Días de cuarentena. XVII

Día veintiséis.

Igual de quietos estamos la galleta que como, y yo.

Acerco la silla a la ventana abierta, me siento y me rindo a que el único movimiento sea el del aire, brisa mínima que no mueve ni un pelo, solo se infiltra, se cuela entre ellos sin despeinar y se va sin dejar huella.
Afuera es igual que adentro, una gran pintura de Hopper de la que formo parte, aventanado a este lado del confín.

Horas quietas desparramadas sobre la mesa.
Hasta moviéndote estás quieto! me susurra una paloma con voluntad de gárgola, y me lo confirma el tren que llega, espera y se va, sin que nadie suba, sin que nadie baje.
Si me muevo y nada cambia con mi movimiento, es que estoy quieto, pienso sin moverme.
Formas de la quietud, que van brotando como el musguito en la piedra, añorada Violeta.

Ni el encierro ni la soledad, es nuestra propia ausencia la que pesa como la piedra de Sísifo brotando en el musgo y aplastándolo, antes de rodar nuevamente.
Hemos desnudado los paisajes, hemos arrancado a tiras nuestra presencia.
Ahora nos asomamos a las ventanas hipnotizados por nuestra ausencia, como Narcisos que buscan su imagen en un marco sin espejo.

Ojalá que esta quietud sirva para movilizarnos, a todas y todos.

Cita: Violeta Parra, “Volver a los diecisiete”

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