Contaba mi madre que cuando nací y me dieron la palmada de bienvenida, en vez de llorar, tosí… Y aun sigo tosiendo, aunque también aprendí a llorar.
Desde entonces el tiempo me ha transitado íntima y minuciosamente. Ya, pero eso es una obviedad me susurran burlonas las ojeras de la conciencia, en el reflejo de un espejo envejecido.
Ahora, cada vez que mi espíritu intenta tocarse la punta de los pies, se le parte el espinazo al alma.
Antes -esa ingenua apreciación inacabada del tiempo- el amor me hizo caer de rodillas, una y tantas veces como quise ganarle la partida a los dados, ahora por suerte los meniscos me lo impiden.
Juraría que viví una vida. O dos, pero de eso no estoy muy seguro. Sí lo estoy de que alguna vez el cielo fue otro cielo, y aunque mi memoria sea una impostora, tiene algunos originales imposibles de falsificar, de esos que dan certezas a una existencia incierta, aunque sea solo por unos segundos. Y sombras tiene, tantas que a veces la luz es una quimera.
Pero el esqueleto está en su sitio, pellejo y asombro lo recubren, y estos ojos que un día dejaron de ser miopes siguen abiertos a la fascinación de estar vivo.
Y mientras el aire se deje respirar seguiré despertando mas veces de las que duermo.
Y si la foto sale movida, es culpa del tiempo de exposición.
Buen transcurrir, a todos y todas.