Viendo llover en Ocata.

La terraza de la pastissería a donde suelo venir a leer o a escribir o escuchar música o simplemente a tomar un te, es una terraza pequeña, de seis mesas en dos filas de tres.
Hay una en particular que considero mi mesa, en la fila de atrás, la del centro, justo delante del dulce, cremoso, y tentador escaparate, causa de situaciones mas o menos pintorescas, y es que de tanto en tanto, cuando menos lo esperas, alguien se te acerca decidido, o vacilante, que aquí somos todos muy nuestros, y se te planta delante con ojos de deseo, salivera en la boca y el alma a punto de pecado. Reconozco que al principio, además de desconcertante resultaba turbador, pero con el tiempo te acostumbras. Solo se trata del razonable parecido del amor con los pasteles, le digo a un perro que también mira y se relame.
La ventaja de la mesa en cuestión, es que es la mas alejada del flujo de paseantes y la mas protegida del sol o la lluvia, y es la que ofrece la mejor panorámica de lo que acontece.

Ahora mismo, por ejemplo, me he instalado a ver esta lluvia de domingo y verano recién salida del horno. Cae con fuerza y ganas, que aunque parezca redundante no lo es, pues he visto lluvias fuertes pero desganadas, de gotones gordos y pesados que caen porque no tienen otra cosa que hacer, y también he visto lloviznas enjutas que se llovían encima, de las ganas.
Esta es de las que lo mojan todo a conciencia, con rachas de viento cambiantes de sur a norte para abarcar mas, de gotas apretadas y certeras, para mojarte mejor.
Mi mesa es un oasis seco en medio de un mundo que se ahoga, escribo, mientras una familia en bañador, avanza, juntos hasta la amalgama, debajo de un paraguas de colorines demasiado pequeño para el contorno familiar. Hay que agrandar el paraguas, vieja, hubiera dicho Luis Sandrini, que tanto da un paraguas como una mesa.
La acera en este tramo es ancha como la sonrisa de Amanda, y a la izquierda de mi posición justo antes de la carretera, están las escaleras para acceder a la flamante estación subterránea de una línea ferroviaria que no lo es, ni lo será nunca, una maravilla conceptual que nos distingue.
A los cuartos de cada hora, emergen por la boca de las escaleras, vecinos, turistas, comerciales, y algún Testigo de Jehová desorientado, y hoy, todos protegiéndose la cabeza del aguacero con lo que tienen a mano, bolsas, periódicos, gorras de béisbol o mochilas, y me viene a la mente el desembarco en blanco y negro de las barcazas en Normandía bajo fuego cruzado, y los soldaditos corriendo desorientados sin saber donde protegerse. Eso no hace ni pajolera gracia, me digo, la guerra nunca la tiene, replico, más ahora que la tenemos tan cerca, tan cierta, tan europea. A no ser que te la cuente Gila, pero es que a él lo fusilaron en la de España, pero lo fusilaron mal, y por eso nos la pudo contar magistralmente, con un teléfono y un casco.
Guerra que por cierto, de civil no tuvo nada, fue un alzamiento militar en toda regla que coronó un golpe de estado que duró cuarenta años, que a su vez coronó a una monarquía que lleva coronada otros cincuenta y si sumamos, nos vamos acercando a los cien, que fue lo que duraron las lluvias en Macondo, según las crónicas de Gabriel García Márquez. Cosas del realismo, mágico o no.
La lluvia de hoy no hace cara de durar tanto, pero se agradece igual, pues le ha abierto una vía de agua a la ola de calor, y le ha bajado la temperatura de forma considerable.

Buenas lluvias si os llueve o buenos soles si es lo que se tercia, a todos y todas.

2 pensamientos en “Viendo llover en Ocata.

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    23de julio, con lluvia o sol, tengo la falta de originalidad de cumplir años.

    Me dedico con mi leonina humildad, tu postal!!!!

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