Invierno.

Invierno a secas, aunque las olas te mojen, y el viento te levante las chapas. Invierno porque toca, y si te toca te hiela. Invierno en los huesos y en este cielo, que tanto nos une como nos separa. Invierno en la edad, en el horizonte.
Simplemente invierno, a este lado del mar y a esta orilla del fuego.
Buen abrigo, a todas, a todos.

 

Línea de horizonte.

Mar, cielo, nada mas. Línea nítida, precisa. Irreal.
Perfilada en ningún lugar, no habita geografía alguna, sin embargo es visible en todas. Para avistarla en su mayor extensión, se requiere de grandes planicies. En mares o llanuras, en las grandes mesetas o en los grandes lagos. En los confines helados del ártico y en las arenas de los desiertos.
También puede observarse desde las alturas, en las cimas de las montañas, y eventualmente, desde las azoteas de los rascacielos mas altos, en el corazón de las ciudades.
En algunos enclaves privilegiados, la línea se cierra hasta formar un círculo de horizonte, entonces se puede tocar el cielo con las manos.

Línea que ni une ni separa. Línea que solo constata el punto en que despega la mirada, en su viaje sin retorno, al universo.
Línea que nunca te atraviesa, que te da equilibrio. Línea de la que se sirven capitanes y pilotos para medir la inclinación de las naves del mar y de las naves del aire.
Línea que es como la punta de un iceberg. Cuando la vemos, no vemos el inmenso espacio vacío necesario para verla.
Línea que mantiene las distancias. Son los mismos pasos que doy hacia ella, los que ella se aleja de mi.
Línea donde el sol sale y se pone, indistintamente.
Línea donde la distancia se baila un tango con el tiempo.

Sin memoria me moría / Postalesdesde Ocata

-«Y tú, miserable, como quieres morir?»-
La pregunta se la hace el personaje siniestro de la película, al protagonista maniatado, golpeado, magullado, pero predestinado, por arte de guión, a sobrevivir a todos los imposibles, y por ende a sobrepasar con creces el sentido de la sobriedad y el ridículo, y eso sin despeinarse, claro.
Habitado! Si tengo que morir, que sea habitado! Vociferé yo desde el sofá sin venir a cuento ni cuenta, al mismo tiempo que disparaba un certero disparo del mando a distancia, que apagó de un soplo la vida encendida de la televisión. Y muy vivido! agregué bronco y sobreactuado a una tele apagada, callada, y perpleja. Por pedir que no quede.

Habitado como una casa, como la habitación de una casa, como ese rincón de la habitación de una casa, como el cajón del armario que está en ese rincón de la casa. Que alguien recuerde que alguna vez, allí le pasó algo, que allí descubrió algo, y también que allí, alguien perdió algo, alguna vez.
Habitado por los actos efímeros que nos dieron el temple, por los instantes que fueron, y los futuros que nunca fueron ni serán.
Que la desmemoria no me pinte las paredes del alma.

Ay! memoria, si te perdía! Me moría sin memoria.
Aún, de vez en vez, me siento a la orilla del mar de los olvidos, a ver si sus mezquinas mareas me devuelven tu presencia, el olor de tus manos, el color de tus caricias, el calor de tu mirada. Hoy todo lo que guardo de ti, son tres fotografías en blanco en negro, ajadas por el tiempo y por tus excesos, y una crónica triste escrita con mil palabras, que nunca llegaran a reemplazar tu imagen. Creo que cuando partiste, fui yo quien cerró por siempre los ojos del alma, porque ya nunca volví a verte.

