Mi pueblo

Septiembre se desliza suave hasta deshacerse en las orillas de octubre.
Los turistas se han marchado. Un día los trenes ya solo transportaron a vecinos, y a los trabajadores que curran en el pueblo y que en general también son gente del Maresme, gente que ha vivido con el mar como la acera de enfrente.
Se diferencian de los veraneantes en que estos tienen la piel bronceada por el sol, y mis vecinos la tienen curtida por la arena y la sal.
Arena y sal son el mortero que te impregna todo el año, que lo respiras de día y lo roncas de noche, que lo bebes y lo comes, que te moldea por dentro, que te esculpe por fuera, luego el sol, la lluvia y este horizonte que vuelve blancas las miradas y el pelo.
No es un pueblo abiertamente marinero o navegante. Lo fue en otro tiempo, pero la industrialización en el siglo XVIII y la línea ferroviaria, Mataró-Barcelona, la primera de España, dieron el paso a las industrias textil, metalúrgica y alimentaria, como base de su economía.
Hoy es pueblo orillero, con sus pescadores de espigón y escollera, que de noche se alinean en formación con sus capas, sus farolillos, sus cañas, y se transfiguran en guardianes de la última frontera.
Aquí termina el territorio, aquí comienza la inmensidad, y con ella el desconcierto, la perplejidad.
Pueblo de montaña a mar, inclinado y ladeado, que en invierno huele a leña y en verano a playa.
Pueblo pequeño, saludo grande. Recorrer sus calles o el paseo marítimo, ademas de un sano ejercicio, es práctica intensa del bello ejercicio de las artes del saludo. Saludo al paso, saludo corto, saludo en suspensión -que sin detenerte te detienes- saludo festivo, saludo político o distante, saludo mudo o saludo charlado, saludo introspectivo o expansivo. Saludo al aire… y pelillos a la mar.
Pueblo sin sombra, de casas bajas, que se extiende de este a oeste, para que desde su salida hasta el ocaso, el sol te vigile.

Ya van para diez años que recalé en él, en primera línea de mar, aquí crecen mis plantas y aquí envejezco yo, pero de a poco, porque las prisas las dejé en la gran ciudad.
Y si antes habité en un paralelo que daba nombre a mi calle, la Avenida Paralelo -concretamente el paralelo de longitud 41º22’34″ norte- Ahora me acoge un meridiano, el de París, o meridiano verde, que va desde Dunkerque en el Mar del Norte hasta la playa de Ocata -longitud 2°20′14.025″ este-
Así viviendo entre paralelo y meridiano, la vida me ha tejido y me ha remendado cuando ha hecho falta.

Hay una expresión en catalán, propia y característica de mi pueblo: “ple de” -lleno de- que en sí no dice mucho, pero cuando se aplica puede ser poética. Una noche a poco de instalarme, fui al teatro y en el patio de butacas casi vacío, del hermoso Espai escènic Iago Pericot, (benvolgut company, se’t troba a faltar) mientras esperábamos que comience la función, alguien dijo “quina pena, es ple de buit” Que pena, está lleno de vacío. Y el corazón se me llenó de nuevo, y supe que había encontrado ese lugar en el mundo.

Que tu pueblo, o tu barrio, o tu calle, te abrace cuando hace falta, o te baile, si el cuerpo te lo pide. A todos y todas.

Deja un comentario