Días de cuarentena. XXVIII

Día cuarenta y tres. Cortos y sin filtro.

La playa es una fiesta!
Hoy es el primer día en que los niños pueden salir durante una hora, acompañados de sus padres.
Y allí están, dando vida a todo pulmón, corren, saltan, hacen cabriolas, patean balones. Uno está volando una cometa y me estremece de alegría algo así como el alma.
Saltan ellos, saltan los perros, saltan padres y madres y saltan las olas y los salpican a todos.

Mirando desde la ventana, además de un poco de envidia, me da una imagen para reflexionar.
Lo que se ve hoy, es un mundo sin viejos. Nosotros y nosotras disfrutando por lo que ellos disfrutan, pero a este lado de la vida y las ventanas. Nunca lo había viso tan claro.

Pero ahora prefiero gozar del espectáculo.
La cometa hace un looping temerario y antes de remontar vuelo, roza la cabeza de un perro distraído que sale corriendo del susto, o a buscar ese palo que rozó su cabeza, y lo busca, lo busca y ladra y lo busca. Así de perro, así de humano.

Las distancias de protección le dan un plus de belleza a toda la imagen de la playa, las siluetas no se confunden, no se enciman, no se apelmazan entre ellas, siempre hay resquicios para la luz y la perspectiva. Más fotográfica que real, pienso mientras maldigo que mi nueva cámara de fotos no haya llegado aun.

Una familia juega un picado con los pies descalzos, la madre, el peque, y el perro, contra el padre y las gemelas. El perro es Messi.
Otros más recatados caminan por el paseo marítimo que bordea la playa, con sus coches de bebé esquivando a los niños en patinetes y a los perros que persiguen a los patinetes.
Están los padres y las madres, radiantes, alegres, hoy juegan como niños con sus niños
Ojalá pudieseis seguir disfrutando con vuestros hijos así cada día! pienso en modo parroquial, y a falta de agua bendita, me bebo mi zumo de pomelo.
Entra bien algo amargo, para compensar tanta azúcar.
La vida es eterna en cinco minutos le cantaba Víctor Jara a Amanda.
En cinco minutos no sé, pero hoy es eterna en una hora de libertad.

Buen domingo y mejor paseo a todas, todos.

Días de cuarentena. XXVII

Día cuarenta y dos

Llevar el confinamiento en solitario tiene su cara, su cruz, y su canto.
Aunque reconozco que la cara gana de lejos. Y de cerca también, y a veces hasta sonríe.
Será que soy de fácil acostumbrar.

Lo que añoro no es que lo tuviera antes de que cerráramos las puertas y los puertos, pero ahora lo añoro.
Es una travesía en solitario, con momentos de plenitud y otros en que gana la apatía. En soledad todo es más lento, no más triste.
Tengo libros, música, películas, pantallas varias, internet. Tengo ventanas y tengo el mar, qué más se puede pedir?
Tizas para escribir cien veces en la pared: No hacer preguntas retóricas idiotas.

El buen tiempo se instala a sus anchas. Sol calentón.
Aprovecho a subir al terrado la leña que guardo en casa, ya no bajará hasta el próximo invierno. Otros fuegos arderán entonces.
El edredón me mira y se arruga: “A mí también me vas a guardar?” No, las noches aún son frescas, y no descarto que vuelva a bajar la temperatura. Las estufas pequeñas también os quedáis “En abril lluvias mil, y en mayo no te quites el sayo” cantan a coro las estufillas.
A las plantas todavía las dejo frente a la ventana unos días más, luego se trasladarán donde les de la luz, pero el sol no las toque.
Sí, el cambio de estación, con un mes de retraso, ya es incuestionable, salvo por mi vecino que al cruzarnos en la escalera mientras acarreo los troncos, me inquiere: “Estás seguro?”

Siesta oscura para que sea más larga, pero ni así, apenas treinta minutos y no te quejes. Me levanto al resto del día.

Un ristretto a ventana abierta y la brisa que entra, Maria Callas que canta “Un bel dí, vedremo” y el mediterráneo todo, se emociona. Anche io.

