Íntimos ausentes.

Es porque no están, que están aquí. Son nuestros íntimos ausentes.
Deshabitado el propio esqueleto, se realojan como pueden, en la carcasa de la mala memoria que nos queda.
Pobres inquilinos forzosos, obligados a soportar la inclemencia de nuestros desvanes carcomidos por el olvido!
Al cruzarnos con ellos en los intrincados pasillos movedizos del recuerdo, tanto les juramos amor eterno, como les tratamos de usted y con una reverencia les deseamos que tengan un buen día, o que se vayan con viento fresco, que se le parece bastante.
Aunque para estos fantasmas realquilados, lo mas grave no es que nuestra amnesia o desapego los diluya hasta el punto de desaparecer del mismo olvido, no. El peor escarnio, curiosamente, son esos momentos en que despertamos de toda realidad y recordamos! Comienza el espectáculo! Ahí están nuestros íntimos ocupas, obligados a representarse si mismos, pero guionados por nuestra iluminada acuarela. Vestuarios, escenarios y situaciones se trastocan, se intercambian, se transgreden, se inventan. Todo vale si lo recordamos!

Ciertamente que el infierno somos los otros! pero no todos los muertos son iguales, y siempre los hay que antes que sufrir la vergüenza, la humillación, y la impiedad de tal desatino, eligen dejarse llevar por la vanidad escénica, descubren la vocación después de la extrema unción, y con tal de seguir palpitando, improvisan, se adaptan a cualquier cambio, y con la mayor naturalidad, intervienen en escenas que nunca vivieron. Eso sí, no me queda claro si haber ejercido la profesión en vida, ayuda.
Así construimos nuestra foto de familia, con abuelos, padres, tíos, amigos, amores y demás ramas del árbol, del arbusto o del bosque todo, repitiendo lo que nunca dijeron, sonriendo cuando ni pajolera gracia, amando en seco, muriendo en vida, y viviendo este carnaval después de muertos…Pero eso sí, tan vivos en nuestro recuerdo!!

A mis queridos íntimos ausentes, con mas amor por metro de olvido.

El mar de los migrantes.

(Y si en vez de adormecerte, te despiertas caminando por la orilla del mar de la perplejidad?)

No surcan estas aguas las palabras,
solo la impronta las atraviesa.
Lo demás es silencio, bruma.
no hay surco ni estela,
solo planicie de agua y vergüenza.
No tiene este mar,
estrellas que iluminen las noches,
ni la arena de sus playas está rasgada por el tiempo.
Solo vigilia en la espuma de las olas
Y oscuridad en su lecho, donde nada descansa.
Mar incierto, sin eco en sus caracolas,
Mar sin alma,
Solo nácar y muerte,
sus mareas.

Jubilación.

Vida laboral.
Treinta y tres años, la mitad de mi vida. Son los años trabajados en el Institut del Teatre. Profesor de actuación -interpretación- profesor de prácticas de interpretación -talleres- Jefe de Departamento, Director de Centro, Sub-director de la Escuela Superior de Arte Dramático, Responsable de Gestión Académica…
Hoy este viaje llegó a su obligado fin.

A esos años se les suman otros diez, anteriores. En Argentina, en el estudio de Agustín Alezzo, en la Escuela Superior Carlos Pellegrini, y en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Luego en Madrid, y en Barcelona, con Manuel Carlos Lillo…

Algunas direcciones escénicas, menos de las que hubiese querido, y aún quiero. Luego el circo. El trapecio, la pista, y el aire, como escenarios. Tantas compañías, tantas historias, algún que otro crujir de huesos. Veintitrés años.
Aún hoy hago algunos vuelos domésticos, por la costumbre.

Ahora, un alto en el camino, y estas ganas de dejarse tentar por las ganas otra vez.
Y el mar que se asoma por la ventana.

Invierno.

