Silencio. / Postales desde Ocata.

La no ciudad.
Afuera, mas allá del contorno protector de las antiguas murallas, de las marcas fundacionales.
Afuera también de los nuevos límites que han demarcado el crecimiento de los suburbios, la anexión de pueblos circundantes, y esta suerte de voracidad implacable por extenderse.
Afuera por fin, comienza este espacio, este territorio sin mas nombre que el no ser.
No importa si es campo abierto o pueblo cerrado, puede ser montaña o mar, puede ser al pie de una carretera, o de las vías del tren, o de las dos juntas, es igual.
No es la geografía, no es el paisaje ni la arquitectura, ni siquiera es la historia. Lo que de verdad cambia, es el silencio.
Pero tampoco se trata de que haya mas silencio o menos ruido, sino de la calidad, del alma de ese silencio. Sencillamente la partitura donde se inscriben ruidos y sonidos, no es la misma.

Esto ocurre por el enjambre. Ese motor humano que nunca para, esa respiración que nos articula y nos conecta, es nuestro zumbido. Escuchar el sonido de ese motor, es lo que en la ciudad se llama escuchar el silencio. Afuera, en la no ciudad, escuchar el silencio es oír como suena la naturaleza, y a veces, por unos instantes, hasta ella se detiene, para que un no sonido, hondo y sideral, nos congele el alma.

Pintada y vacía. / Postales desde Ocata

Les echo a faltar, tristes tigres, pobres pedazos perdidos. Mis escuálidos fantasmas.
Entre tanto jaleo de andar mandándome a mudar, ahora no encuentro la caja donde guardé las batallas perdidas, los huesos rotos del amor, o las voces de ultratumba. Faltan también los crujidos del alma, las angustias tejidas a ganchillo, y muy especialmente mi colección de adicciones.
Sé con certeza, que yo mismo lo guardé todo, bien inventariado, en una primorosa caja a medida, protegido su interior, con una gruesa y acolchada capa de horas en blanco.
Pues bien, después de abrir la última de las ochenta cajas de esta vuelta al mundo en un día, he confirmado mi temor, o sea, su desaparición, su pérdida, su extravío. O es que tal vez solo es una caja rezagada que llegará por sus propios medios en el momento mas inopinado? Improbable.
Eran los míos, fantasmas de buena estirpe, de quebranto justo, sobrios, sin excesos. Así, mis penas y el dolor de mis huesos, se conjuntaban perfectamente con ellos, y con el alma macerada de humo y años, con las grietas de las paredes y la piel, con la tos, y alguna canción de Brel.
Pero uno no va perdiendo por ahí, sus pústulas, sus monstruos, sus yeguas nocturnas, caramba! No son cartera que cae de un bolsillo, ni paraguas que se abandona al primer rayo de sol; no son perro que se asusta y huye, o niño que se pierde entre el gentío: no son colilla que se arroja al descuido, no. Nuestros fantasmas son parte esencial de nosotros mismos!
No es posible, me pregunto, que se trate mas bien de un protocolo, propio del lado tenebroso? Que para poder habitar una nueva morada necesiten, por ejemplo, de algo así como un acto, una marca de vida, un suceso en la cronología personal, que les dé entrada. Y es que esta casa está aún vacía, sin manchas de vida, sin hábitos, sin sombras de encuentros o desencuentros, solo pintada de blanco sin pena, sin superficies rugosas donde mis espectros puedan asirse, tejer sus raíces.
De ser así, imagino que ahora estarán desvaídos, suspendidos en la nada, pero acechando, a la espera del primer amor, del primer llanto, del primer quebranto, para recuperar su territorio y su auténtica invisibilidad, tan presente, tan vigorosa, casi corpórea, que les caracteriza.
Sea como sea, mejor que dé destierro a la añoranza y disfrute yo de su ausencia o estrategia. Disfrute yo, de esta vida blanca, a orillas de este mar, que todo se lo lleva y todo lo devuelve.