Buenas arias, a todos y a todas.

Días de cuarentena. XXVI

Cuarenta días. Sale el sol.

Lo de cuarentena debe ser un nombre artístico, porque si no mañana todos a la calle.
Eso, o estamos tan devaluados, que al cambio actual, un día de los tiempos de la peste equivale a siete de los de ahora, y en ese caso estaríamos hablando de cuarenta semanas, una preñez completa.
Ojalá que sea un nombre artístico.

Parece que en este Sant Jordi, Jorge o George -que para gustos los colores- todos somos la princesa encerrada en la torre esperando que algún príncipe venza al dragón de las narices.
Pero no, al buen decir de las muchachas de hoy y de los republicanos de ayer, a la porra con príncipes, reyes, coronas y demás virus reales, hoy, o salimos de esta por nosotros y nosotras con la ayuda de médicas, médicos, enfermeros y enfermeras, tan plebeyas ellas y ellos, como tu y como yo, o no saldremos. Pero cuando lo hagamos, hagamos que sea repúblca.
Que esta sea la última cuarentena en monarquía.

Maldito dragón tan verde y tan escupidor, que más parece un sapo, pero no el que trovaba a la luna, de un tal Alejandro Flores, y que se cantaba a bombo y guitarra allá lejos, sino a sapo de ciénaga putrefacta, infecta.

En esta fecha y por estos lares, es el día del libro y la rosa, que sin ser festivo las calles eran una fiesta, se llenaban de gente, de puestos de libros, de puestos de rosas. Maldito dragón.

Pero ha salido el sol, y eso después de una semana de grises y mojados es un regalo.

Feliç Sant Jordi, a tots i totes!

Cita: Sapo cancionero, zamba. Música de Jorge Hugo Chagra y letra de Alejandro Flores

Días de cuarentena XXV

Día treinta y ocho.

Sigue lloviendo.

Día de interior, tranquilo y suave. Hoy no salgo porque llueve.

Lo primero, conecto el altavoz de la cocina y elijo la música. Georges Lewis y su banda de jazz de New Orleans es una elección muy recomendable, tiene alegría y tristeza, especies indispensables para cocinar bien, y no empalaga. Trapo grande de cocina a modo de delantal enganchado en la cintura y trapo pequeño en el bolsillo trasero del pantalón para diversos usos. Casquete de cocinero japonés, indispensable si se va a freír. Vaso de vino blanco para el chef, porque con el tinto corres el riesgo de pasarte en los sabores, y una picada ligera para que el vino tenga compañía, el vino solitario se pone tristón.

Y ahora os propongo un juego, hagamos juntos la tortilla de patatas más rica del mundo. Lo digo en serio.

La receta me la dio en Madrid, en el año setenta y nueve, la madre de un amigo entrañable. Ella había sido primer premio en varias ediciones del Campeonato de Tortillas de Patatas. O así.
De domingo en domingo yo moría por sus tortillas, y todos los días moría por Teresa, pero esa es otra historia. Simplemente estaba en la bella edad de morir por todo siempre.
El críptico motivo por el que la cocinera campeona accedió a revelarme su secreto fue porque yo era argentino y me venía a vivir a Catalunya. Así, todo en pasado, pena penita pena.

Juegos de cocina.
La primera parte del juego consiste en pelar y cortar las patatas. Las vamos a cortar en monedas casi translucidas. Si levantas una y miras a contraluz, deberíamos vernos. Eso me lo dijo ella, y yo te digo, me encantaría verte a ti ahora a través de una patata. Y ríete del Skype.

El juego de los huevos.
Uno por confinado y separamos la clara de la yema. Para batir las claras a punto de nieve recomiendo escuchar el tema “Linger Auwhile” y seguir el ritmo, se baten solas. Luego la yema con su sal y batir hasta que pierda el exceso de amarillo y se vuelva como la arena de la playa que añoramos, que es siempre mas blanca en el recuerdo.
Se derrama la yema, salada ella, sobra la nieve clara y se bate un tema entero, el que más os guste, o el que esté sonando.