Sueños y despertares II / Postales desde Ocata

Me despierto al alba, y saliendo de los sueños por la puerta trasera mientras amanece, hablo contigo, calladamente. El café caliente humea en contraluz tenue, sobre un mar que emerge desde la oscuridad.
El mundo se nos ha hecho pequeño, o inútil, creo que te digo mientras sigo con la vista, la dirección de tu imaginada mirada, y agrego, y si de este lado la llamamos orilla, por su proximidad, desde el otro, difusamente la llamarán horizonte, Sin embargo ahora es tan precisa, tan real, y tan presente como tu ausencia. O soy yo el ausente que habita este lado de la distancia? Presente, siempre presente está la ausencia. Tan corpórea a veces, tan obesa, que moja con su sudor oxidado las posaderas de las sillas para que envejezcan siempre vacías, empaña los cristales de las ventanas con el vaho cargado de su respiración, hasta volverlas ciegas. Ausencia, no la tuya, no la mía, sino ese vértigo que te abstrae, que te ajena del mundo y te enajena.
Presente. La taza de café calienta mis manos, el silencio de tu voz resuena a través del pasillo y el sol lo ilumina. Con las primeras luces atraso el reloj del alma. Muevo esos secretos hilos tejidos con la urdimbre de los sueños que se desvanecen al abrir los ojos, ya sin memoria y tu imagen esperándome en el salón.
Sé que te gusta mi casa, que te has apropiado de esa butaca que mira al mar desde dos ángulos, en la proa de este barco quieto, que me da techo, que me da fuego, que me da mar en las sábanas y horizonte en la mirada.
Presente. Levanto las persianas del resto de ventanas de la casa y enciendo el mundo, como quien enciende la radio. Un sol que baila en un cielo pintado y siluetas irreales que se desplazan mágicas, sobre el mar, de pié -con un remo largo y delgado- sobre sus diminutas tablas flotantes, «Sueños de Giacometti», es el programa que se emite en las ventanas de babor; a estribor, «Memorias del subsuelo» de F. Dostoyevski, representado en las golfas de la Casa de la la Vila, donde oscuros y subterráneos escribientes, castigados a permanecer de espaldas a la luz y al influjo del mar, se afanan a escribir galimatías y a imprimir cientos y cientos de documentos inservibles, que se amontonan en las mesas, en las sillas y en el suelo de los diminutos despachos. En la proa, La Ciudad de los Prodigios en todo su contorno y esplendor, corona al fondo, la línea de una costa entrelazada de playas, puertos y escolleras.
Presente, abro los ojos y la boca, mirando al plato de la ducha abierta y me lloro a mares, de todo, y de nada, gracias.
Y de esta agua dulce, me voy en un salto hasta la orilla de esa otra agua salada y turquesa, que lo sabe todo. Este mar que contiene todas las preguntas, todas las respuestas.
Y me quedo callado.

Hermanos / Postales desde Ocata

Pienso en nosotros. Con ese plural, que de entre todos los plurales sea quizá el mas genuino, porque la fraterna, es la primera pluralidad entre iguales. Iguales,  pero tan diferentes.
Pienso en nosotros, y en el camino que hemos recorrido desde aquel tiempo, hoy tan lejano que ya ni parece un tiempo vivido, apenas solo un montón de fotografías desmemoriadas, de instantes cruciales descoloridos, de destellos fugaces, de nombres entrecortados, hasta este presente, demasiado vertiginoso para estar envejeciendo, como se puede y no se sabe.

Amamantados por la desolación y el despropósito, recalamos en la casa de las maravillas y las soledades, allí vivimos hasta que cada cual pudo tejer su balsa de realidad, lo suficientemente resistente como para mantenerse a flote en la travesía, cada uno conjugando su Penélope con su Ulises, como pudo y supo… E la nave, va.
Y tanto que fue! Atravesando el Atlántico, llegamos a la vieja Europa -cada cual siguiendo su propia ruta- agitada por aquel entonces por las nuevas democracias y las repúblicas éticas en construcción. Mediaban los años setenta, y la juventud era el mascarón de proa de todas las naves. Aquí vivimos, aquí envejecimos, lo de crecer -por mi parte- te la debo.
Hoy, la nueva Europa viste mortajas desvaídas, tejidas con los restos de reinos pútridos y de repúblicas sombrías y decadentes. Entremedio, nosotros trabajamos, y sembramos, y plantamos, y construimos, y lo que haga falta! Años de duro trabajo, años posiblemente felices.
Pero las tormentas que importamos con nosotros, de tan atrás y tan adentro como el adn emocional, desataron sus vendavales, o sus desiertos, da igual, pero arrasaron. Y mientras uno naufragaba en medio de tormentas tropicales, el otro lo hacía en el gran diluvio.
Y vuelta a surfear, aunque esta vez, mas por debajo que por arriba de las olas y sus crestas. Pero sobrevivientes crónicos, seguimos tejiendo balsas… E la nave, ancora va, aunque vaya ancorada.
Con los años, además, estamos aprendiendo a gruñir.
De aquellas noches de verano e infancia, noches inmensas de familia en la casa de las maravillas, nos queda la memoria, que con los años, crea mas que recuerda.

