Playa nocturna.

Una luna que quiere ser llena pero no llega, ilumina el lomo erizado de la mar dormida. Una brisa tibia que sopla de sureste entrecruza las conversaciones de las mesas vecinas sobre la arena quieta. Tres niños se han subido a la torreta del salvavidas y otean en la oscuridad el porvenir, allá lejos, donde aún existe un futuro. Otros, menos crédulos, hacen cabriolas en la arena y un perro los imita.
Un par de bañistas séniors salen de la oscuridad chorreando felicidad, una pareja baila sin música una lenta, y es tan intenso su deseo que al roce de sus cuerpos manchados de sal y arena parecen sonar los boleros de Lucho Gatica.
Como un Samurai blande su katana, un pescador empuña su caña y lanza su anzuelo mas allá de toda esperanza.
Una familia musulmana al completo sentada en corro, rodean una mesa inexistente, en su lugar, en la arena, han puesto una tela amplia estampada, a modo de mantel, y encima entre pequeños vasos y platos, un hornillo que calienta el agua para el te con menta.
Es viernes, es julio, es el mediterráneo.

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