Interiores.

14/03

Patxoca/

Frío, viento y sol, día agridulce.
Hoy nada está quieto, todo se mueve, se remueve.
El viento es frío y puede con todo y con todos, tres veces intenté aguantarme en la terraza, pero las tres veces el viento me empujó al interior abstemio y oscuro del bar.
Los alumnos y alumnas, hoy, no han llegado por su propio pié, sino que han llegado volando, arrastrados por este aire gélido que se mete por todas las costuras, por todos los descosidos hasta el centro mismo del alma y te la deja blanquita y tiritando.
Los dientes castañetean a ritmo de martinete, y los dedos bailan el mal de San Vito, así no hay quien fume!
Una alumna de danza llega planeando desde el aire, pero no atina a la entrada y se estampa contra el muro. Primera lección de danza vertical: siempre es mejor con arneses, pienso.
El barrio se despeina, pierde los papeles, o mejor dicho, se le vuelan. Es que si se pone farruco, se arranca por soleares, no te jode! que te lo digo yo, que con este aire, mi niño, las faldas te bailan solas y si no las sigues, ahī lo que te pierdes, ea! Y andando que el puchero me llora si no lo achucho!. Así de un soplo me lo larga la sevillana del portal de la esquina, cuando pasa revolucionada bajándole los humos a sus faldas, que ríete de la escena de Marilyn con la salida de aire del metro neoyorquino, en “La tentación vive arriba”, dirigida por Billy Wilder.

El interior del Patxoca es cálido, mucha madera. Las mesas, las sillas, la barra. Conserva casi toda la decoración de los antiguos amos, que reconstruye con elementos campesinos, el interior de una masía y a la que se sumaron colecciones particulares de máquinas de fotos antiguas, máquinas de escribir, fotos dedicadas de bailaoras i bailarinas de la escuela. Luego claro, están las malditas tragaperras y las pantallas planas, que han destrozado la magia de los bares y cafés. Pero esa es una guerra perdida.
Como no suelo estar mucho en los interiores de los bares, soy muy sensible al ambiente, al clima. Ese aire amigablemente viciado y caliente, esa respiración compartida, cada uno y cada una pone sus olores, sus aires. Te sientas a la barra, hombro con hombro y entonces recuperas una sensación tribal de pertenencia. De pronto, alguien dice algo en voz alta, algo que viene a cuento y por un momento todos hablamos, opinamos, juzgamos, discutimos, al vuelo, dura lo que dura, aunque siempre hay un pelma que sigue erre con erre, mas de la cuenta. Luego cada quien vuelve a lo suyo, y solo se oye el sonido de la televisión, mezclado con la radio FM, y con los sonidos irritantes y martilleantes de las máquinas tragaperras, es decir, el silencio.
Aunque yo hace rato que me volé en una ráfaga de aire, de las que le subían las faldas a mi vecina, y que espero me lleve a tu costado y que vuele tus faldas por alegrias.
Buena tribu, buenos aires, a todas, todos!

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