El bar de los ahogados / Postales desde Ocata

En medio de tanto orden, que desorden mi alma! Y es que mi vida es maravillosa, pero tan mal vivida!-
Lo primero lo dijo al interior de su bolso -casi mas grande que ella- con lo que no puedo descartar que en verdad no hubiera dentro, alguien más. Lo segundo me lo dijo a mi, al percatarse que la estaba observando descarado. Ella misma celebró su ocurrencia, con algo parecido a una sonrisa y un gesto de hombros, y retomo la búsqueda de vaya a saber qué o quién. Yo también levanté mis hombros, esbocé otra sonrisa y dije algo así como, pero siempre tendrá usted unas bellas vistas, refiriéndome a la playa y el mar frente a la cual estamos sentados a nuestras mesas del bar, pero ella, es evidente, lo escuchó con picardía y sus mejillas se hubieran enrojecido, de no estar enrojecidas ya para siempre, y rápida me devolvió el retruécano: –Eso me lo tendría que haber dicho cuando estaba seca y me moría de sed, entonces nos hubiéramos mojado a gusto!- y estalló en una carcajada sonora.
Aunque no sabía quien me estaba hablando, supe al instante a quién estaba yo escuchando, y una nube me empantanó el alma.
Si mi vieja casa asienta sus pilares sobre dos bares; la casa nueva, se erige, toda ella sobre uno («que no te cierren el bar de la esquina…») Y aunque su nombre hace referencia a la mitología del mar, hoy en honor de mi amiga casual, lo llamaré el bar de los ahogados. Aquí no se confunde quieto con tranquilo; cada país, cada ciudad, cada pueblo, cada barrio, tiene el suyo. Sus parroquianos, un poco mas gastados, mas sombríos, mas ahogados, que los parroquianos de otros bares, se sientan a sus mesas a beberse la partida y miran al mundo con un póker de ceros en su mano, y la melancolía de no entender porqué han perdido antes de empezar. Sin embargo, debo reconocer que sus mesas resultan apetecibles, será por la sal. Las hay interiores, donde el día se parece demasiado a la noche, las hay de terraza cubierta, que es la zona de los cordiales, y de los grupos en soledad. Y por último, las hay de terraza descubierta, a pie de acera, frente a la carretera, la vía, la playa, y al fin, el mar, que nos rescata de todo naufragio que no sea el suyo propio.
Hoy he caminado por la orilla, he hundido mis pasos en la arena blanda, y en la arena húmeda y compacta. El viento fuerte y helado, el sol frío y brillante, la espuma se escurre entre mis botas, como algunos recuerdos se escurren de la memoria y se pierden como las cuentas de un collar rompiéndose a este lado de la vida.
Luego subí por una de las callejuelas laterales, hacia montaña. Las casas respiran el aire salado que viene del mar y calman la sed en las aguas que bajan por las rieras, y embeben los cimientos en el terreno socavado del maresme.
Al volver a casa me he asomado a la ventana, he respirado profundamente, y he esperado paciente a que el meridiano volviese a atravesarme, justo con la puesta de sol.

