Último día de agosto.
Aunque el sol no se quiera dar por enterado, se ve en el rostro de los veraneantes como una prisa, una desmesura, una intensidad por aprovechar todo lo que quede del verano. Las risas suenan mas fuertes, las sonrisas tienen mas dientes, la piel está mas chamuscada, los cuerpos mas desnudos y mas oscuro el deseo.
Cuando era niño y se acababa el dulce de leche, tocaba rascar con la cuchara el pote de cartón, hasta arrastrar el excedente de azúcar acumulada en el fondo, que te chirriaba en los dientes, y juraría que en ese momento era el mejor dulce de leche del mundo. Me pregunto si la arena en los dientes de los veraneantes del último día de agosto sabe como aquel dulce de leche…
Hoy los trenes llegan mas cargados que nunca. Gente con bolsos, mochilas, sombrillas, mesas y sillas plegables, pelotas, paletas, esteras, neveras, y una copiosa colección de cremas para antes, durante y después de la ingesta de sol.
Todos se bajan de prisa y corriendo, cargando con sus bártulos como pueden, para ocupar los mejores puestos en la arena y me viene la imagen de los colonos en las viejas películas del oeste, corriendo con sus carretas, carros, a caballo o mula o burro, para encontrar las mejores tierras donde asentarse y construir su hogar.
Esto ha sido así todo el verano, pero hoy es especial, porque hoy es el último día de agosto.
Mañana hará el mismo calor, seguirán viniendo veraneantes, sonaran las mismas canciones del verano… Pero mañana será septiembre, luego la semana traerá las lluvias, y sabremos que el verano se ha acabado.
Y sin saber como, mi destartalada memoria recupera el estribillo de otra canción del verano, que hace 56 años cantaban Los Gatos, allá en el sur.
“Igual que una canción,
duró esta vacación. Hoy todo terminó. Ya no lo piensas más
y vuélvete a tu hogar, a trabajar…”
Bonne rentrée, al decir de los galos. A todas, todos.