1964 / 2015. Con su permiso, don Jorge Luis… / Postales desde Ocata

Ya no seré feliz, y no se si no importa, Don Jorge Luis, aunque haya otras cosas en el mundo. Dicho esto, lo suyo sería apurar de un trago mi copa de whisky -seco, solo- pero la cuestión es que ya no bebo, tampoco puedo aspirar el humo de un rubio americano hasta inundarme los pulmones de placer y petróleo, porque tampoco fumo. Así que no me queda otra que seguir adelante, como pueda, con semejante órdago.
No se si lo fui, sé que no lo soy e intuyo que ya no lo seré, y de momento sí que me importa, solo trato, Don Jorge Luis, de encontrar el temple necesario para afrontar este crudo traspaso de testigo y seguir la carrera sosteniendo el ritmo, mire usted.
Sí, finalmente aprendí que un instante cualquiera es mas profundo y diverso que el mar, pero lo que no me queda claro, vaya usted a saber porqué, es que la vida sea corta.
Quizá es una suerte que todo deba ser borrado, tocado al fin, por las flechas del ángel del olvido, aunque todo sea nada, porque yo ya no seré feliz, y sí que me importa.
Es un decir, lo único cierto, y coincido con usted, es esta tristeza, mirando al mismo sur, desde esta otra ventana, desde este otro mar.
De la oscura maravilla que nos acecha, a día de hoy, solo aprendí el temor de la incertidumbre, y el dolor que deja el vacío de sus mordiscos.
Don Jorge Luís, le pido disculpas por jugar irreverente con sus palabras, pero es que hoy no encuentro las mías, y estas suyas las tengo clavadas en la vida, desde cuando solo le entendía a usted, las comas y los puntos.
Atenta y admiradamente, Jorge Aníbal, sin ningún don.

(Irreverencias sobre 1964 / II, de Jorge Luis Borges)

Sueños y despertares. / Postales desde Ocata.

Estoy desayunando mar con tostadas untadas de cielo y tormenta.
Estoy caminando por el borde del mantel, hundiendo los pies entre la arena y las migas, entre la luz del alba y la luz de los sueños.
Estoy navegando en esa delicada línea que va de la vigilia al horizonte. Llueve sin gotas, es el aire el que moja y empaña las olas desparramadas sobre mi mesa.
Alguien está de pie en la orilla, inmóvil, con un paraguas abierto. Es la otra punta de este cable de funambulista, que se tensa y me estira de las pestañas hasta despegarlas y me despierta.
Me abrazo al día y al café caliente y dejo que mis sueños terminen solos, removiéndose en los pliegues oscuros de las almohadas, yo tengo demasiado mar que atender en las ventanas.
De la tormenta soñada a este sol blanco, a este cielo sin matiz, este cielo solo cielo, solo azul.
Inmenso dúo entre este cielo real y este cielo soñado. Y aunque ignoro cual de los dos sea mas cierto, el mar, es siempre el mismo de un lado y del otro de mis párpados.
Recorro la casa hasta el fondo, izando persianas, para que toda la luz, ondee como única bandera. Un reguero de espuma me enseña el camino de vuelta a las ventanas que dibuja el mar en mis paredes. Abro los cristales, y el mediterráneo todo, me infla los pulmones como velas y en un salto estoy en la orilla, inmóvil, con mi paraguas abierto en la mano.

Silencio. / Postales desde Ocata.

La no ciudad.
Afuera, mas allá del contorno protector de las antiguas murallas, de las marcas fundacionales.
Afuera también de los nuevos límites que han demarcado el crecimiento de los suburbios, la anexión de pueblos circundantes, y esta suerte de voracidad implacable por extenderse.
Afuera por fin, comienza este espacio, este territorio sin mas nombre que el no ser.
No importa si es campo abierto o pueblo cerrado, puede ser montaña o mar, puede ser al pie de una carretera, o de las vías del tren, o de las dos juntas, es igual.
No es la geografía, no es el paisaje ni la arquitectura, ni siquiera es la historia. Lo que de verdad cambia, es el silencio.
Pero tampoco se trata de que haya mas silencio o menos ruido, sino de la calidad, del alma de ese silencio. Sencillamente la partitura donde se inscriben ruidos y sonidos, no es la misma.

Esto ocurre por el enjambre. Ese motor humano que nunca para, esa respiración que nos articula y nos conecta, es nuestro zumbido. Escuchar el sonido de ese motor, es lo que en la ciudad se llama escuchar el silencio. Afuera, en la no ciudad, escuchar el silencio es oír como suena la naturaleza, y a veces, por unos instantes, hasta ella se detiene, para que un no sonido, hondo y sideral, nos congele el alma.