Meridiana Descripción / Postales desde Ocata

Mi edifico es un triángulo escaleno -todos los lados son diferentes entre sí- cuyo lado menor se aboca al mar hasta mojarse los pies en la playa de Ocata. La esquina del salón, que es la esquina de la manzana, es también la esquina de la diagonal mayor del triángulo, que está cortada en chaflán, por una ventana que se empareja angulada con otra frontal, creando un mirador, al que se suma finalmente la ventana central y mayor. Es decir, no hay manera de abstraerse a la luz, al paisaje, a la contemplación con un alto riesgo de abducción.
El costado diagonal de la casa, da a un pasaje, que es donde se halla la entrada del edificio, y enfrente en el mismo pasaje, está el costado de la Casa de la Vila, edificio de estilo neoclásico, mas cercano al decorado teatral que a la arquitectura, y por eso bello. Ambos edificios tienen la misma altura, y al estar en último piso, el sol -al que veo salir y veo ponerse en los ventanales del frente- entra además por la tarde, en diagonal, en todas las habitaciones de la casa en un festival de rayos de luz, con el decorado -que asoma tras las ventanas- de falsas columnas, balaustradas y banderas que ondean con una línea de mar de fondo, a una distancia irreal para ser una calle real.
En el frente, el mar, es contundente en su desmesura, también la playa se agranda, extensa a lo ancho y a lo largo, luego las palmeras, el paseo marítimo, y finalmente como un tajo intenso y urbanita, el tren y la carretera.
Durante el día el mar es tan presente que lo demás es una anécdota, pero a la noche el mar desaparece en un fundido a negro sin matiz. Entonces, la estación y la carretera son la última frontera iluminada ante la oscuridad,
La estación es mínima, apenas un apeadero, unas mamparas y unos aleros funcionales, que cubren un pequeño tramo del andén, algunos bancos diseminados aquí y allá, y una maquina expendedora de billetes, y aunque el último tren pasa alrededor de la medianoche, la estación permanece iluminada hasta el amanecer, desierta, irreal. Casi una escena, seguro un escenario.
La carretera durante el día es de tránsito continuo, apretado, pero por la noche se reduce considerablemente, aunque no acaba de detenerse nunca. La única acera de la vía, tiene vida y respira por dos. Llena de comercios de todo tipo, ancha, arbolada y concurrida, y aunque estamos a pie mismo de la carretera nacional N-II, cada tramo tiene un nombre propio, el mío es, Passeig de la Riba, una manera de hacerla mas propia, como una calle mas.
El pueblo baja de montaña, y por tanto sus calles perpendiculares al mar, son de bajada, o subida según se encaren.. Ocata es un sector, un barrio de El Masnou, con su playa, su apeadero de tren y su meridiano, concretamente el meridiano verde, que une Dunkerque, París, la playa de Ocata, y atraviesa mi ventana como una revelación.
Decir que la mudanza me dejó de cama, no es una metáfora. Entre la lluvia, este clima nuevo, y el frío que finalmente se dejó sentir, he pillado un resfriado de mil demonios, así pues, enfundado en capas de ropa, mantas de lana y pañuelos de papel, deambulo de una punta a la otra de este casa con proa, de este barco con cimientos. Tal vez sea la fiebre, o el meridiano verde atravesándome la cabeza, pero la intuición que tuve al ver, primero la foto en internet, luego, el edificio desde afuera, una noche al volver de una actuación en el Mandràgora, hasta el día que lo visité por primera vez, no solo persiste, sino que día a día se vuelve certeza. Esta casa me habita.
Si el Poble Sec me acercó al mar, al puerto, el Masnou es una zambullida en apnea, en el mismo amor.
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Viaje a casa / Postales desde Ocata

