Yo llegué mañana.

Te despiertas con una molestia en el costado, pero no sabes identificar exactamente donde. Es casi un dolor, una pequeña punzada hiriente, difusa y precisa al mismo tiempo.
Te levantas, y comienza el día con sus rutinas. Abres ventanas y persianas al sol y una banda sonora tan humana, tan enjambre y tan urbana teje meridianos en los paralelos de la luz.
Mientras desayunas, sin necesidad de pensar en ello, sabes que la molestia sigue ahí. Ni aumenta ni disminuye. Simplemente sigue ahí, en tu costado.
La lectura de la prensa, amarga en parte el sabor de la mermelada y el café sella la negociación. Es lo cotidiano.
Con la ducha acabas de entrar en el mundo un día mas, y mientras te secas frente al espejo tomas cartas en el asunto y te palpas el costado desnudo con detención, palmo a palmo, órgano a órgano, tan profesional y meticuloso que esperas que el del otro lado del espejo te dé un diagnóstico certero y casi balbuceas “dígamelo claro, doctor, no se ande por las ramas”, pero nada.
Te vistes y sales a la calle.
Después de las lluvias el clima es amable y te acompaña en el paseo una brisa cómplice, a la que te gustaría confiarle todos los secretos, aun a sabiendas de que no se resistirá a vocearlos con su soplo. Estás pletórico, dirías feliz, si no fuera por esa molestia en el costado, que sin doler duele.
En la mar, los barcos tienden sus velas sobre los hilos ondulantes de la brisa y se deslizan en ella, en la orilla, el día navega calmo sobre horas en las que no caben la urgencia de los minutos ni los trágicos segundos.
En el camino te cruzas con algún vecino e intercambias saludos, alguna broma, una sonrisa.
Solo tu costado como una nube desafinada en un cielo sin nubes.

A estas alturas del paseo y del relato, tú quizás no, pero yo necesito una pausa y me siento en un banco al borde de la escollera, frente al mar, mientras tú, lector o lectora, seguramente continúas caminando por el paseo que bordea la playa.
Yo me quedo mirando el mar que mira al sur por mi.
A lo lejos un avión de plata brillante, suspendido en el aire. Yo llegué mañana, me digo por hacer broma… Y como un rayo doloroso de luz y memoria, recupero su abrazo en el aeropuerto de Carrasco, su pena, su impotencia, su orgullo, por este hijo que partía al exilio.

Y sí, yo llegué mañana, hace cuarenta y ocho años, el once de septiembre de 1976. Y vos, mi viejo te me moriste otro once de septiembre, hace treinta y tres años, y entre mi llegada y tu partida nos une el mismo viaje.
Ahora lo se, mi costado se llama alma, y tiene un pequeño desgarro.

A todos, a todas.
A vos.

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