Pintada y vacía. / Postales desde Ocata

Les echo a faltar, tristes tigres, pobres pedazos perdidos. Mis escuálidos fantasmas.
Entre tanto jaleo de andar mandándome a mudar, ahora no encuentro la caja donde guardé las batallas perdidas, los huesos rotos del amor, o las voces de ultratumba. Faltan también los crujidos del alma, las angustias tejidas a ganchillo, y muy especialmente mi colección de adicciones.
Sé con certeza, que yo mismo lo guardé todo, bien inventariado, en una primorosa caja a medida, protegido su interior, con una gruesa y acolchada capa de horas en blanco.
Pues bien, después de abrir la última de las ochenta cajas de esta vuelta al mundo en un día, he confirmado mi temor, o sea, su desaparición, su pérdida, su extravío. O es que tal vez solo es una caja rezagada que llegará por sus propios medios en el momento mas inopinado? Improbable.
Eran los míos, fantasmas de buena estirpe, de quebranto justo, sobrios, sin excesos. Así, mis penas y el dolor de mis huesos, se conjuntaban perfectamente con ellos, y con el alma macerada de humo y años, con las grietas de las paredes y la piel, con la tos, y alguna canción de Brel.
Pero uno no va perdiendo por ahí, sus pústulas, sus monstruos, sus yeguas nocturnas, caramba! No son cartera que cae de un bolsillo, ni paraguas que se abandona al primer rayo de sol; no son perro que se asusta y huye, o niño que se pierde entre el gentío: no son colilla que se arroja al descuido, no. Nuestros fantasmas son parte esencial de nosotros mismos!
No es posible, me pregunto, que se trate mas bien de un protocolo, propio del lado tenebroso? Que para poder habitar una nueva morada necesiten, por ejemplo, de algo así como un acto, una marca de vida, un suceso en la cronología personal, que les dé entrada. Y es que esta casa está aún vacía, sin manchas de vida, sin hábitos, sin sombras de encuentros o desencuentros, solo pintada de blanco sin pena, sin superficies rugosas donde mis espectros puedan asirse, tejer sus raíces.
De ser así, imagino que ahora estarán desvaídos, suspendidos en la nada, pero acechando, a la espera del primer amor, del primer llanto, del primer quebranto, para recuperar su territorio y su auténtica invisibilidad, tan presente, tan vigorosa, casi corpórea, que les caracteriza.
Sea como sea, mejor que dé destierro a la añoranza y disfrute yo de su ausencia o estrategia. Disfrute yo, de esta vida blanca, a orillas de este mar, que todo se lo lleva y todo lo devuelve.

El bar de los ahogados / Postales desde Ocata

En medio de tanto orden, que desorden mi alma! Y es que mi vida es maravillosa, pero tan mal vivida!-
Lo primero lo dijo al interior de su bolso -casi mas grande que ella- con lo que no puedo descartar que en verdad no hubiera dentro, alguien más. Lo segundo me lo dijo a mi, al percatarse que la estaba observando descarado. Ella misma celebró su ocurrencia, con algo parecido a una sonrisa y un gesto de hombros, y retomo la búsqueda de vaya a saber qué o quién. Yo también levanté mis hombros, esbocé otra sonrisa y dije algo así como, pero siempre tendrá usted unas bellas vistas, refiriéndome a la playa y el mar frente a la cual estamos sentados a nuestras mesas del bar, pero ella, es evidente, lo escuchó con picardía y sus mejillas se hubieran enrojecido, de no estar enrojecidas ya para siempre, y rápida me devolvió el retruécano: –Eso me lo tendría que haber dicho cuando estaba seca y me moría de sed, entonces nos hubiéramos mojado a gusto!- y estalló en una carcajada sonora.
Aunque no sabía quien me estaba hablando, supe al instante a quién estaba yo escuchando, y una nube me empantanó el alma.
Si mi vieja casa asienta sus pilares sobre dos bares; la casa nueva, se erige, toda ella sobre uno («que no te cierren el bar de la esquina…») Y aunque su nombre hace referencia a la mitología del mar, hoy en honor de mi amiga casual, lo llamaré el bar de los ahogados. Aquí no se confunde quieto con tranquilo; cada país, cada ciudad, cada pueblo, cada barrio, tiene el suyo. Sus parroquianos, un poco mas gastados, mas sombríos, mas ahogados, que los parroquianos de otros bares, se sientan a sus mesas a beberse la partida y miran al mundo con un póker de ceros en su mano, y la melancolía de no entender porqué han perdido antes de empezar. Sin embargo, debo reconocer que sus mesas resultan apetecibles, será por la sal. Las hay interiores, donde el día se parece demasiado a la noche, las hay de terraza cubierta, que es la zona de los cordiales, y de los grupos en soledad. Y por último, las hay de terraza descubierta, a pie de acera, frente a la carretera, la vía, la playa, y al fin, el mar, que nos rescata de todo naufragio que no sea el suyo propio.
Hoy he caminado por la orilla, he hundido mis pasos en la arena blanda, y en la arena húmeda y compacta. El viento fuerte y helado, el sol frío y brillante, la espuma se escurre entre mis botas, como algunos recuerdos se escurren de la memoria y se pierden como las cuentas de un collar rompiéndose a este lado de la vida.
Luego subí por una de las callejuelas laterales, hacia montaña. Las casas respiran el aire salado que viene del mar y calman la sed en las aguas que bajan por las rieras, y embeben los cimientos en el terreno socavado del maresme.
Al volver a casa me he asomado a la ventana, he respirado profundamente, y he esperado paciente a que el meridiano volviese a atravesarme, justo con la puesta de sol.