Invierno a secas, aunque las olas te mojen, y el viento te levante las chapas. Invierno porque toca, y si te toca te hiela. Invierno en los huesos y en este cielo, que tanto nos une como nos separa. Invierno en la edad, en el horizonte.
Simplemente invierno, a este lado del mar y a esta orilla del fuego.
Buen abrigo, a todas, a todos.

 

Línea de horizonte.

Mar, cielo, nada mas. Línea nítida, precisa. Irreal.
Perfilada en ningún lugar, no habita geografía alguna, sin embargo es visible en todas. Para avistarla en su mayor extensión, se requiere de grandes planicies. En mares o llanuras, en las grandes mesetas o en los grandes lagos. En los confines helados del ártico y en las arenas de los desiertos.
También puede observarse desde las alturas, en las cimas de las montañas, y eventualmente, desde las azoteas de los rascacielos mas altos, en el corazón de las ciudades.
En algunos enclaves privilegiados, la línea se cierra hasta formar un círculo de horizonte, entonces se puede tocar el cielo con las manos.

Línea que ni une ni separa. Línea que solo constata el punto en que despega la mirada, en su viaje sin retorno, al universo.
Línea que nunca te atraviesa, que te da equilibrio. Línea de la que se sirven capitanes y pilotos para medir la inclinación de las naves del mar y de las naves del aire.
Línea que es como la punta de un iceberg. Cuando la vemos, no vemos el inmenso espacio vacío necesario para verla.
Línea que mantiene las distancias. Son los mismos pasos que doy hacia ella, los que ella se aleja de mi.
Línea donde el sol sale y se pone, indistintamente.
Línea donde la distancia se baila un tango con el tiempo.

Sin memoria me moría / Postalesdesde Ocata

-«Y tú, miserable, como quieres morir?»-
La pregunta se la hace el personaje siniestro de la película, al protagonista maniatado, golpeado, magullado, pero predestinado, por arte de guión, a sobrevivir a todos los imposibles, y por ende a sobrepasar con creces el sentido de la sobriedad y el ridículo, y eso sin despeinarse, claro.
Habitado! Si tengo que morir, que sea habitado! Vociferé yo desde el sofá sin venir a cuento ni cuenta, al mismo tiempo que disparaba un certero disparo del mando a distancia, que apagó de un soplo la vida encendida de la televisión. Y muy vivido! agregué bronco y sobreactuado a una tele apagada, callada, y perpleja. Por pedir que no quede.

Habitado como una casa, como la habitación de una casa, como ese rincón de la habitación de una casa, como el cajón del armario que está en ese rincón de la casa. Que alguien recuerde que alguna vez, allí le pasó algo, que allí descubrió algo, y también que allí, alguien perdió algo, alguna vez.
Habitado por los actos efímeros que nos dieron el temple, por los instantes que fueron, y los futuros que nunca fueron ni serán.
Que la desmemoria no me pinte las paredes del alma.

Ay! memoria, si te perdía! Me moría sin memoria.
Aún, de vez en vez, me siento a la orilla del mar de los olvidos, a ver si sus mezquinas mareas me devuelven tu presencia, el olor de tus manos, el color de tus caricias, el calor de tu mirada. Hoy todo lo que guardo de ti, son tres fotografías en blanco en negro, ajadas por el tiempo y por tus excesos, y una crónica triste escrita con mil palabras, que nunca llegaran a reemplazar tu imagen. Creo que cuando partiste, fui yo quien cerró por siempre los ojos del alma, porque ya nunca volví a verte.