Días migrantes, extraños. Como respondiendo a una señal de mi metabolismo, después de quince años de espera, he emprendido -terreno- el vuelo siguiendo la ruta del mar, hacia el norte.
He dejado la ciudad, mi barrio, mi calle, mi casa. Sí, un jueves por la mañana empaqueté mis bártulos, cambié la orientación de mi Paralelo por la de un meridiano, y con mi moto guiando al camión con mis muebles,y ochenta cajas como ochenta mundos, emprendimos el corto viaje de una vida a otra.
Y aquí estoy, en el mas bello faro, donde las olas rompen en el borde de mi mesa y donde por la noche soy el guardián de la desierta estación de tren.
Afuera el temporal. Dentro, la calma. Durante los últimos quince minutos de la mudanza empezaron a caer las primeras gotas, luego fueron tres días de lluvias y vientos huracanados, el mar embravecido, las palmeras resistiendo, y los relámpagos iluminando la inmensidad.Todo a escasos metros de mis ventanas. Dentro, el caos de las cajas y los muebles desmontados, despiezados. Pero ellos se reinventan conforme voy ensamblando las piezas. El cuerpo de mi escritorio ejerce ahora de mesa principal, y el resto es una pequeña mesa de desayuno, el sofá tresillo se ha divorciado finalmente, para bien de todos y todas, la butaca de cuénteme su historia, a la que tenía olvidada y relegada, es ahora el puesto del vigía. Con el último apretón de tornillo, ellos, en un gesto perruno, se sacuden el polvo y comienzan a husmear y rastrear el espacio hasta encontrar el suyo propio. Al cabo de unas horas se reacomodan, un poco por aquí y por allá hasta que, con un crujido conjunto, dicen, así. Esta es ahora mi casa, digo yo.
Amanece el cuarto día con sol y los colores explotan! El turquesa y blanco del mar, el cielo, las palmeras, El alma no entiende nada, pero le gusta, y a mi también.
Sigo abriendo cajas rezagadas. Objetos que llegan tarde, algunos, desolados, descubren que no acaban de acomodar pero no se resignan a las cajas del altillo, esperan agarrarme en un renuncio, para que les de palco o gallinero, la cuestión es estar. La casa se deja habitar sin decir nada, pero marca sus reglas, y sella sus secretos.
Quinto día, hoy se presentó el frío, pero la casa sabe resguardarse, sabe mantener el calor, tiene buenos muros, da buen asilo. Sigo con las cajas. Hay algunas a las que sencillamente sé que no les ha llegado el momento de ser abiertas, pero hay otras, que por contra, sé que debo abrir y que será laborioso, y me resisto. Juegos de invierno, juegos de salón, y de sala, cocina, dormitorio, baño y altillo. Juegos para encontrarse mientras los guardas para no encontrarlos.
Día seis, me despierto salpicado por las olas de la playa. Vuelve a amagar tormenta, pero no acaba de caer. Hoy me toca dejar el pueblo para ir a trabajar a la ciudad! Me gusta esa territorialidad, aquí batallo, aquí vivo. La moto está en forma y me cuida. A la vuelta nos pilla la lluvia pero voy preparado, bien equipado, el resto es precaución en la conducción.
Y en esta noche de miércoles, fría y lluviosa, ya con mi primer resfrío costero, doy por terminada esta mudanza. La casa está en funcionamiento, lo que falta, se irá haciendo, se irá viviendo. Bellamente, como podamos.

De la ferocidad de las hormigas rojas II

Yo fui niño de ciudad, para mi, la diferencia entre el campo y la ciudad, eran, a saber, tres. La primera, por evidente, que en las ciudades las calles tenían asfalto y en el campo, no. La segunda, pero mas importante, los bichos; según lo lejos de la ciudad que estuviese el campo en cuestión, eran mas grandes, mas raros, y daban mas miedo. Y por último, que el paisaje consistía en cambiar los edificios por árboles o montañas; o por árboles y montañas; con o sin agua. El agua debía ser río o riachuelo, lago o laguna, porque si era mar, entonces el campo era playa.
Si había montañas era territorio vaquero, si árboles, el bosque de Robin Hood. Y si había de todo, entonces, era la jungla de Tarzán.
Con esa ecuación clara y mis botas de vaquero de niño de ciudad, viajé por primera vez, tierra adentro, campo afuera, al territorio de mis antepasados, situado en la frontera noroeste del país, al pie de la gran cordillera.
Veranos de mas de cuarenta grados a la sombra, y noches a la intemperie, que te congelan el alma. Una geografía dura, árida, y fascinante.
Montaña y desierto, acequias, viñedos, olivares, y cielos como océanos.

Ya en el trayecto desde la estación de tren a la hacienda, en un camión destartalado, supe del incierto, al contemplar como todo mi conocimiento se convertía en papel mojado. Azorado, asustado, indefenso, y sin dar crédito a lo que veía a través de una nube de polvo. Había que volver a empezar desde el principio.
Entonces solo tuve ojos para maravillarme, corazón para espantarme, y palabras para asimilar.
En medio de ese universo desbordante, hice conocimiento con un nuevo tipo de bichos: las alimañas, y debí conjugar un nuevo concepto de animal: salvaje.