Se cuela una cebolla.
La cebolla es clandestina, nadie tiene que verla, nadie tiene que encontrarla, pero tiene que estar. Picada fina, se fríe con las monedas de patata en un mar de aceite de oliva hirviendo. Toca abrir la ventana de la cocina o el extractor, quien lo tenga, ahora os acordaréis del casquete japones. Por cierto, el mío me lo regaló el cocinero de un restaurante japonés de Barcelona donde actuábamos en el trapecio entre sushi y sushi, con la trapecista que dejó de serlo y voló.

Se fríe.
Doradas para comérselas. Quien dijo tortilla? yo me las como así! Ese es el punto de las patatas. Las cebollas, diminutas y doradas. Alguna quemadita a mí me gusta.

Se seca.
Papel de cocina blanco sin tinturas ni florecitas idiotas y envolvemos las patatas y las cebollitas polizontes, como una star se envuelve en su albornoz blanco al salir de la piscina y se seca como una patata.

Baño de huevo.
Sequitas de aceite las sumergimos en el huevo, después de despertarlo con un solo de clarinete batido.
Ahora viene lo mejor, escuchamos la música, vemos como va el blanquito y la picada, con la calma podemos fregar lo que hayamos usado y quitar el aceite sobrante de la sartén, retomar un libro, una peli o darnos un baño de inmersión, porque ahora es el tiempo el que trabaja.
Tres horas aconsejo para que se embeba, se emborrache de huevo, y se convierta en un manjar.

Último acto, la tortilla.
Con la sartén rebañada de aceite y no muy caliente, vertemos el amasijo, y con arte y un plato le damos la vuelta para hacerla por los dos lados.

Hemos cocinado, leído y nos hemos bañado, ya estamos a punto para sentarnos a la mesa para comer la tortilla de patatas más rica del mundo.

Buen apetito a todas, todos.

Días de cuarentena. XXIV

Día treinta y siete.

Llueve.
No se si durará cuarenta años, pero de momento llevamos tres días sin sol y treinta y siete sin un cielo sobre las cabezas.

Chéjov, en La gaviota, cita a Turgeniev “Feliz aquel que en una noche de tormenta se encuentre bajo un techo familiar..”
Yo replico, “Feliz aquel que en una noche de tormenta esté bailando a la intemperie” sin ánimos de contradecir a los maestros.

Temo que cuando deje de lamentar lo que el encierro me quita, comience a agradecer lo que me ofrece, y eso sí que no.
Por bien o por mal, acostumbrarse está en nuestro ADN, al igual que añorar lo que se pierde, mas allá de toda lógica, de todo raciocinio.
En “El relato de un naufrago” Gabriel García Marquez, nos cuenta la odisea real vivida por Luis Alejandro Velasco Sánchez, quien estuvo durante diez días a la deriva en una balsa, en medio del mar sin agua ni comida.
Conforme van pasando los días, el marinero comienza a temer que si llegase a tierra, podría ser que lo hiciese en una isla habitada por caníbales que quisieran comérselo, y por tanto llegó a la conclusión de que el lugar mas seguro para él era su balsa en medio de la nada.
Sí, estaba enloqueciendo, pero seguramente fue ese desquiciado razonamiento, el que le permitió sobrevivir.

Sí, pero.
Volveremos a estrecharnos las manos como saludo? A contarnos secretos al oído?
El metro y medio y mi sordera no congenian, aprenderé a leer los labios o me rendiré a los audífonos y sus interferencias?
Como vamos a reaccionar a la proximidad? Dejarán las bocas y las manos de ser hermosas, y solo lo serán los ojos que por muy bellos que sean no se los tocamos a nadie? Desde ahora nos besaremos por whatsApp?
Quedarán los primeros planos olvidados, y la vida será un plano general continuo?
Y el amor, será solo un juego entre voyeurs?

Alejandro Velasco Sánchez llegó finalmente a tierra y sobrevivió.
A nosotros, cuando lleguemos, se nos comerán los caníbales?

