Noches de estaño.

El cabaret del fin del mundo!? Que estupidez!! Que crees que vas a mostrar? La decadencia? La brutalidad de una boca consumida, comiéndose a otra boca? Las coristas llevarán tangas cosidas con pellejos de alma? Eso es otro zoom mal enfocado! Me respondió mi amigo el fotógrafo, mirando la vida a través de la lente improvisada de un tequila -chiquito pero matón- en la barra del bar. Y se bebió la lente de un soplo. Y yo me quedé sin nombre para el próximo espectáculo.

Pero me gustó la idea del zoom mal enfocado y me adueñé de la idea sin miramientos. Sin miramientos suyos, que en ese momento intentaba recuperar su mirada de dentro de un escote sombrío. Estos son mis verdaderos demonios de Tasmania, masculló a modo de excusa.
En ese instante yo soñaba con un nuevo y posible cartel de luces de neón: “El trasnochado cabaret del zoom mal enfocado”

Pero que es un zoom mal enfocado? No tenía ni idea de lo que quería decir mi amigo, el fotos.
Se supone que la visión minuciosa de los detalles debería darnos una mejor comprensión del todo y su complejidad. Sin embargo a veces el detalle transgrede, transforma o corrompe el todo despojándolo de su esencia! Dijo mi amigo, viniendo en mi ayuda al ver mi cara desenfocada, sin zoom y desencuadrada.
Aprovechando sus luces me defendí cobarde De eso trata mi idea del cabaret del fin del mundo! De los recuerdos mal leídos, o deformados por los tequilas del tiempo, aunque seas abstemio maticé después de un lingotazo de mi malta sin hielo, que hacía ya su vía, en dulce transición del cristal al alma, a través de la carne.
Y brindamos por el nuevo espectáculo que no haré y por la futura mujer que no tendrá. En ese momento la del escote sombrío le soltó al fotos: Hombre con tetas, o mujer con polla, tu eliges como me ves, pero, deja de mirarmelas o te cobro, que me las gastas.
El barman se mantuvo a distancia por miedo al contagio. De nosotros.

Fotografía de Patricia Ackerman.

Fotografía de Patricia Ackerman.

Amor imposible.

Cada mañana se despertaba a la misma hora. Abría sus ojos y los mantenía abiertos con toda su fuerza hasta hacer desaparecer los párpados, entonces el azul del iris explotaba e inundaba la habitación de lágrimas de mar. Inmediatamente reía a carcajadas, desencadenando un festival de olas que rompían contra las paredes de la habitación.
Fiesta en la cocina con las tostadas saltando por los aires, y ríos de mermelada bajando por las patas de la mesa, fiesta en el lavabo con la ducha salpicando rayos de sol en los azulejos vueltos de cristal ante su desnudez. En el pasillo corrían desenfrenados sus pies al galope, mientras se oía el relinchar de mil yeguas nocturnas perseguidas, abocadas al precipicio del amanecer.
Despertar a su lado requería la heroicidad de un bombero y la templanza de un guerrero Samurai.
Para sobrevivir a su alegría era indispensable coronar las cimas mas altas de la melancolía de Durero.
Que haría yo en semejante universo, sino morir una y mil veces de todas las formas (im)posibles, picarme en vena una sobredosis de sentido común capaz de convertir a Van Gogh en un inspector de hacienda, recitar de memoria y carrerilla las noticias de la sección de economía de los periódicos. Aún así, ella conseguía dinamitar todas mis estrategias.
Tanto como yo quería huir, ella se divertía en atraparme con sus redes de pesca ilegal para hundirme en las profundidades de su mar de la felicidad, ahogarme eternamente en los arrecifes de sonrisas coralinas.
Solo pude salvarme suicidando tanto amor inagotable en un vaso de agua, en el que deposité altas dosis de angustia vital disueltas en una solución de realidad espesa y pegajosa.
Fue la llovizna del alba, la garúa infinita de la tristeza la puerta de escape que me devolvió al mundo.
Y volví a suspirar por un amor feliz e imposible.

Escondite.

08/10

Me escondo.
Hay días en que me escondo. No detrás de un sofá, no debajo de una mesa, no.
Pero me escondo.
Y lo hago con tal intensidad y vehemencia, que ya no puedo encontrarme.

Así puedo pasar días, semanas, perdido. Perdido de este lado de las cosas, porque del otro, estoy escondido, que no el lo mismo.
Hoy, por ejemplo, me escondí antes de despertarme, sin dejar ningún rastro, ninguna señal, ninguna pista sobre mi paradero. Vaya uno a saber cuando decido salir de mi escondite!
De momento el día transcurre, sin novedad, hace tiempo que aprendí a convivir con mi ausencia. No voy a mentir y reconozco que es un poco decepcionante saber que soy prescindible para mi mismo.
No es una sensación muy diferente a la falta de esa muela, un pequeño agujero de uno mismo que no me impide triturar la comida, que no cambia el sabor de los besos.

