Las siestas de mi infancia.

04/05

Desde mi ventana/

Cuando era niño, principalmente en invierno, al mediodía, cada vez que podía, disparaba de la mesa masticando el último bocado, cogía al vuelo el abrigo y bajaba corriendo los ocho pisos, a galope, por las escaleras. A veces yo era el llanero solitario, otras, no era nadie mas que yo, pero galopando un caballo imaginado en un escarpado desfiladero en cinemascope.
Llegado a la calle, tocaba encantarme -lo que el frío permitiese- con la maqueta gigante de trenes Marklin, de la tienda Papeles pintados Raldúa, justo en la ochava de la avenida Córdoba con la calle Libertad.
Inmensa, ocupaba todo el escaparate y estaba construida con amor de coleccionista, con todos los detalles inimaginables. Recuerdo una esquina de un andén, de una estación secundaria, donde un ferroviario bebía agua de una bomba manual. Esto en proporciones diminutas, claro.
De niño nunca me pregunté porqué una tienda que vendía papeles para empapelar dedicaba todo su gran escaparate a una maqueta ferroviaria. Los niños lo aceptábamos sin hacer preguntas y nos quedábamos con las narices pegadas al cristal, empañado con nuestra extasiada respiración. A veces, si había suerte, ponían los trenes en marcha, entonces no éramos solo los niños los que nos extasiábamos, la ñata contra el vidrio.

Finalmente, cuando el frío traspasaba el abrigo y mordía por dentro, yo espoleaba nuevamente a mi cabalgadura y girando mi montura en la esquina -amplia, cortada en chaflán- con una pirueta digna del mejor de los jinetes, retomaba el galope, calle Libertad abajo, dirección al infinito.
Con la mano izquierda cogía con fuerzas las riendas imaginadas, la otra, la derecha, metida en el bolsillo del abrigo abierto, servía tanto para jalear el anca del caballo, como para mover en ondas el abrigo, simulando el movimiento del viento. Esos cien metros al galope hasta la siguiente esquina eran un grito de libertad y la calle lo firmaba con su nombre.
Pasados dos o tres portales, la pared lateral de la iglesia Las Victorias, se convertía en la pared de piedra de la montaña. El vacío, el precipicio letal, era la calzada.
Al llegar a la esquina, la calle Paraguay ya era un río, y había que atravesarlo sin semáforo, sorteando las canoas de los Sioux, que se te tiraban encima cambiando los gritos de guerra por bocinazos y si te atropellaban te mataban o te mandaban al hospital todo enyesado y colgando de cuerdas. O era un cañón y un puente colgante, entonces había que bajar del caballo y llevarlo con cuidado, acariciarle la cabeza para tranquilizarlo, cuidar que no resbalara, que no se espantara y no cayéramos los dos al vacío, entre un alud de rocas que te aturden a bocinazos y si te atropellan te matan o te mandan al hospital todo enyesado y colgando de cuerdas.
Al llegar a la otra orilla, esquina o montaña, seguía al trote ladeado y compadrón el clásico de mis vaqueros preferidos, hasta la entrada de la galería comercial Victorias. A esa hora los negocios todavía estaban cerrados por la pausa de la comida, pero la galería permanecía abierta aunque desierta.
Al fondo estaba la juguetería Donald. Mi juguetería. La llevaban dos hermanas, que en mi recuerdo eran viejas, pero que ahora calculo que debían tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Excesivamente simpáticas y solícitas, sin dejar de ser severas y mezquinas. Como salidas de un cuento de Charles Dickens.
Yo me sentaba delante del escaparate con las piernas cruzadas al estilo Peter Pan y jugaba a crear historias a partir de los diferentes escenarios que las hermanas organizaban primorosamente. Generalmente había un tema central, montado con mas empeño que detalle y luego juguetes grandes aislados y algunas mini escenas de relleno. Si el escenario central era de niños, los juguetes grandes sueltos eran de niña. Pero si la escena central era de niñas, entonces estaban los trajes de vaquero, la ametralladora de Al Capone, o el winchester de El hombre del rifle, interpretado por Chuck Connors. Esos días no había historias, no había juego, había deseo puro y duro.
A la hora en que reabrían las tiendas, yo reemprendía el camino de regreso a casa, ya sin caballo, simplemente pateando baldosas con las manos en los bolsillos. Lo siguiente era aventurarme en la colección de cómics -historietas o revistas mejicanas- para finalmente sumergirme en la maravillosa colección de libros juveniles Robin Hood, especialmente en los distintos volúmenes de Bomba, el niño de la selva. Entonces ya no me tocaba crear la escena, sino que era introducido en ella.
En mi infancia, las horas tenían mas minutos y segundos, duraban mas, y esas tardes solitarias pero rodeado de escenarios y aventuras, tuvieron la dimensión de lo eterno, que duraba justo hasta la hora de la merienda.

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