Mas incrédulo que sorprendido, quedé al comprobar que mis hormigas negras también estaban allí, y que eran capaces de sobrevivir en este caos animal, vegetal y mineral que amenazaba con comerme, picarme, aplastarme o tragarme! Pero ahí estaban ellas, con sus inquebrantables filas de obreras, transportando desde alimentos hasta materiales de construcción, soportando, heroicas, el ataque de sus acérrimas enemigas, las hormigas rojas, a las que se les unían ahora, infinidad de otros bichos difíciles de clasificar, pero fáciles de temer.
Pero si ellas eran capaces de adaptarse, yo tenía una posibilidad. Ese fue el segundo soplo de valor que respiré. El primero y determinante me lo dio un bulldog baboso, de mal carácter y pulgas malas, y colmillos como colmillos, que ante la sorpresa general, me adoptó al poner el primer pié en la finca, se me lanzó al otro, me tumbó, se subió en mi pecho y me inundó de babas amistosas. Quizá, salvaguardar a ese niño asustado, remilgado, engominado, gafotas y urbanita, le resultara algo así como una prueba iniciática canina, al estilo indio, para ascender en su próxima vida perra, pero desde ese momento supe que tenía un amigo. Con él compartí la carne que robaba de mi propio plato en las comidas, las pulgas, las garrapatas, que encontraron en la sombra protectora detras de mis orejas, la llanura donde engordar como vacas gordas. Compartimos horas de siesta, jugando entre matorrales, con las hormigas negras. Yo creaba puentes y caminos, diques, él, con sus babas, lagos y torrentes. Finalmente quedábamos los dos, estirados panza abajo, con los mentones clavados en la tierra, mirando hipnotizados, la fila de hormigas pasar, literalmente, frente a nuestras narices; una altura que nos aproximaba a su universo. El fue mi protector, mi guía, en ese viaje fantástico a las entrañas vivas y reales de una enciclopedia de ciencias naturales.
Él me enseñó a resoplar, la vida me dio después los motivos. Con los años las hormigas rojas se comieron su nombre, pero nunca su presencia. Feo y malcarado, como un buen amigo.

De la ferocidad de las hormigas rojas.

Afuera, blanco impío el calor. Adentro, blanco silencio el mantel. Umbrosa, amplia, alta, la estancia. Las cortinas ondulan las sombras. El suelo es de tierra apisonada y alfombras, entonces están las alpargatas, o los pies descalzos, y con los pies, aparecen los vestidos amplios y ligeros de las mujeres, y las camisas abiertas y sudorosas de los hombres, los pantalones arremangados.
No hay rostros, se los come el difuminado. Apenas ráfagas de un mundo visto desde la altura de un niño, siempre mas cerca de las perneras y las faldas, que de los rostros. Esa altura, donde los detalles de los tejidos se convierten en mapas. Para encontrar tesoros, o para descifrar secretos signos de identidad.
Mi memoria es una fila de hormigas negras obreras, atacadas por infinidad de diminutas hormigas rojas. El sol me calienta la nuca y el calor de las piedras me cuece las rodillas. Dentro todo es silencio. Afuera, el griterío de los bichos. Es la hora de la siesta, hace cincuenta y cinco años. Estamos con mi hermano en una estancia del caserón, convertida en galpón, a la que se accede con una escalera a una ventana alta, dentro, un océano de sandías, un cuchillo robado de la cocina y un atracón de náufragos a cuarenta grados a la sombra.
Es una tierra caliente, ni una mala memoria como la mía, la enfría, y una candela encendida con la ventana abierta, se convierte en una habitación tapizada con la seda negra de mil mariposas de la noche, para acabar durmiendo bajo las estrellas, y sentir el peso del universo.
Es la tierra de mis antepasados. Solo la visité dos veces, entre los siete y los nueve años, pero aún hoy me soplan sus vientos. Ráfagas de memorias perdidas. Mientras, con piedras y ramitas construyo una protección para la fila de hormigas negras obreras, pero no me acerco demasiado. Las hormigas rojas son peligrosas.

Diario de un veraneante.

