Días de cuarentena. III

Día siete.

Primer día de primavera. Tan soleado, tan sábado, tan solitario. 

Mas lento de lo requerido, será por la incredulidad de nuestro carácter, o no,  pero finalmente las reglas del juego se van imponiendo, y eso se traduce entre otras cosas, en silencio. Un silencio nuevo que lo va envolviendo todo. 
De pronto me doy cuenta que el volumen habitual de la música o de la tele, me molesta, me resulta demasiado alto, y constato, incrédulo, que en general escucho mejor, o menos peor, si se me permite el vulgarismo en tiempos de reclusión.
Eso sí, es una lástima que gracias al mismo silencio que me permite oír mejor, haya poco o nada por oír, pero me contento con oír mejor el silencio, que por algo se empieza.

El buen tiempo tampoco ayuda a sobrellevar el encierro, yo por lo general puedo quedarme horas mirando las nubes por la ventana, y que cuanto más tormentosas, más entretenidas, pero confieso que mirar un bello cielo azul, es estúpidamente aburrido. Pero no me quejo, reconozco muy bien la diferencia entre una cueva, y una cueva con vistas, y la mía las tiene y se las trae, con las vistas, así que me quedo embobado disfrutando de este azul intenso, que se extiende hacia lo alto, por toda la línea de horizonte que sostiene el mar. Hasta que se apaga y me quita el atontamiento. 

Por la noche, con las persianas bajas y las cortinas cerradas, la casa es toda interior y todo vuelve a ser normal. Es la hora habitual de estar en casa, la hora habitual de recogerse aunque llevemos recogidos todo el día, toda la semana, y todas las que vendrán. Pero ahora es la hora de volver a casa. Ayuda salir al rellano con ropa de calle, para volver a entrar, y al fin estar en casa! Después de haber estado en casa todo el día.

Buena salud y buen silencio a todos, todas. Y buen regreso a casa!

Días de cuarentena. II

Día cinco.

Me despierto agitado y empapado de sudor, la cama es un naufragio, las almohadas se ahogan sumergidas por el suelo, la sábana bajera, un remolino que intenta tragarme hasta las profundidades del desconcierto, el edredón, una ola a punto de romper sobre  mi espalda. 

En el pelo enmarañado aun quedan trazas del sueño que me abocó, inexorable, al despertar. Con sumo cuidado para que no se deshagan entre los dedos, las voy quitando una a una para observarlas a contraluz, antes de que se diluyan en el aire… Una ambulancia arrastrada por una cuadrilla de perros San Bernardo, que en vez de sirena, lleva una gran campana de iglesia en el techo, tañida brutalmente por un gladiador. Una madre coraje que blande un grandioso botafumeiro del que surge una espesa niebla, y un rebaño de niños y niñas vestidos con harapos y mascarillas sanitarias, que le siguen en fila india, mientras recitan como un mantra, las tablas de multiplicar.

Una jauría de policías persigue a un repartidor de pizzas. Perros charlando entre sí, mientras sus humanos esperan en silencio a la otra punta de la correa. 

La última esquirla de sueño que recupero, es una sirena que suena como un zumbido de abejas, y que pone fin a la cuarentena. Poco a poco, todos vamos saliendo a la calle, inseguros, temerosos, con los ojos enrojecidos por el encierro, barbas y pelos en general extremadamente largos, unos van en pijamas arrugados, otros en esmoquin impecable, muchos con ropa de invierno, mas con ropa de verano, y algunos pocos van de bañistas, con patas de rana y máscaras de buceo. Nos observamos con desconfianza, balbuceamos sonidos guturales, hacemos gestos tribales, y sin darnos cuenta vamos acompasando nuestras respiraciones en una sola, que respira, y respira, en crescendo, hasta estallar en una ávida e irracional necesidad de respirarnos los unos a los otros, en la cara, en la boca, en el cuerpo todo. Respiraciones largas y lentas, o cortas y agitadas, respiraciones contenidas, intensas, respiraciones de trompetista, o de pompa de jabón. 

Un gran solo de aire que compartimos hasta la intimidad.

Salud y buen aire! A todos, a todas.

Días de cuarentena. I

Día cuatro.

Confinado a este lado de las ventanas, cuento las olas, las gaviotas… y los perros, que han tomado la playa por derecho propio. 

Organizo el aburrimiento, lo distribuyo entre las horas e invento nuevos hábitos que lo despisten, aunque me guardo una franja de tiempo para dedicarme en cuerpo y alma a aburrirme, desenfrenadamente, casi lujuriosamente. Luego, para la hora mágica del atardecer me reservo el paseo por la azotea recorriendo concienzudamente el perímetro completo del edificio hasta sentir que se me cansa la cordura, entonces disfruto de las vistas. Mar de  mar, al frente, y mar de tejados y azoteas que bajan de montaña, por detrás. 

Cuando toca, me pertrecho con lo que tengo y puedo, y salgo feliz, camino del supermercado, a tres calles casi desiertas, de mi casa. Camino lento, disfrutando en cada paso la magia de desplazarse. Poco reparamos en la belleza del concepto ir de A a B, independientemente de la belleza de A o de B. Durante el trayecto, charlas barrieras cortas con alguna vecina, algún vecino, eso sí, a la distancia equidistante entre el contagio y la sordera. La compra discurre, entre lo que hay y lo que quiero, por no mencionar lo que no debo. 

Retomo el camino como quien va, y sin volver sobre mis pasos, regreso a casa, al lado protector de las ventanas.

Salud, a todas y todos!