Alma rota.

Alma que se rompe, se hace añicos.
No es tiesto que cae desde el balcón en un día de viento, ni es copa de cristal que se estrella contra el suelo. No es suela agujereada, no es diente que se parte con el pan duro.
Alma que se rompe no se arregla con pegamento, no hay tiritas que la junten, no puedes escayolarla, ni vendarla, no la zurcirán las abuelas como a los calcetines gastados y deshilachados, pero que aún cubren los pies. Deberás vivir con sus trocitos desparramados viajando por tu sangre, que se corta y se hace mala.
Alma que se rompe no tiene recambio. No vuelve a crecer como las uñas, como el pelo o los dientes de leche.
Alma rota es indeleble como los tatuajes.
Alma rota, es como ese sueño del que despiertas en medio de ninguna parte y ya no vuelves a parte alguna. Es ese silencio que asesina tus palabras. Es desierto que te crece, y seca tanto las risas como las lágrimas.
Alma rota no es dolor ni pena, no es tristeza.
Alma rota es ausencia, es olvido, destierro y exilio.
No dejes nunca que se rompa.

Dias marinos.

Días que se suceden en continuidad. Cada cual con sus corrientes, sus mareas, sus ritmos inversos, sus crestas y sus valles, sus elipses, sus resacas, al decir de las olas y de los días.

Días que rompen en la escollera desvencijada del alma y te la sacuden sin compasión.
Días que los surfeas o te ahogas.
Días que te mojan, que te empapan la paciencia, la inocencia. Días para sumergirse y bucear en las peceras de interior.
Días de alta mar, sin mas suelo que el que pisas, días de remo y esfuerzo, que te dejan de bote o cama.
Días que se agitan hasta la ebullición y que te abandonan a merced de las tempestades secas de la vida.
Pero en medio de tanto naufragio, de tanto no hacer pié, de tanta marejada de las que te mueven el piso, el techo, las paredes y hasta el cielo, están las noches marinas y sus estrellas.

Noches de raso y silencio, que te calan en lo mas hondo de tus profundidades. Sin drama ni esperanzas, sin falsas promesas, sin islas por descubrir, sin guerras por ganar o perder.
Noches para dejarte acunar sin mas nanas que el silencio, sin mas paz que los años vividos. Los otros los que aún faltan por venir, que vengan o que no vengan, nosotros seguiremos tirando los dados de esta brújula inestable que nos mantiene a flote sin dirección ni derivas.
Noches eternas que descifran los enigmas.
Noches donde lo bello es respirar e inflar los pulmones como velas, para seguir navegando, sin principio ni final.

Autopista.

Vivimos tan intensamente como supimos. Quemamos todas las naves, sí, pero que hermoso fuego tuvimos! La madera ardía en la playa y nosotros bailábamos sin poder parar, sin querer poder parar. Atravesamos la vida librados a la velocidad y el azar.
El mapa de los años no nos amedrentó, y aunque las curvas peligrosas se tragaron a mas de uno, a mas de una, nosotros seguimos a todo gas. Deprisa Deprisa, nos jaleaba Carlos Saura desde la barrera improvisada.
La velocidad real de los motores mas veloces, resultaba lenta frente a la velocidad del alma desbocada, -furiosa por vivir, aunque sea muriendo-, me dijo ella antes de caer al abismo y romperse en mil fragmentos.

Yo seguí adelante, surfeando mis tormentas, como supe, como pude, y cuando no pude ni supe me ahogué y volví a empezar.
Vorágine siempre. Pero por muy rápido que pudiese moverme, la vida siempre me ganó, aunque yo nunca me detuve a certificar las derrotas.
Me caigo y me levanto! fue el grito de mis guerras, como lo era el de aquel tentempié barrigón con cara de payaso de mi infancia, que me enseñó que se puede continuar aunque no se sepa estar.

Por eso ahora esta perplejidad, este desencaje mayúsculo, al detenerse los motores en medio de esta nada, en medio de todo lo que está siempre en los extremos mas alejados. Panne!, me grita el alma en orsay. Panne, repite el eco de este desierto sin paisaje, de este precario purgatorio donde deambulan las ánimas en pena, en panne, corrijo yo, mientras reviso las bujías y el carburador de esta vieja carrocería incomprensible.
Tan lejos, tan cerca!, me susurra burlón Wim Wenders.
Luego, el silencio es ensordecedor y la quietud, vertiginosa.

Inevitable.

Inevitable es este respirar mas empedernido que saludable, este latir arrítmico pero continuado, como el cine de la infancia. Inevitable es que la vida coleccione fantasmas, como yo colecciono mecheros, que se van apilando en un rincón de la biblioteca. Inevitable es que mis ojos se escapen detrás del meneo de esas caderas generosas, que te dejan ciego por tres eternidades! me regaña mi vecina de mesa.
Inevitable son las moscas del verano y las hojas caídas del otoño, los abrazos del reencuentro y las lágrimas de las despedidas. O al revés.  Inevitable es la distancia cuando quieres conquistar el mundo, absurda querencia de una juventud que de lejana, si la visitas, vuelves viejo. Inevitable en fin, es seguir viviendo. A cambio de nada, a cuenta de todo.