Sueños y despertares II / Postales desde Ocata

Me despierto al alba, y saliendo de los sueños por la puerta trasera mientras amanece, hablo contigo, calladamente. El café caliente humea en contraluz tenue, sobre un mar que emerge desde la oscuridad.
El mundo se nos ha hecho pequeño, o inútil, creo que te digo mientras sigo con la vista, la dirección de tu imaginada mirada, y agrego, y si de este lado la llamamos orilla, por su proximidad, desde el otro, difusamente la llamarán horizonte, Sin embargo ahora es tan precisa, tan real, y tan presente como tu ausencia. O soy yo el ausente que habita este lado de la distancia? Presente, siempre presente está la ausencia. Tan corpórea a veces, tan obesa, que moja con su sudor oxidado las posaderas de las sillas para que envejezcan siempre vacías, empaña los cristales de las ventanas con el vaho cargado de su respiración, hasta volverlas ciegas. Ausencia, no la tuya, no la mía, sino ese vértigo que te abstrae, que te ajena del mundo y te enajena.
Presente. La taza de café calienta mis manos, el silencio de tu voz resuena a través del pasillo y el sol lo ilumina. Con las primeras luces atraso el reloj del alma. Muevo esos secretos hilos tejidos con la urdimbre de los sueños que se desvanecen al abrir los ojos, ya sin memoria y tu imagen esperándome en el salón.
Sé que te gusta mi casa, que te has apropiado de esa butaca que mira al mar desde dos ángulos, en la proa de este barco quieto, que me da techo, que me da fuego, que me da mar en las sábanas y horizonte en la mirada.
Presente. Levanto las persianas del resto de ventanas de la casa y enciendo el mundo, como quien enciende la radio. Un sol que baila en un cielo pintado y siluetas irreales que se desplazan mágicas, sobre el mar, de pié -con un remo largo y delgado- sobre sus diminutas tablas flotantes, «Sueños de Giacometti», es el programa que se emite en las ventanas de babor; a estribor, «Memorias del subsuelo» de F. Dostoyevski, representado en las golfas de la Casa de la la Vila, donde oscuros y subterráneos escribientes, castigados a permanecer de espaldas a la luz y al influjo del mar, se afanan a escribir galimatías y a imprimir cientos y cientos de documentos inservibles, que se amontonan en las mesas, en las sillas y en el suelo de los diminutos despachos. En la proa, La Ciudad de los Prodigios en todo su contorno y esplendor, corona al fondo, la línea de una costa entrelazada de playas, puertos y escolleras.
Presente, abro los ojos y la boca, mirando al plato de la ducha abierta y me lloro a mares, de todo, y de nada, gracias.
Y de esta agua dulce, me voy en un salto hasta la orilla de esa otra agua salada y turquesa, que lo sabe todo. Este mar que contiene todas las preguntas, todas las respuestas.
Y me quedo callado.

Hermanos / Postales desde Ocata

Pienso en nosotros. Con ese plural, que de entre todos los plurales sea quizá el mas genuino, porque la fraterna, es la primera pluralidad entre iguales. Iguales,  pero tan diferentes.
Pienso en nosotros, y en el camino que hemos recorrido desde aquel tiempo, hoy tan lejano que ya ni parece un tiempo vivido, apenas solo un montón de fotografías desmemoriadas, de instantes cruciales descoloridos, de destellos fugaces, de nombres entrecortados, hasta este presente, demasiado vertiginoso para estar envejeciendo, como se puede y no se sabe.

Amamantados por la desolación y el despropósito, recalamos en la casa de las maravillas y las soledades, allí vivimos hasta que cada cual pudo tejer su balsa de realidad, lo suficientemente resistente como para mantenerse a flote en la travesía, cada uno conjugando su Penélope con su Ulises, como pudo y supo… E la nave, va.
Y tanto que fue! Atravesando el Atlántico, llegamos a la vieja Europa -cada cual siguiendo su propia ruta- agitada por aquel entonces por las nuevas democracias y las repúblicas éticas en construcción. Mediaban los años setenta, y la juventud era el mascarón de proa de todas las naves. Aquí vivimos, aquí envejecimos, lo de crecer -por mi parte- te la debo.
Hoy, la nueva Europa viste mortajas desvaídas, tejidas con los restos de reinos pútridos y de repúblicas sombrías y decadentes. Entremedio, nosotros trabajamos, y sembramos, y plantamos, y construimos, y lo que haga falta! Años de duro trabajo, años posiblemente felices.
Pero las tormentas que importamos con nosotros, de tan atrás y tan adentro como el adn emocional, desataron sus vendavales, o sus desiertos, da igual, pero arrasaron. Y mientras uno naufragaba en medio de tormentas tropicales, el otro lo hacía en el gran diluvio.
Y vuelta a surfear, aunque esta vez, mas por debajo que por arriba de las olas y sus crestas. Pero sobrevivientes crónicos, seguimos tejiendo balsas… E la nave, ancora va, aunque vaya ancorada.
Con los años, además, estamos aprendiendo a gruñir.
De aquellas noches de verano e infancia, noches inmensas de familia en la casa de las maravillas, nos queda la memoria, que con los años, crea mas que recuerda.