Eso sí, lo de dejar los zapatos en el rellano me resulta tierno, oriental e higiénico, me lo quedo.

Buenas distancias a todos y a todas.

Días de cuarentena. XXIII

Día treinta y cinco

Si yo golpeo a tu puerta no ta vas a confundir, no es para entrar que golpeo, golpeo para salir…” Grande, Facundo Cabral.

El sábado, a primera hora, es el día de la semana en que bajo a hacer la compra, y también a comprobar en el semblante de los pocos vecinos y vecinas con los que me cruzo, los estragos que el confinamiento nos causa a todos.

Demacrados, con ojeras y mirada asustada, nos saludamos por señas y hacemos inventario inverso. En vez de contar ausencias, comprobamos que este, aquella, esa y el otro, siguen en ruta.
Eso siempre alegra.
El mismo procedimiento es el que deberíamos aplicar con los protocolos de distanciamiento, protección e higiene, cumplirlos escrupulosamente para evitar contagiar y no por el miedo a ser contagiados.
Si nosotros nos comportamos como los posibles infectados, podemos proteger a los otros, pero si creemos que los infectados son ellos, entonces solo nos queda el temor y la desconfianza hacia los demás.
Será que soy simplista.

Cada vez me queda más claro que esto va para largo, y que en mi caso, con sesenta y ocho años y los pulmones arrugados, aun mas.
Quizás debería empezar a pensar en cambiar el formato de escritura, y de la crónica, diario o postal, hacer el salto a la novela profusa, porque tiempo voy a tener.

De mi propio inventario, concluyo que me sobran películas, que voy bien servido de libros y música, que me toca ampliar mis conocimientos culinarios, pero voy por buen camino me dice el paladar.
Que seguramente ya no volveré a colgarme de un trapecio ni a subirme a una moto, pero sí a un patinete o a una bicicleta, y que hacer equilibrios lo dejo para cuando llegue la crisis. Que en el ajedrez me defiendo, que me gustaría tener un perro, no para sacarlo a pasear sino para que me ladre. Que me sobran horas por la mañana y que por la noche un whisky me las resta, que me sigo vistiendo con ropa de calle porque me encanta cambiarme y ponerme cómodo cuando anochece.
Que os echo a faltar, que mientras siga teniendo teclas seguiré mandando mensajes en la botella.
Y que extraño como un oso un abrazo con mi hija.

Buen sábado a todos, todas.

Días de cuarentena. XXII

Día treinta y cuatro.

Ver para no creer.

En un larguísimo plano secuencia, un tipo bastante malcarado que en ningún caso puede ser el protagonista, recorre un pasillo interminable que desemboca en una lúgubre escalera que baja a lo que parece ser un sótano o algo subterráneo.
La única luz que ilumina la escena es la de su linterna, que no sé cómo se las apaña para conseguir que el fulano pueda ver por dónde va y que además yo pueda verlo a él yendo a donde sea que vaya, o mas concretamente a donde sea que baje, porque ya está descendiendo por los peldaños.
Es el final de alguna de las películas de esa larga lista que dejé en pausa, pero no tengo ni idea de cuál.

Se oye un choque metálico. el linternas está inmóvil en mitad de la escalera, aunque creo que ya lo estaba desde antes del ruido, por algo que parecía moverse abajo, en la zona oscura, fuera del revelador haz de luz.
El ruido metálico vuelve a repetirse, pauso la reproducción… Es aquí que suena!?
Otra vez la estridencia, ahora de forma continua y repetitiva. Abro la ventana, miro el reloj, las ocho y cuarto de la tarde:   Cacerolada republicana contra los y las coronas!

Voy a la cocina a pertrecharme con espíritu de brigadista, y ya en la trinchera, abierta de par en par, las hostias de mortero que le doy al cazo con mi martillo tipo zapatero remendón, punta plana y punta redonda, hacen vibrar hasta los cables eléctricos donde todos los pájaros y pajarracos del pueblo se han dado cita para el espectáculo de los humanos cabreados. The angry humans, pienso.
Sin embargo a pesar de todos los esfuerzos y refuerzos vecinales, y no sé si será porque en frente no hay edificios y por tanto no hay caja de resonancia, pero sonamos mas triste que aplauso de matiné de domingo. Pero, sonamos pese a todo! Como los eternos les Luthiers que supimos conseguir.

