Miércoles húmedo.

06/03

La Antigua Viña/

Miércoles, sigue la lluvia, sigue el frío, y sigo yo.
Miércoles, la cresta de la semana, desde aquí podemos observar por igual al lunes que pasó, que al viernes que vendrá. Intenso mirador con vistas de la semana.
La calle avanza y sortea sus obstáculos, vecinos y vecinas son los jugadores de esta carrera de embolsados, o mejor dicho, de desembolsados, porque los otros, los que se embolsan, esos, te aseguro que no viven en este barrio.
Pero si desde el miércoles se puede ver toda la semana, donde debo subir yo para ver hasta mayo? Pregunta fácil, respuesta cierta: Al deseo. Desde allí te veo, desde allí escucho el murmullo de tus ojos, el latido de tus manos.

Pasa un señor de otro mundo con galochas. Esas canoas para los zapatos que se usaban en la época en que yo era el llanero solitario y corría feliz, a rienda y risa suelta, por la calle Libertad, sin saber que un día a esa calle le pondrían cadenas, y que no sería tan fácil como cantar el himno, para escuchar el ruido que hacen al romperse.

Del toldo del parasol cae una cortina de gotas que me separa de los pasos de mis vecinos, que me protege, que me da la intimidad necesaria para decirte en voz baja, que te espero como a agüita de mayo…
Laura y sus galgos pasan a todo galope bajo la lluvia, me pregunto si ella jugaba a ser Annie Oakley, cuando los pies del barrio navegaban en galochas…
El parte diario, sentado en una mesa y con compañía, no es algo que se deje ver cualquier día. Al verme me saluda con ganas de contar que hace, con quien y porqué lo hace, pero la sonrisa de ella es demasiado tentadora para perder el tiempo con este fumacafés. Si hoy es miércoles, las cenizas las pongo yo y la misa te la debo.

Cuantas lluvias nos separan hoy? Las justas para no ahogarnos, para ganarle a la distancia, brazada a brazada. Carta a carta.
Del interior del bar sale un parroquiano apurado, mira rápido a izquierda y derecha, y sale corriendo por el centro, cubriéndose la cabeza de la lluvia con un periódico de ayer, que también llovía.
Marina sale a la puerta, suspira hondo, me mira, me pregunta si quiero otro café, y yo no tengo un no para ella…
Pasa una vieja molinera con una sombrilla roja de encaje, a modo de paraguas, me pregunto si será la misma sombrilla que usaba en el escenario del El Molino, cuando sus piernas eran carretera del deseo y sus curvas anunciaban peligro de infartos. Su cuerpo se ha encogido y no por la lluvia, pero sus ojos siguen siendo veneno dulce, de ese que no encontrarás ni en la mejor confitería del mundo.
Apago mi segundo café, bebo la última bocanada de mi cigarrillo y me pierdo en la riada de pasos húmedos que transitan el barrio.
Buen miércoles a todos, a todas!

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