1964 / 2015. Con su permiso, don Jorge Luis… / Postales desde Ocata

Ya no seré feliz, y no se si no importa, Don Jorge Luis, aunque haya otras cosas en el mundo. Dicho esto, lo suyo sería apurar de un trago mi copa de whisky -seco, solo- pero la cuestión es que ya no bebo, tampoco puedo aspirar el humo de un rubio americano hasta inundarme los pulmones de placer y petróleo, porque tampoco fumo. Así que no me queda otra que seguir adelante, como pueda, con semejante órdago.
No se si lo fui, sé que no lo soy e intuyo que ya no lo seré, y de momento sí que me importa, solo trato, Don Jorge Luis, de encontrar el temple necesario para afrontar este crudo traspaso de testigo y seguir la carrera sosteniendo el ritmo, mire usted.
Sí, finalmente aprendí que un instante cualquiera es mas profundo y diverso que el mar, pero lo que no me queda claro, vaya usted a saber porqué, es que la vida sea corta.
Quizá es una suerte que todo deba ser borrado, tocado al fin, por las flechas del ángel del olvido, aunque todo sea nada, porque yo ya no seré feliz, y sí que me importa.
Es un decir, lo único cierto, y coincido con usted, es esta tristeza, mirando al mismo sur, desde esta otra ventana, desde este otro mar.
De la oscura maravilla que nos acecha, a día de hoy, solo aprendí el temor de la incertidumbre, y el dolor que deja el vacío de sus mordiscos.
Don Jorge Luís, le pido disculpas por jugar irreverente con sus palabras, pero es que hoy no encuentro las mías, y estas suyas las tengo clavadas en la vida, desde cuando solo le entendía a usted, las comas y los puntos.
Atenta y admiradamente, Jorge Aníbal, sin ningún don.

(Irreverencias sobre 1964 / II, de Jorge Luis Borges)

Sueños y despertares. / Postales desde Ocata.

Estoy desayunando mar con tostadas untadas de cielo y tormenta.
Estoy caminando por el borde del mantel, hundiendo los pies entre la arena y las migas, entre la luz del alba y la luz de los sueños.
Estoy navegando en esa delicada línea que va de la vigilia al horizonte. Llueve sin gotas, es el aire el que moja y empaña las olas desparramadas sobre mi mesa.
Alguien está de pie en la orilla, inmóvil, con un paraguas abierto. Es la otra punta de este cable de funambulista, que se tensa y me estira de las pestañas hasta despegarlas y me despierta.
Me abrazo al día y al café caliente y dejo que mis sueños terminen solos, removiéndose en los pliegues oscuros de las almohadas, yo tengo demasiado mar que atender en las ventanas.
De la tormenta soñada a este sol blanco, a este cielo sin matiz, este cielo solo cielo, solo azul.
Inmenso dúo entre este cielo real y este cielo soñado. Y aunque ignoro cual de los dos sea mas cierto, el mar, es siempre el mismo de un lado y del otro de mis párpados.
Recorro la casa hasta el fondo, izando persianas, para que toda la luz, ondee como única bandera. Un reguero de espuma me enseña el camino de vuelta a las ventanas que dibuja el mar en mis paredes. Abro los cristales, y el mediterráneo todo, me infla los pulmones como velas y en un salto estoy en la orilla, inmóvil, con mi paraguas abierto en la mano.