El alma del barrio.

06/11

La Antigua Viña/
Martes sin sol. Ni me caso, ni me embarco. La calle trajina a buen ritmo. Es tiempo de trabajo, si lo hay.
Todos caminan con una finalidad, hoy la calle es un trámite, un trayecto, hoy la palabra transeúnte, cobra sentido.
Desplazarse, trasladarse, transitar. Es una manera de vivir la calle. Pasear, deambular, recorrer, es otra. Simplemente estar en ella, permanecer, otra mas. Y por último y la mas dura, hacer la calle.
El primer grupo se refiere a los trabajadores y trabajadoras que van o vienen de sus sitios de trabajo. A los estudiantes que van o vienen de sus centros de estudio, a los vecinos y vecinas que van o vienen de realizar sus compras, de visitar a sus parientes, sus amigos, sus amantes. Ellos la transitan, se desplazan, se trasladan.
El segundo grupo es el de los turistas, con sus maletas con ruedas, sus maquinas de fotos, sus atuendos imposibles, sus mapas desplegados, sus viseras. El de los jubilados que se sientan en los bancos de la calle, de las plazas, que se sientan en las terrazas de los bares, que van por el barrio contando las baldosas para no contar las horas. El de los estudiantes que han hecho novillos y atraviesan las calles, abiertos a todo aquello que les está prohibido, abiertos a la aventura que nunca sucede. Estos pasean, recorren, deambulan.
El tercer grupo, es el de los que simplemente están. Los olvidados. Los sin techo, que por no tener, no tienen tampoco paredes ni puertas ni ventanas. Los caídos, los que permanecen, los que respiran en silencio detrás de sus miradas vidriosas, hasta que un día, sin que nadie lo note, dejan de respirar sin mas.
Y por último, están los que trabajan en la calle, los que timbrean hasta agotar las pilas de todos los timbres de todas las puertas, los que, gastan por igual sus zapatos y sus sonrisas de vendedor y vuelven a casa por la noche con olor a rabia, y restos de caspa ajena en las solapas. Las que hacen la calle y ofrecen el amor anónimo, el encuentro furtivo, en habitaciones cochambrosas o en portales siniestros y oscuros. Los malandras que aguardan apostados en las esquinas, mirando de soslayo y por partes iguales, a posibles víctimas y a posibles maderos. Los del tirón, los del descuido, los de la estampita con navaja.
Entre todos, hacemos vibrar este cemento, estas baldosas, entre todos tejemos el alma del barrio. Y todos saldremos en las fotos de los turistas. Si no les robaron sus maquinas, claro.
Buen martes lejos de la iglesia y del puerto, a todos y todas!

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