Silencio. / Postales desde Ocata.

La no ciudad.
Afuera, mas allá del contorno protector de las antiguas murallas, de las marcas fundacionales.
Afuera también de los nuevos límites que han demarcado el crecimiento de los suburbios, la anexión de pueblos circundantes, y esta suerte de voracidad implacable por extenderse.
Afuera por fin, comienza este espacio, este territorio sin mas nombre que el no ser.
No importa si es campo abierto o pueblo cerrado, puede ser montaña o mar, puede ser al pie de una carretera, o de las vías del tren, o de las dos juntas, es igual.
No es la geografía, no es el paisaje ni la arquitectura, ni siquiera es la historia. Lo que de verdad cambia, es el silencio.
Pero tampoco se trata de que haya mas silencio o menos ruido, sino de la calidad, del alma de ese silencio. Sencillamente la partitura donde se inscriben ruidos y sonidos, no es la misma.

Esto ocurre por el enjambre. Ese motor humano que nunca para, esa respiración que nos articula y nos conecta, es nuestro zumbido. Escuchar el sonido de ese motor, es lo que en la ciudad se llama escuchar el silencio. Afuera, en la no ciudad, escuchar el silencio es oír como suena la naturaleza, y a veces, por unos instantes, hasta ella se detiene, para que un no sonido, hondo y sideral, nos congele el alma.

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