Distancia.

22/01

Desde mi ventana y La Antigua Viña/

Cielo azul intenso, y un frío enamorado de estas osamentas que traquetean al son de su danza. Hoy crujimos todos y todas, aparte de eso, el barrio se despierta laborioso y abocado a sus quehaceres. Los vecinos y las vecinas traquetean, con sus bolsas de la compra espartana y resistente, con sus portafolios de vendedores de paraísos, con sus cajas de herramientas en paro. Hasta las baldosas de las aceras traquetean.
Hoy nadie se viste, hoy todos nos envolvemos, algunos para regalo y otros para devolución.
Árido es el paisaje de los rostros. Árido es el frío. Árida es hoy la distancia.
Distancia, esa es la palabra, maldita amante, que me abrazaba esta mañana al despertar, la que te hace escapar de mi abrazo, la que me ausenta de tu beso. La que teje este enredo de miedos y deseos.
Pero distancia es palabra neutra, ni poca ni mucha ni cerca ni lejos, solo nombra el resquicio por donde pasa la luz. Quizá solo nos duela un exceso de luz, entonces.

Bajo al bar y recorro la distancia de mi cálida mesa de escritorio, a mi mesa helada del bar, con la desazón de que estos pasos, aunque agranden emociones, no acortan las ausencias, solo las nombran.
Pasa un vecino envuelto en una manta raída, pasa una turista envuelta en un abrigo de visón, que pagaría diez viajes de ida y vuelta al centro de tu corazón, y estoy tentado de saltarle encima, secuestrarlo, venderlo y con el botín, viajar al encuentro de tu vida, que hoy palpita al sol de los veranos del sur, allá lejos, cautiva en la distancia.
O soy yo quien habito cautivo en la distancia?
Yo no fui a la luna, fui mucho mas lejos. Porque el tiempo es la distancia mas larga entre dos lugares decía Tennessee Williams, en el Zoo de cristal.

Pasa un señor que tose, lo reconozco, soy yo, escapando de mi frío, buscando tu calor.
Pasa una musa en bicicleta, y una moza en muletas, se cruzan, se miran, también se reconocen. Pasado y presente se encuentran y se saludan, en este lugar del mundo, anclado en el mar de las culturas, en la Ciudad de los Milagros, dice Eduardo de Mendoza.

La farola de mi pueblo esta partida en dos cachos, una alumbra a los marinos, y otra alumbra a los borrachos, canta una canción popular asturiana. Solo los puertos de mar pueden cantarla y rasgar los horizontes sombríos en pos del sol. Y sigue: Ay mi dulce amor, ese mar que ves tan bello es un traidor.

Pasa mi vecino Diógenes, con su carro robado de un supermercado, acumulando tesoros de las islas de la pobreza, pasa un cortado humeante para la mesa de al lado, la de el mudo, que inmutable, sigue sonriendo. Que verdad profunda habita en su sonrisa, me pregunto. Ninguna, me contesta mi ánimo de hoy.
Acabo de castañetear mi última bocanada de café caliente y mi último sorbo de humo sale disparado en tu búsqueda, mientras yo, vuelvo al refugio de estos objetos conocidos, recogidos a lo largo de este viaje.
Buena mar a los que vayan o vengan, a todos y a todas, y a ti, porque no hay nudo en la garganta que no lo deshaga un viejo marinero!

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