Lo evitable, son los reproches del tiempo vivido y sus relojes, las faltas en la libreta, los deberes, las penitencias, los reparos, las letras pequeñas de todos los contratos, especialmente de los contratos de amor.
Evitable es la bala, evitable el soldado, evitable la patria y su himno. Evitable es la verdad y sus mentiras.

Inevitables estas ganas.

Aniversarios sin fechas.

Vosotros dos desde allí, desde donde sea que estéis, sin estar, claro. Secano, le dice Carmela a Paulino en Ay Carmela, de José Sanchis, cuando Paulino se lo pregunta. Digo, vosotros desde allí y yo desde aquí, que tampoco es que yo esté del todo, aunque a alguno se lo parezca, ni tampoco se muy bien donde es que estoy, ya que hay quien insiste en que estoy en algún lugar. Vosotros y yo, repito, no podemos encontrar el modo de seguir en contacto? Madrid, Barcelona, Zahara de los Atunes, El Armarchal, no fueron un impedimento, porque habrían de serlo la vida y la muerte?
El papel de Último Mohicano no me sienta bien, pero me tocó por error del director. Ser memoria de vosotros, continente y contenido.
Lo que no se recuerda no ha existido jamás, escribió A. Chéjov, pero yo se que existió, aunque no lo recuerde! Son estos, sin duda, los peores olvidos, los que nadie mas podrá ya subsanar. Cada vez entiendo mejor Las flechas del olvido de J. Sanchis, quizá debamos olvidar y olvidar hasta quedar vacíos de vida, para morir sin sobrepeso.
A mis queridos amigos ausentes.

Otras distancias.

Distancia.
No de la que se recorre paso a paso, ni de la que se rueda por el asfalto, ni siquiera de la que se cruza por los aires, aeropuertos mediante.
Distancia sin metros ni kilómetros, sin mojones en la carretera, sin pausas para que abreven los caballos, o para que reposten los motores, ni para estirar o doblar las piernas, según convenga.

Esta distancia, es mas profunda, se cuenta en años, y el territorio no se recorre, se construye, y la geografía habitada, se llama memoria.
En este viaje, las fotos se hacen en la piel, que se va llenando de instantáneas de vida, de mapas de viaje, llenos de anotaciones, de rutas trazadas a mano, a veces superpuestas, a veces desparramadas. Casi siempre inconclusas.

Esta distancia la puedes recorrer sin salir jamás de una habitación, aunque no es recomendable.
Es mejor recorrer los años, moviéndose también en el espacio, pero sin abusar, porque sino corres el riesgo de quemas las naves, y ya no habrá retorno. En ninguna de las distancias.

Aunque habitar en la otra orilla tampoco está mal.
Quizá los orígenes sirven para eso, para partir y alejarse hasta tensar la cuerda y romperla, y perderse en la distancia. Perdido para el extremo inicial de esa cuerda, porque de este lado del cabo roto, se muy bien donde estoy.
Y la memoria construida en este viaje, es un hermoso y vasto mapa, tatuado en esta piel que envejece.

Mirador.

21/10

Desde la luz y las sombras.

Ojos que han mirado. Que lloraron cuando tuvieron que llorar, que se achinaron de risa, se cerraron de sueño o de miedo. Ojos que me cuentan el mundo en sus detalles, en sus colores, y en su injusta medida.
Ojos que mudaron su piel como las serpientes y del marrón miel, viraron al verde que te quiero verde/ Bajo la luna gitana/ las cosas le están mirando/ y ella no puede mirarlas/ cantaba Lorca.

Ojos que ni de cerca ni de lejos dieron en la diana, ni falta que les hizo! Total, nunca les interesó la letra pequeña del mundo y sus cosas, pero que por contra, siempre les gustó leer secretos escondidos al biés de la página o vislumbrar horizontes.

Ojos con sus fallas, su desgaste, sus puntos ciegos, por donde se escapan siempre las buenas oportunidades. Puntos ciegos que me han dejado perdido y a dos velas, en las oscuridades del alma.
Ojos ni grandes ni pequeños, justos vigías de lo que acontece allí afuera.
Ojos mirones sin malicia, que acompañan el caminar de las mozas, que se iluminan de luna y estrellas cuando están felices, que se enrojecen de dolor por ver mas de lo que ven. Que se inflan de incomprensión. Que se cierran de espanto.
Me han acompañado y me acompañan desde la primera luz que me alumbró.
No tienen zoom ni enfoque automático, solo estas ganas inmensas de seguir mirando, de capturar imágenes como los niños capturan luciérnagas en las noches cálidas de estío.