Sosegados el alma y los pasos, los pensamientos se dejan llevar calle arriba o calle abajo, sin sobresaltos, sin urgir. El sol que calienta las carnes, enfría también las inquinas. Cosas del verano, mediterraneamente acontecido.
Ya tiene este mar quien le escriba sabidamente, siempre lo ha tenido y siempre lo tendrá. Yo solo lo disfruto y me dejo envejecer por su sol y su sal. Yo me acomodo a sus mareas, a sus olas, a sus arenas, sus rocas. Siempre de este lado, del otro, el mar es la mar, y es de los marinos.
Yo, solo bañista, paseante, contemplador. Así he transitado sus orillas, siempre mas seco que mojado, desde Cádiz hasta Grecia, que sin ser mucho, lo tengo por bien transcurrido.
Vecino de su puerto, en las noches de verano, desde mi casa con las ventanas abiertas y las cortinas al viento, el olor del mar llena el aire hasta el tacto.

Ya no puedo imaginarme viviendo lejos de su orilla. Ni de un lado ni del otro. Ni mar adentro, ni campo afuera. Orillero.

Curriculum vitae.

Precipitadamente, la vida.
Te raja, te besa, te muerde, te acaricia, te clava puñales y hace brotar flores en las heridas.

Urgió mirarla a los ojos desde la primera y efímera inmortalidad juvenil y la fiereza de su destello me traspasó por siempre de incertidumbres y en un abrir y cerrar de ojos me preñó con seis décadas y la yapa. Ahora andan las cuentas del collar desparramadas por el suelo, rodando debajo de los muebles de la memoria, y la perplejidad se acumula entre los papeles del escritorio.

Tengo en mi botín de vida, un scalextric desvencijado con vías de trocha diferente. Crean bellos periplos, pero aislados entre si. Jeroglíficos cerrados en su propio dibujo y en su propio significado. Vías suicidas que se abocan indefectiblemente al abismo del olvido.
Finalmente, tengo en mi pasaporte una cantidad ingente de visas para viajes a ninguna parte.
Tengo en mi armario restos de atrezzos y vestuarios de diversas y variadas producciones. Comedias, dramas, algunos sainetes, y hasta una tragedia, que nunca llegaron a estrenarse, ni se estrenarán, tampoco ningún vestuario está completo y hoy me visto con zapatos de clown, pantalones de clase media realista, camisa cortesana con reverencias y ademanes propios y por ende, impropios, sombrero de copa de alta comedia, y ninguna flor en el ojal.

Tengo en el trastero, un cementerio propio y querido que no deja de crecer. Lo visito de tarde en tarde, limpio sus paseos, recojo las flores marchitas, pero nunca me quedo el tiempo suficiente, todavía busco a mis muertos por la calle, en pleno día.

Una tarde fresquita de mayo.

Sus ojos miran la vida al trasluz, pensé justo antes de cerrar los míos y dejar que la tibieza de un sol indeciso, caliente este nido de pájaros que tengo por cabeza, a a ver si en una de esas nace una idea de pajarito y vuela. Pero no, ademas de a este sol frío y sin sal, solo noto la mirada discreta y cosquillosa de mi vecina de mesa, atravesarme impúdica. El mundo visto a través de este pellejo no creo que resulte una visión muy airosa, me dije mientras volvía mi atención a una mota de pensamiento que me bajaba por la sien izquierda. Casi hubiera preferido que fuese una gota de sudor, pero no, hoy solo me caen motas de pensamientos inconclusos, fallidos. Pensamientos que no cierran, que se deshacen.
Pero mientras siga con los ojos cerrados, el barrio es una orquesta, y hoy está especialmente afinada, así que de momento decido mantener vigente esta ausencia de vistas y me pongo las gafas de sol, para disimular mis ojos cerrados a cal y canto y dejo que el barrio retumbe dentro de esta cabeza hueca y todo es revuelo de sonido y sombras,
Tarde quieta de mayo, mansedumbre de un clima primerizo. Me viene a la memoria como un chapuzón en un mar imposible de años, una canción infantil: Una tarde fresquita de mayo, y entre el sonido bronco de los motores que corren a mi espalda, por la avenida, y el bullicio de las mesas de la terraza, y la gente que pasa, y el que grita, el que corre, y los que se abrazan, creo distinguir la melodía, tocada en una Citarina, con su partitura debajo de las cuerdas y una púa de nácar blanca, y una infancia en blanco y negro.