No celebro los encuentros, no lloro las ausencias. Libre albedrío para mi y para mi. Esas son mis reglas. Aunque a veces, como un rayo, me sacude un temor, y es que de tanto irme de mi mismo, un día, ya no vuelva.

Juramento.

29/09

Nos juramos amor eterno.
Yo clavé mis palabras en mi corazón, antes de pronunciarlas, para empaparlas de mi mejor sangre, ella me dio a beber sus lágrimas. Escribimos nuestros nombres en la corteza árida del verano y nos separamos. No volvimos a vernos.
Luego crecimos.

Hoy, cuando desperté, cincuenta años después, sus ojos silenciosos iluminaban mis sueños.
Su nombre lo borraron, no los inviernos ni las lluvias, sino otros tantos veranos. Otros tantos juramentos.

Pero hoy, sus ojos estaban ahí, perplejos. No supieron o no quisieron romper su secreto.
Si recordé el sabor triste y salado de sus lágrimas, un vestido sencillo y unos pies descalzos, casi infantiles.
Me levanté mas viejo de lo que soy, y busqué en el cajón de las fotografías antiguas una miniatura en la que estamos abrazados y sonrientes. El tiempo ha cuarteado y desvanecido la imagen, pero ahí estamos, desafiando la vida. Juraría que en su sonrisa, ella estaba diciendo su nombre.
Pero ya se sabe que las fotografías son mudas.

El Mago Ferlosio.

27/09

Una historia que una vez me contaron.
O simplemente una historia que escuché una vez.

Hubo una vez un mago que no ensayaba los trucos. Por supuesto siempre fallaba.
Él simplemente creía en la magia, y la invocaba, con todas sus ganas, con toda su inocencia, con toda su fe. Pero la magia se le resistía, siempre.
Sin embargo lo seguían contratando, cada vez mas.

Aunque en realidad no lo contrataban como mago, como él creía. En verdad lo contrataban como clown.
Parece ser que resultaba muy divertida su reacción al no aparecer el conejo, al no adivinar la carta, o al no hacer desaparecer a un voluntario del público. Su rostro en esos momentos, era el territorio donde la desolación, la perplejidad y el desamparo, masticaban su alma. Pero al siguiente instante, el mago, se iluminaba nuevamente y volvía a creer ciegamente en la magia, en su magia, y apostaba su vida.
Esto resultaba hilarante a ojos del público, que reía entregado, desfallecía, se quemaba las manos en cerrados aplausos, y se desgañitaba en gritos de: Bravo!!

El mago se puso de moda y no dejaban de llamarle para contratarle en todo tipo de eventos, como cumpleaños, despedidas de soltero, cenas de empresa, inauguraciones variadas, actos oficiales. Incluso, dicen que llegó a actuar en un funeral, aunque esto último no puedo asegurarlo.
Así se convirtió en un producto mediático antes de que existiera este concepto.

Ferlosio, tal era su nombre, no acababa de entender bien lo que sucedía. Si por un lado era propenso a pensar que si tanto le llamaban, era porque la magia estaba cerca, no entendía como la gente podía reírse cuando esta se alejaba dándoles la espalda.

Su temple, hay que reconocerlo, era de una nobleza suprema. Solo por eso, la magia debiera haberle hecho su amante, haberle regalado un ramo de destellos con que iluminar al mundo con sus actos. Pero la magia es una amante ausente y feroz, y siempre, siempre, le dio plantón.
Ni siquiera la ley de probabilidades vino jamás en su ayuda.
Nunca jamás el conejo, nunca jamás la carta, nunca jamás el voluntario desaparecido.

Ferlosio envejeció sin perder nunca la fe, ni jamás traicionó a su amada magia con un vulgar ensayo. Él se plantaba en la escena, sonreía emocionado, y se zambullía en el mar de los fracasos, improvisando.
Cuentan que cuando moría, llegó a decir en un hilo de voz, que iba a hacerse desaparecer. Pero no, solo lo enterraron.

Aún hoy, hay quienes recuerdan al Mago Ferlosio, el mejor clown de la ciudad.

Las siestas de mi infancia.

04/05

Desde mi ventana/

Cuando era niño, principalmente en invierno, al mediodía, cada vez que podía, disparaba de la mesa masticando el último bocado, cogía al vuelo el abrigo y bajaba corriendo los ocho pisos, a galope, por las escaleras. A veces yo era el llanero solitario, otras, no era nadie mas que yo, pero galopando un caballo imaginado en un escarpado desfiladero en cinemascope.
Llegado a la calle, tocaba encantarme -lo que el frío permitiese- con la maqueta gigante de trenes Marklin, de la tienda Papeles pintados Raldúa, justo en la ochava de la avenida Córdoba con la calle Libertad.
Inmensa, ocupaba todo el escaparate y estaba construida con amor de coleccionista, con todos los detalles inimaginables. Recuerdo una esquina de un andén, de una estación secundaria, donde un ferroviario bebía agua de una bomba manual. Esto en proporciones diminutas, claro.
De niño nunca me pregunté porqué una tienda que vendía papeles para empapelar dedicaba todo su gran escaparate a una maqueta ferroviaria. Los niños lo aceptábamos sin hacer preguntas y nos quedábamos con las narices pegadas al cristal, empañado con nuestra extasiada respiración. A veces, si había suerte, ponían los trenes en marcha, entonces no éramos solo los niños los que nos extasiábamos, la ñata contra el vidrio.

