Días de cuarentena. VII

Día doce.
La novedad se diluye como la bruma y lo excepcional deviene cotidiano.

Días de apnea en las profundidades de interior, allí donde el silencio es espeso y la soledad pegajosa. Allí donde acecha la quietud, la gran devoradora.
Sólo el sólido cañamazo de los hábitos, me devuelve, respirador empedernido, a la superficie.

Es innegable la inquietante belleza que hay en la inmovilidad del mundo, aunque sea, la belleza de nuestra ausencia.
Como si al abrir el viejo álbum de fotografías, encontráramos un sinfín de espacios y paisajes vacíos, sin rastros de nosotros, y viésemos por primera vez, lo que nuestra ausencia descubre, liberados los escenarios de nuestro contorno.
Serán otros los momentos no congelados por un obturador, que sucederán y habitarán por derecho propios los espacios recuperados.
Entonces, puede que esa misma foto en la cocina del caserón, en la que la prima Carlota sonríe frente a una bandeja de bollos recién horneados, sin la prima Carlota ni los bollos, se convierta en el universo del tío Juan y sus cigarros gigantes, sus bromas, sus juegos de magia, y sus vasos de tinto triste y peleón.

Pero eso sí, ojalá que esa foto tomada al descuido, hace mas años que el tiempo, descolorida por la humedad del alma y de los cajones, en la que estamos riendo a vida batiente, siga siendo la misma foto, el mismo tango.

Anochece, y la humanidad se asoma incrédula a la ventana.

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