Verano que te parió.

Agosto, solo escribirlo y sube la temperatura.
Será por aquello del espíritu olímpico, pero cada día bate su propio récord caliente, y lo único que puede salvarte es que a la brisa le de por correr los 100 metros lisos, sino estás perdido, ya solo te queda vivir y dormir de perfil. O invocar a Peter O’toole y convertirte en Lawrence de Arabia mirando el asfalto hasta el infinito, como quien mira las dunas en el gran desierto, que en ambos reverbera la luz del sol, y provoca espejismos. O alucinaciones.
Ni ducha fría, ni ducha caliente, vas a sudar igual, y el mar es una sopa tibia donde todo se cuece y no apetece.
Eso sí, hay que agradecer que este año el verano despertó tarde, la duda que oprime es si el calor respetará el otoño, o se lo zampara sofrito.
Subo al terrado y me quedo mirando la leña que me sobró del invierno a ver si me trae recuerdos frescos, y ya puestos, manguereo el suelo para aliviarle a mi techo los sofocos del calor añadido que da vivir en el último piso.
Antes, el calor que sufríamos era un calor incuestionable, sin culpa. Es que es verano, decíamos y asunto arreglado y a sudarla. Ahora es culpa nuestra. Pero tan afectos que somos a las culpas que hasta tejemos religiones con ellas y repartimos guerras como si fueran estampitas, con el cambio climático ni una, tu. Que lo arregle otro. Que lo regule el mercado, que es sabio, nosotros seguiremos destruyendo humedales, talando bosques y polucionando todo, que es lo que nos gusta y son gerundios.

Por la tarde quiso caer, pero no cayó. Una gran nube negra que se come el cielo a bocados, rachas de viento caliente del norte y relámpagos secos. Todos mirábamos incrédulos al cielo y extendíamos las palmas de las manos hacia arriba, como si no nos creyéramos a nosotros mismos, no, no llueve, no moja.
Hoy mi pueblo está pringoso, pegajoso, sudan las personas, los perros, las sillas, las tazas, y hasta el té, resulta viscoso.
Viva el verano que supimos construir.

Buenos abanicos a todas y todos.

Deja un comentario