Cierro la ventana y regreso a la república interior, la pausa del televisor se ha saltado y el equipo se ha apagado. No te vas a librar! le suelto con un disparo certero de mando a distancia, y a continuación, marcando un inacabable código de clics largos, clics cortos y muchos clics más, vuelvo a retomar la película, donde el tipo ya ha acabado de bajar la escalera y ha salido a la cubierta de un barco en blanco y negro, pero el tipo resulta ser John Wayne jovencísimo y el barco no es otro que el carguero SS Glencairn, y la película es The Long voyage home, basada en la obra de Eugene O’Neill y titulada en español como “Hombres intrépidos” por algún iluminado.

Es evidente que en la marcación de clics cometí un error de bulto y no regresé al mismo film, ni al mismo amor ni a la misma lluvia. Pero me da igual, porque este es mucho más interesante, sobre todo por que ahora están en medio de una tormenta en alta mar, que ríete del dicho de Mahoma y la montaña, aquí la montaña no solo viene, sino que te zampa con barco y todo, y no es una, es la cordillera entera!
Cuando al final amainan las olas, faltan unos cuantos marineros que han sido devorados por el mar, y los dos que quedan se ponen a bailar la danza de Zorba, en la playa. Eso será, supongo, porque en mitad de los vaivenes de la tempestad habré vuelto a cliquear el final, y ahora me emborracho de juventud con Anthony Quinn y Alan Bates.
Me uno a ellos, y juntos nos bailamos el confinamiento y la cuarentena hasta el último trago.
Y nos contagiamos de la risa y nos morimos de libertad.

Buenos finales para todas y para todos.

Días de cuarentena. XXI

Día treinta y dos.

Si cierro los ojos lo veo claro.

Al calzarme procuro hacer el lazo de los zapatos con los cordones de la realidad y la ficción. Para evitar tropezar de bruces con el mundo.
Luego es caminar. Como todos.

No sucedió o pudo suceder.
El camión rojo sí sucedió, como su velocidad y como el semáforo que sigue sucediendo.
Él no estaba ahí en ese momento, pero sí había estado ayer a la misma hora, aunque no llevara las bolsas de la compra que lleva una señora que pasa en este momento bajo mi ventana y que no tiene personaje. Sus bolsas sí.
La música que sale a todo volumen del la cabina del camión, es la de la fiesta de la noche de San Juan de hace dos veranos, la que no me dejó pegar ojo hasta las tantas de la madrugada, y que no pude dejar de tararear estúpidamente durante seis meses. Pegadiza y forzadamente alegre.

El ángulo desde el que observo la escena con la ventana abierta, es el que se ve desde la silla lateral de mi mesa de trabajo, silla que rara vez utilizo, yo escribo desde la silla central reclinada hacia atrás y de lado, las piernas sobre la mesa y el ordenador portátil encima.
Desde esa posición solo veo el mar y me calma.

Que Josep el pastelero, se asomase a la puerta de la pastelería no puedo asegurarlo, desde mi puesto de observación, la marquesina de la entrada me impide verlo. Pero si se hubiese asomado, es seguro que lo estaría llamando, lo estaría saludando. Es la vecindad.
Él, que como el día anterior, cuando sí estuvo, se espera a que el semáforo le de luz verde para cruzar la carretera, se gira para ver quién le llama, incomodo con las bolsas de la compra por delante amontonadas contra el pecho en un abrazo que le dificulta tanto la visión como el movimiento.

El perro está, aunque Hamal, el chaval que lo pasea, es otro y el perro también, pero harán su papel.
El camión avanza demasiado rápido, me digo, pero eso solo puedo verlo yo desde mi ventana en un tercer piso, en la escena ni siquiera saben que un camión rojo avanza.

