Días de cuarentena. XXI

Día treinta y dos.

Si cierro los ojos lo veo claro.

Al calzarme procuro hacer el lazo de los zapatos con los cordones de la realidad y la ficción. Para evitar tropezar de bruces con el mundo.
Luego es caminar. Como todos.

No sucedió o pudo suceder.
El camión rojo sí sucedió, como su velocidad y como el semáforo que sigue sucediendo.
Él no estaba ahí en ese momento, pero sí había estado ayer a la misma hora, aunque no llevara las bolsas de la compra que lleva una señora que pasa en este momento bajo mi ventana y que no tiene personaje. Sus bolsas sí.
La música que sale a todo volumen del la cabina del camión, es la de la fiesta de la noche de San Juan de hace dos veranos, la que no me dejó pegar ojo hasta las tantas de la madrugada, y que no pude dejar de tararear estúpidamente durante seis meses. Pegadiza y forzadamente alegre.

El ángulo desde el que observo la escena con la ventana abierta, es el que se ve desde la silla lateral de mi mesa de trabajo, silla que rara vez utilizo, yo escribo desde la silla central reclinada hacia atrás y de lado, las piernas sobre la mesa y el ordenador portátil encima.
Desde esa posición solo veo el mar y me calma.

Que Josep el pastelero, se asomase a la puerta de la pastelería no puedo asegurarlo, desde mi puesto de observación, la marquesina de la entrada me impide verlo. Pero si se hubiese asomado, es seguro que lo estaría llamando, lo estaría saludando. Es la vecindad.
Él, que como el día anterior, cuando sí estuvo, se espera a que el semáforo le de luz verde para cruzar la carretera, se gira para ver quién le llama, incomodo con las bolsas de la compra por delante amontonadas contra el pecho en un abrazo que le dificulta tanto la visión como el movimiento.

El perro está, aunque Hamal, el chaval que lo pasea, es otro y el perro también, pero harán su papel.
El camión avanza demasiado rápido, me digo, pero eso solo puedo verlo yo desde mi ventana en un tercer piso, en la escena ni siquiera saben que un camión rojo avanza.

El semáforo, tal como lo hace ahora, cambia y da paso al peatón, y él, que entre sus bolsas, el cruce de saludos y esa pierna derecha que arranca por su cuenta e inicia la bajada de la acera a la calzada…
Seguramente fueron los sentidos del perro los que dieron la alerta, pero es Hamal quien le tira con fuerza de la cazadora hacia atrás, mientras las bolsas son atropelladas de rojo por un camión que se salta el rojo de la luz, mientras Josep se lleva las manos a la cabeza y el perro ladra y yo grito.
Y una lata de atún rueda absurda por la carretera.

O solo es un camión que pasa.

Buena calma y mirar la carretera antes de cruzar, a todos y todas.

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