!
Bello! Beso, Jorge.
Gracias!