El semáforo, tal como lo hace ahora, cambia y da paso al peatón, y él, que entre sus bolsas, el cruce de saludos y esa pierna derecha que arranca por su cuenta e inicia la bajada de la acera a la calzada…
Seguramente fueron los sentidos del perro los que dieron la alerta, pero es Hamal quien le tira con fuerza de la cazadora hacia atrás, mientras las bolsas son atropelladas de rojo por un camión que se salta el rojo de la luz, mientras Josep se lleva las manos a la cabeza y el perro ladra y yo grito.
Y una lata de atún rueda absurda por la carretera.

O solo es un camión que pasa.

Buena calma y mirar la carretera antes de cruzar, a todos y todas.

Días de cuarentena. XX

Día treinta.

Un mes sin más piel que la de este lagarto con tos.

Desayuno, y eso será que amanece y estoy despierto.
Día de agua y grises, de bruma y amnesia, día que al alba nació viejo, día encubridor.
Una lluvia persistente cae sin viento ni aliento, lluvia vertical que ni roza los cristales por no apartarse de su camino. Agua poco curiosa, pienso.
De cielo a suelo, surca el pueblo por las rieras hasta la playa y desemboca en el mar para volver a empezar. Lluvia obediente y aburrida, vuelvo a pensar para provocarla mientras unto de moras de la zarza del bosque, mi tostada.
Gris y blanco el paisaje, hay más color en la mermelada, y más sabor, eso seguro, mastico.

Despintado y sin velitas quedó el aniversario pero igual lo apunto en mi libreta, no es cosa que me olvide y dentro de un mes lo vuelva a repetir de pura desmemoria.

Levantar este cuerpo sobre sus dos patas y caminar, todavía puedo, otra cosa es que sepa darle destino a esos pasos, o sean solo pasos perdidos.
Comer y hacer la siesta si me dejo, esos son mis planes para hoy, luego ya veremos, pero lo que sea que sea, será en el salón.
Conocer el escenario de tu aburrimiento te da ventaja si la sabes aprovechar, y por eso ahora, disimuladamente, voy dejando un par de libros abiertos por aquí y allá, una camisa y su botón caído junto al costurero, y esa lámpara que no funciona junto a un destornillador, un alicate y una tirita que a modo de cinta aislante le cure el cortocircuito.

Y si nada de esto funciona siempre me queda el recurso de raparme la cabeza a lo Yul Brynner, y como Marlon Brando tener mi Apocalipsis ahora, con música de The Doors.

Buen cumple mes, a todas a todos.

Días de cuarentena. XIX

Día veintinueve.

Un día y veintiocho fotocopias.

Ayer por ejemplo fue sábado durante tres días, y este domingo tiene trazas de durar una semana.
Desmedido el tiempo dura lo que quiere, y no hay reloj que lo contenga.
Las horas se acumulan descoloridas entre el el polvo, se esparcen por los rincones y no hay aspiradora que se las trague. Los minutos se clavan en las encías como las espinas de pescado y los segundos regurgitan como el ajo.

Yo no resisto, yo aguanto porque no hay otra, y me aguanto porque no hay otros y le hablo a las plantas, a los muebles, pero me abstengo de hacerlo con el espejo, no gracias, me digo, ya enloquecí cuando era joven y aun me dura. Quizás mas tarde.
Las pelis se duermen antes que yo y no acabo ninguna, a estas alturas me faltan como cincuenta finales, aunque posiblemente sea el mismo final para todas, pienso, o no pienso.

Los relojes no mesuran el tiempo en absoluto, lo leo en las nubes, solo marcan el inicio y fin de nuestras actividades y poca cosa mas. Apenas una extensión de agenda anudada a la muñeca, con ínfulas de dictador.

Suena el timbre y se me enciende la realidad toda, domingo soleado y primaveral, hora del vermut. Es mi vecino que me ha dejado en el rellano unos boquerones en vinagre, caseros, que curan mas que la penicilina.

Y la vida transcurre, aunque el tiempo no.

Buen domingo eterno, a todos y todas.