Finalmente, cuando el frío traspasaba el abrigo y mordía por dentro, yo espoleaba nuevamente a mi cabalgadura y girando mi montura en la esquina -amplia, cortada en chaflán- con una pirueta digna del mejor de los jinetes, retomaba el galope, calle Libertad abajo, dirección al infinito.
Con la mano izquierda cogía con fuerzas las riendas imaginadas, la otra, la derecha, metida en el bolsillo del abrigo abierto, servía tanto para jalear el anca del caballo, como para mover en ondas el abrigo, simulando el movimiento del viento. Esos cien metros al galope hasta la siguiente esquina eran un grito de libertad y la calle lo firmaba con su nombre.
Pasados dos o tres portales, la pared lateral de la iglesia Las Victorias, se convertía en la pared de piedra de la montaña. El vacío, el precipicio letal, era la calzada.
Al llegar a la esquina, la calle Paraguay ya era un río, y había que atravesarlo sin semáforo, sorteando las canoas de los Sioux, que se te tiraban encima cambiando los gritos de guerra por bocinazos y si te atropellaban te mataban o te mandaban al hospital todo enyesado y colgando de cuerdas. O era un cañón y un puente colgante, entonces había que bajar del caballo y llevarlo con cuidado, acariciarle la cabeza para tranquilizarlo, cuidar que no resbalara, que no se espantara y no cayéramos los dos al vacío, entre un alud de rocas que te aturden a bocinazos y si te atropellan te matan o te mandan al hospital todo enyesado y colgando de cuerdas.
Al llegar a la otra orilla, esquina o montaña, seguía al trote ladeado y compadrón el clásico de mis vaqueros preferidos, hasta la entrada de la galería comercial Victorias. A esa hora los negocios todavía estaban cerrados por la pausa de la comida, pero la galería permanecía abierta aunque desierta.
Al fondo estaba la juguetería Donald. Mi juguetería. La llevaban dos hermanas, que en mi recuerdo eran viejas, pero que ahora calculo que debían tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Excesivamente simpáticas y solícitas, sin dejar de ser severas y mezquinas. Como salidas de un cuento de Charles Dickens.
Yo me sentaba delante del escaparate con las piernas cruzadas al estilo Peter Pan y jugaba a crear historias a partir de los diferentes escenarios que las hermanas organizaban primorosamente. Generalmente había un tema central, montado con mas empeño que detalle y luego juguetes grandes aislados y algunas mini escenas de relleno. Si el escenario central era de niños, los juguetes grandes sueltos eran de niña. Pero si la escena central era de niñas, entonces estaban los trajes de vaquero, la ametralladora de Al Capone, o el winchester de El hombre del rifle, interpretado por Chuck Connors. Esos días no había historias, no había juego, había deseo puro y duro.
A la hora en que reabrían las tiendas, yo reemprendía el camino de regreso a casa, ya sin caballo, simplemente pateando baldosas con las manos en los bolsillos. Lo siguiente era aventurarme en la colección de cómics -historietas o revistas mejicanas- para finalmente sumergirme en la maravillosa colección de libros juveniles Robin Hood, especialmente en los distintos volúmenes de Bomba, el niño de la selva. Entonces ya no me tocaba crear la escena, sino que era introducido en ella.
En mi infancia, las horas tenían mas minutos y segundos, duraban mas, y esas tardes solitarias pero rodeado de escenarios y aventuras, tuvieron la dimensión de lo eterno, que duraba justo hasta la hora de la merienda.

Cuando era niño

Cuando era niño el mundo giraba del lado fácil.
Había tormentas de verano en las que el mundo naufragaba como el Titanic. Había arco iris que perseguían la estela de esos naufragios, como la cola del cometa Halley persigue el viaje soñado del cometa. Había una perrita, Laika, surcando el espacio y había también, carros de hielo surcando la ciudad, Había una hora, en la siesta, en que los niños dominábamos el mundo, y el mundo era mejor en esa hora, de lo que jamás será. Había tranvías amigos, que te llevaban a tu destino sin temor de la oscuridad. Había tardes reunidas en la mesa, donde las familias contaban sus secretos. Había tías viejas, como las tías de Cortazar, que preparaban licor de huevo que luego se escondían en los armarios, para los días fríos de invierno. Había noches de lluvia para los cuentos de terror, y había sueños que volvían cada noche a morderme los pies.
Cuando era niño, los pantalones eran cortos y los bolsillos largos, en ellos cabía el universo entero