Días de cuarentena. XXII

Día treinta y cuatro.

Ver para no creer.

En un larguísimo plano secuencia, un tipo bastante malcarado que en ningún caso puede ser el protagonista, recorre un pasillo interminable que desemboca en una lúgubre escalera que baja a lo que parece ser un sótano o algo subterráneo.
La única luz que ilumina la escena es la de su linterna, que no sé cómo se las apaña para conseguir que el fulano pueda ver por dónde va y que además yo pueda verlo a él yendo a donde sea que vaya, o mas concretamente a donde sea que baje, porque ya está descendiendo por los peldaños.
Es el final de alguna de las películas de esa larga lista que dejé en pausa, pero no tengo ni idea de cuál.

Se oye un choque metálico. el linternas está inmóvil en mitad de la escalera, aunque creo que ya lo estaba desde antes del ruido, por algo que parecía moverse abajo, en la zona oscura, fuera del revelador haz de luz.
El ruido metálico vuelve a repetirse, pauso la reproducción… Es aquí que suena!?
Otra vez la estridencia, ahora de forma continua y repetitiva. Abro la ventana, miro el reloj, las ocho y cuarto de la tarde:   Cacerolada republicana contra los y las coronas!

Voy a la cocina a pertrecharme con espíritu de brigadista, y ya en la trinchera, abierta de par en par, las hostias de mortero que le doy al cazo con mi martillo tipo zapatero remendón, punta plana y punta redonda, hacen vibrar hasta los cables eléctricos donde todos los pájaros y pajarracos del pueblo se han dado cita para el espectáculo de los humanos cabreados. The angry humans, pienso.
Sin embargo a pesar de todos los esfuerzos y refuerzos vecinales, y no sé si será porque en frente no hay edificios y por tanto no hay caja de resonancia, pero sonamos mas triste que aplauso de matiné de domingo. Pero, sonamos pese a todo! Como los eternos les Luthiers que supimos conseguir.

Cierro la ventana y regreso a la república interior, la pausa del televisor se ha saltado y el equipo se ha apagado. No te vas a librar! le suelto con un disparo certero de mando a distancia, y a continuación, marcando un inacabable código de clics largos, clics cortos y muchos clics más, vuelvo a retomar la película, donde el tipo ya ha acabado de bajar la escalera y ha salido a la cubierta de un barco en blanco y negro, pero el tipo resulta ser John Wayne jovencísimo y el barco no es otro que el carguero SS Glencairn, y la película es The Long voyage home, basada en la obra de Eugene O’Neill y titulada en español como “Hombres intrépidos” por algún iluminado.

Es evidente que en la marcación de clics cometí un error de bulto y no regresé al mismo film, ni al mismo amor ni a la misma lluvia. Pero me da igual, porque este es mucho más interesante, sobre todo por que ahora están en medio de una tormenta en alta mar, que ríete del dicho de Mahoma y la montaña, aquí la montaña no solo viene, sino que te zampa con barco y todo, y no es una, es la cordillera entera!
Cuando al final amainan las olas, faltan unos cuantos marineros que han sido devorados por el mar, y los dos que quedan se ponen a bailar la danza de Zorba, en la playa. Eso será, supongo, porque en mitad de los vaivenes de la tempestad habré vuelto a cliquear el final, y ahora me emborracho de juventud con Anthony Quinn y Alan Bates.
Me uno a ellos, y juntos nos bailamos el confinamiento y la cuarentena hasta el último trago.
Y nos contagiamos de la risa y nos morimos de libertad.

Buenos finales para todas y para todos.

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